Cultura a un solo tono.

Ricardo Quezada Actualizada 11/04/2016 a las 13:22    
.  ESPECIAL

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Tiene un espectro particular este cielo queretano, especialmente en las tardes cercanas al equinoccio de primavera, donde adquiere una paleta de colores que alguna criatura celestial debe estar mezclando juguetonamente con un pincel hecho de nubes, para crear un retrato de tonos ciruela que contrastan con los destellos anaranjados del sol que se duerme en el horizonte.
Alba, es una mujer que no nació en la ciudad, su corazón se formó en los campos de cultivo de vara de sauz en Peñamiller, pero hacía ya mucho de eso. Sus ojos cambiaron los delicados tonos ocres del semidesierto por el áspero acento grisáceo de la piel de la ciudad y las plantas de sus pies ya no tenían memoria de los senderos que regresaban a casa de sus padres en el campo.
Hacía tres años que Mariana, el fruto de uno de sus frutos marcó su vida y la convirtió en abuela, desde ese momento su vida tenía una ruta común, los músculos de sus piernas podían moverse de manera autónoma entre las aceras delimitadas con franjas resplandecientes amarillos y blancos, los pasos peatonales y las calles de adoquín del centro de la ciudad para llegar desde su casa en la Valle Alameda hasta el hogar de su hija en el Tepe.
Un miércoles cualquiera de un día cualquiera Alba caminó por la misma ruta que le dictaba su instinto, por Avenida Corregidora hasta donde las vías del tren dibujan un diafragma de metales que separa el pecho de la ciudad en puntos cardinales.
El ritual de ida se perfiló con toda tranquilidad y monotonía, pero al regresar, durante esta tarde de cielos púrpuras y naranjas una fuerza de la naturaleza capturó la curiosidad de su iris ya pálido por el tiempo.
Reposadas sobre la barda perimetral que rodea la Alameda Hidalgo estaban varias estructuras con cuerpos metálicos y peldaños, pero sobre este esqueleto de aluminio se postraban como aves de alto vuelo los jóvenes de la ciudad; sostenian latas de colores que escupían ráfagas de pintura que impregnaba de ideas sobre láminas de acero negro, deformando el sentido original de aquellos metales para convertirlos en una manifestación a veces maravillosa, a veces aberrante, pero siempre punzante con vida.
Pensó en llamar a la policía, cientos de vándalos atiborrando las calles, llenando de marcas la alameda de su ciudad, pero no lo hizo, se detuvo unos segundos para ver exactamente que estaba ocurriendo y se sintió profundamente cautivada.
Dio unos pasos para comprobar que los chicos se ayudaban unos a los otros, su corazón se saltó un latido y adquirió el ritmo del cascabeleo de los aerosoles, con ello, recordó que ella también talló su nombre y sus ideas en un algún lugar.
Perdido entre la maleza los yerbajos y el polvo había una planta, lejos, muy lejos de la ciudad, en el municipio de Peñamiller, estaba un trocito de piel verde donde Macario su esposo escribió “Mi querida Alba” con la punta de un machete. Recordó lo que era ser joven, sentir las tripas revolotear con un amor fugaz y besarse a escondidas, correr, saltar, reír, pero sobretodo tener amigos.
Se acercó para ver aquello, frases e ideas plasmadas en las láminas todo hecho como las artesanías, a mano y con talento. Dejó de sentirlo extraño y se quedó a recorrer el camino que la pintura le estaba trazando.
Se atrevió a hablar y a preguntar, “es la participación de Nueve Arte Urbano y Pinturas Osel con grafiteros y artistas locales para el festival de todos, algo así como un festival cultural que se hace por los queretanos y para los queretanos” le contestaron.
Lo pensó detenidamente “¿qué es la cultura?” Cuando vio a aquellos muchachos trazar ideas que con las que ella coincidía ya no se percibió como una mujer aterrada, sino con la conciencia de que ella compartía un vínculo cercano con aquellos chicos, no por nacionalidad, no por humanidad, sino por algo mucho más profundo, como si se tratara de un tejido, un entramado de significados que la unían a ellos y a la ciudad que en la que ella vivía, como un fragmento del espíritu que todos tenemos en común.
Caminó hacia su casa, pensando que tal vez con un poco de valor y ayuda de algún joven ella también podría pintar, o por lo menos dejar que los chicos de Nueve hicieran un mural en su casa, como un recordatorio de que los corazones extraños también pueden latir al mismo ritmo.

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