René Delgado

El estilo de Peña Nieto

SOBREAVISO 30/08/2014 a las 06:20    
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Al margen de su efecto en la estructura del país, la conclusión -a nivel legislativo- de las reformas amparadas en el Pacto por México, quizá, marque un antes y un después en el estilo personal del presidente Enrique Peña Nieto.
La voluntad de darle marco jurídico a su proyecto, sin duda, limitó en más de un aspecto lo que el historiador Daniel Cosío Villegas definió y acuñó como el estilo personal de gobernar. El jefe del Ejecutivo se guardó y, en obsequio al respaldo de la oposición, es evidente que muchos asuntos graves, abusivos o espinosos que involucraron al panismo y al perredismo se dejaron pasar en el ánimo de no romper la armonía que exigía el Pacto.
Desde esa perspectiva, no es aventurado afirmar que Enrique Peña Nieto fue uno antes de las reformas y otro será después. La gran interrogante es con qué mandatario se contará en esta segunda etapa, cuál será su estilo personal de gobernar.

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La distancia entre el gobernador que fue del Estado de México y el jefe del Ejecutivo que ha sido Enrique Peña Nieto en los primeros 20 meses de su gestión es abismal.
Se entiende, desde luego, que el gobernador se movía en dos planos. Uno directamente relacionado con el gobierno de esa entidad y otro directamente relacionado con la aspiración de asegurar la candidatura presidencial y conquistar la posición. Aquel gobernador fue un político marcado por una sobreexposición mediática que le significó un costo, pero inferior al rédito político obtenido. Sencillamente, alcanzó la meta: ocupar la residencia oficial de Los Pinos.
Aun antes de obtener la candidatura presidencial, el mexiquense mostró audacia para no perder de vista aquel objetivo. Al designarse su relevo en el Estado de México, no reparó en sacrificar sus propias piezas, a fin de preservar el importante enclave electoral que representa su tierra. Luego, al ver que la eficacia de Luis Videgaray ensombrecía su propio liderazgo y lo desbalanceaba, habilitó a Miguel Ángel Osorio Chong. Más tarde, se interesó en incorporar al rejuego político a personajes ajenos a su círculo. La inclusión de Emilio Gamboa pero, sobre todo, de Manlio Fabio Beltrones -su competidor por la candidatura presidencial- puso de manifiesto el propósito de sumar, no de restar, dentro de su partido. Reagrupó a distintas corrientes, acumulando fuerza a cambio de repartir juego.
Asimismo, rápido entendió cómo hacer fortaleza de la debilidad de los dirigentes opositores. El calderonismo amenazaba a Gustavo Madero, el lopezobradorismo a Jesús Zambrano y los legitimó como interlocutores y, en esa condición, se diseñó el Pacto que, al sentar a la misma mesa y al mismo tiempo a las tres principales fuerzas políticas con el gobierno, generó una expectativa superior a la prevista.

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Las señales, advirtiendo el tamaño de la empresa política pretendida y de restablecer el peso del presidencialismo, se hicieron manifiestas al tomar posesión de la Presidencia de la República.
Los preparativos y la realización de esa ceremonia fueron otro mensaje del estilo que se quería establecer. La pompa y circunstancia del traslado de los mandos en materia defensa y seguridad nacional significó la intención de reponer una institucionalidad, marcada por una escenografía más tensa que relajada. Y, desde luego, la recuperación de la investidura presidencial con una liturgia y unos protocolos mucho más rígidos, característicos de la cultura tricolor, repuso la veneración por la figura presidencial, cuyo rostro amable es el del respeto y cuyo rostro duro es el del miedo.
Montada la escena del poder, el mandatario rescató el discurso como un instrumento no para disfrazar, sino para anunciar las intenciones y, en ese sentido, restarle peso a la equivocidad y advertir con qué se podría topar la resistencia. El discurso de toma de posesión fue claro.

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Establecidos ese modo, esas reglas y suscrito el Pacto, el mandatario se guardó hasta donde un servidor público puede escapar de la escena. Parte de la caída de su calificación y popularidad ahí se explica. El objetivo -legislar las reformas- lo obligaba a mantener un perfil, si no bajo, discreto.
Más peso adquirió el acuerdo cupular que el debate público y la negociación política en corto que el pronunciamiento en largo. El mandatario se limitó. No avasalló a la oposición con su presencia, no hizo el corte de caja de la herencia legada por el panismo, no confrontó al perredismo e, incluso, hizo concesiones superiores a las previstas en aras de asegurar la joya de la corona de las reformas, cifrada en el brutal giro de rol del Estado en la explotación de la energía.
Hoy, con el marco jurídico de las reformas asegurado, la condición del mandatario es otra. Soltó las ataduras que lo contenían, pero no se liberó del todo. Sin el acuerdo con las oposiciones, requiere re-empoderarse: sea con los beneficiarios de las reformas, con la reactivación de la economía o, bien, encontrar puntos de apoyo distintos a los utilizados hasta ahora.
Ya se conoció al gobernador que fue Enrique Peña Nieto, ya se conoció al presidente de la República limitado por el Pacto y el objetivo de legislar las reformas, viene una segunda etapa en su gobierno.
Una etapa donde la precipitación de la temporada electoral obliga a subrayar las diferencias, no las coincidencias. Una etapa donde la velocidad en la instrumentación de las reformas resultará clave en el curso del gobierno. Una etapa donde el autoritarismo será una tentación. Una etapa donde la corrupción amenaza las reformas. Una etapa donde, sin posibilidad de ambicionar otra posición política, el mandatario tendrá que ajustar al equipo de colaboradores y controlar el juego de sus posibles sucesores, reconcentrar a su grupo a costa de los invitados, concretar su proyecto si pretende trascender y definir, en medio de ese complicado laberinto, su estilo personal de gobernar.

sobreaviso12@gmail.com

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