LA CANCIÓN POPULAR, UNA CONSTANTE EN NUESTRA CIUDAD

El jueves que se marchó

La “Diva del canto queretano”, Tehua, fallecía la gran cantante en la Ciudad de México

Mario Arturo Ramos 27/08/2014 a las 06:00    
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El mediodía del jueves 21 de agosto de 2014 –“Jueves será”, decía César Vallejo– con las primeras horas de la tarde en la Ciudad de México, falleció María del Rosario Graciela Rayas Trejo, “La Diva del canto queretano”.
La canción popular es una constante en la vida cotidiana de los habitantes de la ciudad capital y del estado de Querétaro, se manifiesta por afición, profesión, sentimiento, rabia, ternura, o simplemente por necesidad de comunicar lo que es importante y lo que no. Lo hace en forma masiva, bailable, selectiva, íntima, amorosas, festiva, trágica, histórica, etc., es el centro de un universo sonoro y lingüístico, constituido por público y cancionistas que las interpretan, músicos que las ejecutan y disfrutan, y seguidores fieles que les atribuyen virtudes mitológicas. Estoy convencido que en mi lugar natal cantando se vive, se sufre y se sueña bajo embrujos melódicos, con la ingenuidad o transparencia de sus textos y en esa singularidad de sus ritmos; sin embargo, a pesar de toda su vitalidad, es una expresión que tiene poca presencia nacional. Creo que la sentencia se rompe con Juan Arvizu, “El tenor de la voz de seda” junto a Andrés Rabago –se dice que es el nombre de Andy Rusell, cantante de fama internacional y que su lugar de nacimiento, es en estas tierras–, y Tehua, que junto al huapango arribeño, estoy convencido que forman la cúspide de la canción queretana.
La década de los setentas del siglo pasado fueron de gran actividad en el canto mexicano, junto a voces e imágenes de las “estrellas” vendedoras de discos, y espectáculos controlados por los medios de difusión, creció lo que hoy se conoce como “Nueva canción”, sub-etiquetada popularmente, como “canción de protesta”, rojilla, diferente, intelectualoide, fina. Para “peñas”, teatros, algunos programas de televisión y auditorios independientes o progresistas; conciertos de solidaridad con los pueblos latinoamericanos; actos culturales-musicales-sociales amenizados con guitarras, instrumentos de aliento, letras combativas y voces auténticas que caminaban al lado de las luchas libertarias populares. El “Canto nuevo” mexicano encontró foros donde plantear una actitud distinta a los que, bajo los reflectores, bien maquillados y, usando un tono meloso, firmaban autógrafos como la llave para conquistar el paraíso. Los folkloristas, Óscar Chávez, Amparo Ochoa, Guadalupe Trigo, Gabino Palomares, el grupo On’ta, La Nopalera, Los Nakos, El Negro Ojeda, Margarita Bauche, José de Molina, Julio Solórzano, Pedro Ávila, León Chávez Texeiro, “El Cuervo”, el grupo “Víctor Jara”, el grupo “La propuesta”, “ Un viejo amor” y “Tehua”, entre otros mostraban el músculo y la presencia de una opción distinta a los perdidos gambusinos que cantaban en busca de las ganancias de la música industrial.
La carrera de Tehua –Querétaro 1943– se inició en los sesentas, etapa en la que el rock and roll agrupó a la mayoría de jóvenes intérpretes; ella con actitud consecuente grabó algunas producciones rockeras, su versión a “Los sonidos del silencio” de Simon and Garfunkel, es un acierto que vale la pena continuar escuchando. En la década siguiente, una pléyade de cantoras plantearon una antítesis de la música comercial y de inmediato fueron etiquetados como integrantes de la “Nueva canción”, un movimiento plural que en estos diez años reunió a folkloristas, neo-folkloristas, jazzistas, trovadores, boleristas, rockeros, poetas, músicos ejecutantes, y en el que María del Rosario Graciela Rayas Trejo es uno de sus pilares. El grupo “Víctor Jara”, integrado por Eugenia León, Mario Rivas y Margarita León declaró, a la musicóloga Yolanda Moreno Rivas: “El canto divierte, pero también educa y concientiza, por eso buscamos una canción que sea fácilmente aprehensible por varios sectores sociales, folclore, música moderna, canciones para niños, la llamada canción popular. Elegimos el repertorio de acuerdo a la vigencia política que tengan las canciones.”
En el teatro Polyforum Siqueiros, una jornada de solidaridad con el pueblo chileno agredido por el militarismo y la derecha de la tierra de Caupolicán era convocada por integrantes de a “Nueva canción”, en el programa anunciaban –entre otros artistas– a la “Diva del canto queretano”. La admiración por la soprano y los encuentros esporádicos en la antesala de la oficina de “Chamín” Correa, director y productor artístico en Polygram –donde el requintista grababa entre otros a Chávez y a ella– me permitía cierta familiaridad y cercanía que creció, cuando en una de las esperas en la disquera, hubo oportunidad de señalar que compartíamos lugar de nacimiento; rápido aclaró que siendo niña se trasladó a San Miguel de Allende y que su infancia que pasó en esa ciudad, ésta le despertó un amor especial que le hacía quererla como su lugar y espacio final. ¡Claro! aseguraba: “¡Nací en Querétaro!... En algún momento le conté que Ignacio Ramírez “El Nigromante” tenía en las venas sangre queretana y que nació en San Miguel y, que Ignacio Pérez cabalgó de Querétaro a San Miguel, para cumplir la misión de: “Mensajero de la Patria”, concluí, que es el mejor galardón en la interrelación Querétaro (hoy, Santiago) y San Miguel (hoy) de Allende.
Aquel domingo otoñal del 73, mientras esperaba su turno para salir al escenario circular del Polyforum y con la participación de Guadalupe Trigo, quien también cantó en el evento, la artista queretana reafirmo su destino/necesidad, de utilizar su voz, para dar voz a canciones que era necesario rescatar. El conductor del evento la anunció y un nutrido aplauso le fue otorgado como recepción; con un respetuoso silencio de los asistentes cantó “La Barca de Guaymas” atribuida a José López Portillo y Rojas, “Nunca, nunca, nunca” de Tata Nacho; “Canción mixteca” de J. López Alavés y para despedirse “Marchita el alma” de Antonio Zúñiga. La ovación y el clásico grito de “¡otra!, ¡otra!” la hicieron regresar para cantar, “México de mi ayer” de Chava Flores, “La borrachita” de Ignacio Fernández Esperón y terminar con “Gracias a la vida”, de Violeta Parra. Su imagen con traje oaxaqueño se fusionó con un público de pie, aplaudiendo. Pasaron los años, el final del siglo XX llegó veloz; los caminos de la “Nueva canción mexicana” se diversificaron y ella siguió ahí, firme y de pie, como los generosos árboles que dan sombra, como prueba de que el oficio tiene la responsabilidad de ser auténtico. El tiempo se le fue grabando discos, presentándose en escenarios públicos, compartiendo su destino de soprano; al comenzar a correr el tercer milenio, los espacios para presentarse fueron envejeciendo. Las “Añoranzas” de María del Rosario se quedaron como referentes, como logros artísticos de la música nuestra.
Nuestros encuentros se volvieron esporádicos, breves saludos en algunos conciertos o presentaciones y la promesa de reunirnos a charlar; por amigos comunes conocí los estragos de su enfermedad y los gastos que ocasionaba su tratamiento cada vez más difíciles de cubrir. Se realizaron algunos encuentros de compañeros para reunir fondos, la situación económica de la “Diva del canto queretano” era precaria; alguna vez pensé que su actitud la condenó a no alcanzar ningún beneficio social por su trabajo. Por eso aquella declaración hecha a la prensa continua vigente: “Cantar es mi vida, en todos los sentidos, mi necesidad, mi manera de pensar y comunicarme. No elegí esta vertiente del canto, pues era lo que se escuchaba en mi casa. En Querétaro, mi papá tenía un amigo que era dueño de una pulquería, me sentaba en la barra y a un lado había una rocolota, grande y llena de luces, y con discos de 78 revoluciones”. El jueves del final amaneció nublado en la vieja Tenochtitlan, parecía que el cielo presentía su partida, un poco después del mediodía salió el sol a despedirla, era el momento para que se marchara para siempre la cantora que se logró ganar el respeto y el cariño de la gente con honestidad, y que por mérito propios es “La Diva del canto queretano”, Tehua, la que llamó Jaime Sabines: “La voz abusadora de los pájaros”.


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