Federico Arellano

Emoción y adrenalina

Los Miserables 19/09/2014 a las 06:16    
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Federico Arellano

Federico Arellano

Este lunes fuimos testigos del segundo Grito de Independencia a cargo del Presidente Enrique Peña Nieto, como siempre las críticas al vestido de la Gaviota y al gesto del mandatario no se hicieron esperar. En mi opinión, este año hubo algo más importante que criticar: el desgano del pueblo. A eso le dedicaré este episodio de su gustada sección “Los Miserables”, acomódese a leer.

Cuando revisaba las notas periodísticas acerca de la ceremonia oficial, la mayoría de los medios comentaban el incidente de Sofía Castro. Para quien no lo recuerde, el convoy en el que viajaba recibió amenazas, gritos y sombrerazos propinados por la multitud que rodeaba al zócalo capitalino intentando ingresar a él. Al grito de “¡que camine como todos!” una muchedumbre se aglutinó para gritarle a la más famosa hija de esta nueva familia.

Después, al momento de las campanadas, el presidente más exitoso según la prensa internacional, el reformador y ejecutor del nuevo aeropuerto, salió a dar el Grito de Independencia. Sin despeinarse cumplió con la tradición y nada más.

Una desafortunada toma oficial, captó a una “fan” a grito pelón entonando un animado “Peña, Peña, Peña”, mientras que la audiencia en redes sociales y pareciera que los propios asistentes al zócalo no lograban emocionarse ni sentir la mínima adrenalina por el momento.

¿Qué es lo que nos debiera llamar la atención? Pienso que la apatía y hasta los ataques a la hija de la Primera Dama, reflejan el desgano colectivo no sólo por la administración federal, en general, por toda la clase política. El desdén de una ciudadanía cansada de reformas fiscales y dudosa del resto de los avances. Una comunidad digital que nunca ha querido a Enrique Bombón en su colchón.

Este escenario me recuerda las palabras que le escuché a José Ángel Gurría, Secretario General de la OCDE, en enero pasado: “de todas las consecuencias de la crisis económica de 2008, la más grave es la pérdida de confianza en las instituciones”, sin ella, ninguna reforma podrá tener efecto alguno.

De esto ya habíamos hablado en episodios anteriores. Resulta evidente que la fórmula presidencialista comienza a agotarse lentamente en nuestro país y en la mayoría de los del mundo, las empresas de toda la vida (como Televisa o Coca-Cola) comienzan a perder adeptos, los bancos comienzan a ser más temidos que los asaltantes a ellos.

¿Quién ocupará los liderazgos perdidos? ¿quiénes serán las nuevas instituciones que emocionen y motiven a la ciudadanía? ¿quién empujará y legitimará las reformas? Ese es el reto de los nuevos políticos y empresarios: motivar, emocionar y devolver la confianza.

Si la clase política quiere continuar vigente, debe dejar de pensar en hacerse publicidad fotografiándose con ancianos y huerfanitos, debe dejar de explotar la imagen de familia tradicional e incorruptible que, como Sofía Castro lo pudo comprobar, cae gorda y pierde popularidad. Debe empezar a vender ideas y contenidos, debe estar dispuesta a someterlos al escrutinio de la comunidad digital, debe dejarse abuchear y acarrear menos, “caminar como todos”. Sólo así sentirá lo que sucede en las calles, sólo así se explicarán por qué las reformas están destinadas a fracasar o en qué sostendrán su éxito.

Ojalá que pronto algún liderazgo existente o futuro, se despeine y nos dé razones para despeinarnos por la patria. Nos leemos el próximo viernes en este mismo espacio, en este mismo periódico ¡pídalo a su voceador!


@FedeArellano
Economista económico / Abogado desgraciado / Queretano autoexiliado

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