El libro de Steve Pinker: Los ángeles que llevamos dentro

El texto del psicólogo cognitivo tiene la virtud, que comparten las grandes obras, de no buscar ni el consenso ni el disenso, sino del diálogo permanente e inagotable

MILENIO Actualizada 01/02/2015 a las 17:05    
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Steve Pinker: Los ángeles que llevamos dentro.  ESPECIAL

Steve Pinker: Los ángeles que llevamos dentro. ESPECIAL

Me he propuesto seguir el reto que Mark Zuckerberg ha lanzado a los usuarios de Facebook en este 2015: leer un libro cada dos semanas. Sin duda, un desafío indispensable en estos tiempos y en esta sociedad ávida de nuevas reflexiones que respondan cabalmente a nuestra realidad inmediata. Es por ello que busco en este espacio hacer breves reflexiones de las lecturas a las que Zuckerberg nos invita como parte de un proyecto que nos lleva a todos a pensar desde una perspectiva intergeneracional, global y multidisciplinaria. En esta hora de “aparente fragmentación“, hiperespecialización del conocimiento y fin de ideologías, nos planteamos análisis horizontales de nuestro mundo actual y de nuestra vida cotidiana. La primera reflexión fue sobre el libro de Moisés Naím, El fin del Poder, y se puede revisar en https://liebanosaenz.wordpress.com/2015/01/18/el-fin-del-poder/

Ahora, en esta entrega, la reseña corresponde a la segunda recomendación de Zuckerberg: Los ángeles que llevamos dentro, en el que Steven Pinker advierte que “desde que Adán y Eva se comieron la manzana, Ulises se hizo atar al mástil, la cigarra cantaba mientras la hormiga guardaba comida y San Agustín rezaba: ‘Señor hazme casto, pero todavía no’, los individuos han forcejeado con el autocontrol. Esta genial síntesis de la llamada “cultura occidental”, por provocativa, me impactó, pues ya muestra el ideal en el que se construyó nuestra cosmovisión

La obra del psicólogo cognitivo Steven Pinker, nacido en Montreal, en 1954, es un texto cardinal en la actualidad, entre muchas razones porque tiene la virtud que comparten las grandes obras, de no buscar ni el consenso ni el disenso, sino el diálogo permanente e inagotable. En más de mil páginas, el autor nos hace ver que la verdadera interdisciplina del saber sigue vigente para abordar los grandes hitos sociales, culturales, políticos, jurídicos y económicos de nuestro tiempo. Pinker aborda como eje de reflexión lo que bien podríamos llamar el “malestar de la violencia”; es decir, su historia, su construcción y sus consecuencias. Nuestro autor parte de la hipótesis de que estamos viviendo el tiempo menos violento de la historia de la humanidad y que las sociedades son menos agresivas desde que se alejan del ambiente rural y se constituyen en la civilización del primer mundo.

El psicólogo universal rompe con la doctrina del “buen salvaje” de Rousseau que nos decía que “el mal no tiene su origen en la naturaleza sino en las instituciones sociales”, para mostrarnos que sobrevivir en el sangriento siglo XX fue, por mucho, más seguro que hacerlo en una idílica comunidad primitiva. Para ello, Pinker se vale no solo de una prosa accesible y contundente, sino de datos empíricos que muestra en gráficas y estadísticas que suman elementos a su argumentación.

Según el autor, las probabilidades de que surja la violencia se calculan de manera cotidiana a raíz de los ejemplos que se pueden recordar, pero advierte que la memoria está desnivelada y beneficia la retención de incidentes personales “vívidos y tórridos”, lo que explica que recordemos las explosiones y la sangre, pero que no tengamos mentalmente presente a toda la gente que ha muerto en santa paz.

Pinker va más lejos y nos muestra que la mentalidad cambia, que es histórica y sensible a cada época y que ello nos hace más perceptivos a la violencia que persiste. Observa, por ejemplo, que hace 200 años nadie hubiera considerado la pena de muerte como una forma de violencia, le habrían llamado justicia; y al bullying entre los niños lo habrían llamado travesuras. Pero sucede que hoy esto nos preocupa mucho más y por eso observamos más violencia a nuestro alrededor.

Después de sacudirse grandes teorías fundacionales para la comprensión de nuestra sociedad, Steven Pinker insiste en la provocación y nos señala que encontró cinco potencias esenciales pacificadoras: el gobierno, que penaliza la agresión; el comercio, que hace que otras personas sean más valiosas vivas que muertas; el cosmopolitismo, que anima a la gente a ser empática; la feminización, que devalúa al machismo y a las culturas violentas basadas en el honor, y la polinización de la razón, que concibe a la violencia como un problema de inminente resolución.

Vale la pena detenernos en la siguiente reflexión de nuestro autor, quien dice que hay un principio general para los estudiosos de la mente según el cual el Mal es psicológicamente más poderoso que el Bien; de ahí que demos más atención y nos afecten más los sucesos malos que los buenos, incluso cuando estos últimos son penetrantes y sintomáticos. Las críticas duelen más de lo que ayudan los elogios, dice Pinker; agrega que nos resulta más fácil imaginarnos en un estado mucho peor que en otro mucho mejor, y que así los “moralistas” y agitadores políticos tienen alicientes para decir que las cosas tienden a ser terribles para argumentar su agravamiento, pues de otra forma, ¿quién los escucharía?

Pinker evoca a Hobbes y a su Leviatán al recordar que “el hombre es el lobo del hombre” para mostrarnos que desde el inicio de su existencia, la humanidad ha estado acompañada por la violencia, a la que cultiva en todos sus ámbitos públicos y privados, individuales y colectivos, propios y ajenos. La violencia es una constante en la historia de la humanidad, que cambia de colores y matices, y que persiste en la esencia del ser como algo cotidiano.

Pinker sostiene que la violencia en nuestro tiempo ha disminuido de manera tajante en relación con nuestro pasado, aunque esto parezca poco creíble. No es ésta una afirmación improvisada, corresponde al análisis riguroso y profundo que el profesor de Harvard se ha impuesto como tarea en la última década.

Desde su aparición, el libro de Pinker ha convocado a numerosos críticos de izquierdas y de derechas porque toca sus intereses cardinales; exalta la violencia como propuesta política, como referente ideológico y como consecuencia de una lucha constante por el poder. Sin embargo, pienso que la obra, más que invalidar la violencia, esa que vivimos cotidianamente, la contextualiza para hacer una reflexión de larga duración, lejos de una imagen instantánea porque aun siendo ésta absolutamente devastadora, el horizonte es más amplio y hay que mirar los procesos y sus instantes.

Pinker nos muestra en su obra dos ejes que son ineludibles: la violencia y el Estado, y la violencia y la ética, demostrando que no existe el progreso moral como escalada política, se trata de entender que el Estado ha sido el pacificador más sistemático de la convivencia humana. Dicho de otra manera, que los individuos que habitan en un Estado tienen menor posibilidad de morir de una forma violenta, o que a mayor ciudadanización, tenemos más paz; la pacificación es fruto de la congruencia estatal que no se extralimita de sus funciones.

Concluyamos hoy que los ángeles que llevamos dentro son serafines, aquellos que buscan desde el calor y procuran la estabilidad del autocontrol. En nuestro caso, serafines que deambulan en el reino de lo terrenal y que, con prudencia selectiva, se sofocan para coexistir con la violencia.

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