ANIVERSARIO LUCTUOSO DEL POETA de multitudes

Un peatón llamado Jaime Sabines

Hoy, al cumplirse 16 años de la muerte del hijo pródigo de Chiapas, lo recordamos con 16 datos sobre su vida y obra

19/03/2015 a las 05:30    
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.  FOTOARTE: MARCOS URBIETA

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Jaime Sabines Gutiérrez nació el 25 de marzo de 1926 en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, y fue el hijo menor (de tres) del migrante libanés, Julio Sabines.
De niño su madre le hacía recitar poemas, se sabía de memoria “El declamador sin maestro”, libro en el que aparecen 114 versos clásicos. También leía a Tolstói, Dostoievski y Dumas.
La Tía Chofi, a la que le escribió un entrañable poema, era hermana de su madre Luz Gutiérrez; ambas, en su juventud, pertenecieron a la aristocracia chiapaneca.
En 1949 entró a estudiar la Licenciatura en Lengua y Literatura Castellana en la Facultad de Filosofía y Letras, luego de desertar de Medicina. En la soledad de su cuarto de alquiler, ubicado en la calle de Cuba 43, escribió su primer libro Horal (1950).
En 1959, Jaime Sabines obtuvo el Premio Literario que otorga el Gobierno del Estado de Chiapas. A este le seguirían el Premio Xavier Villaurrutia, el Nacional de Ciencias y Artes, en la rama de Lingüística y Literatura (1983), y el Elías Sourasky (1982). Recibió también en 1994 la Medalla Belisario Domínguez que otorga el Senado de la República.
“Algo sobre la muerte del Mayor Sabines”, poema crucial de la literatura mexicana publicado en 1973, se inspira en el cáncer que atacó al padre del poeta chiapaneco.
En 1986, para festejar sus 60 años, la UNAM y el INBA le organizaron un gran homenaje, con conferencias en torno a su figura y obra. Los festejos cerraron con una lectura de sus poemas, y allí Jaime Sabines reunió, como ningún escritor mexicano antes lo había logrado, a cientos de lectores.
Yuria, nombre que da título a uno de sus libros de poemas, es el nombre de su rancho en Chiapas.
En noviembre 1989, durante un viaje a su tierra natal, resbaló en un pequeño escalón y se fracturó el fémur de la pierna izquierda, a partir de entonces la enfermedad comenzó a golpear su cuerpo.
Sabines accedió en el último lustro a ofrecer varios recitales de poesía a los que asistieron multitudes que superan las 10 mil personas. Esto reafirmó su condición de ser el poeta mexicano más leído y popular del final del siglo 20.
“Estos son aplausos que lo lastiman a uno”, dijo con voz entrecortada y sobrecogido por la apasionada ovación que recibió el 29 de marzo de 1996, en el Palacio de Bellas Artes, donde ofreció una lectura en el marco de sus 70 años.
Su carta de presentación en las lecturas masivas eran los versos: “Lento, amargo animal/ que soy, que he sido, / amargo desde el nudo/ de polvo y agua y viento...”.
En los últimos años, Sabines solo quiso dar a conocer un nuevo poema: “Me encanta Dios”.
La obra de Jaime Sabines ha sido traducida a una docena de idiomas.
El viernes 19 de marzo de 1999, cerca de las 11:30 de la mañana, murió víctima del que alguna vez llamó “el Príncipe Cáncer”. Seis días después el poeta hubiera cumplido 73 años.
El espacio que le dedicó su tierra natal, el Centro Cultural y Deportivo “Jaime Sabines”, será remodelado, anunció ayer el director general del Colegio de Bachilleres de Chiapas, José Antonio Aguilar Meza.
EL PEATÓN

Se dice, se rumora, afirman en los salones, en las fiestas, alguien o algunos enterados, que Jaime Sabines es un gran poeta. O cuando menos un buen poeta. O un poeta decente, valioso. O simplemente, pero realmente, un poeta.
Le llega la noticia a Jaime y este se alegra: ¡qué maravilla! ¡Soy un poeta! ¡Soy un poeta importante! ¡Soy un gran poeta!
Convencido, sale a la calle, o llega a la casa, convencido. Pero en la calle nadie, y en la casa menos: nadie se da cuenta de que es un poeta. ¿Por qué los poetas no tienen una estrella en la frente, o un resplandor visible, o un rayo que les salga de las orejas?
¡Dios mío!, dice Jaime. Tengo que ser papá o marido, o trabajar en la fábrica como otro cualquiera, o andar, como cualquiera, de peatón.
¡Eso es!, dice Jaime. No soy un poeta: soy un peatón.
Y esta vez se queda echado en la cama con una alegría dulce y tranquila.

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