René Delgado

Posición de la oposición

SOBREAVISO Actualizada 20/09/2014 a las 09:41    
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Posición de la oposición

Sin posibilidad de presumir su colaboración con el gobierno y su partido para coronar -a nivel legislativo- las reformas estructurales, el panismo y el perredismo encaran un desafío: reposicionarse de cara al electorado en tan sólo... ¡ocho meses!
De octubre a junio, ambas fuerzas deberán atender y afrontar varios frentes simultáneos: arrostrar al priismo, competir entre ellas, cuidar el flanco ante los nuevos partidos y atemperar los conflictos al interior de sus estructuras. En suma, estarán al centro de un laberinto donde cualquier resbalón podría dejarlas muy mal paradas, sino es que provocarles fracturas mayores a las ya sufridas.
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Las dirigencias panista y perredista jugaron con osadía e inteligencia su circunstancia al inicio del sexenio.
Sin desconocer la debilidad que afectaba el liderazgo de sus direcciones y, por lo mismo, el aseguramiento del control de sus formaciones, el Pacto por México le dio a esas oposiciones oportunidad de consolidarse a partir de la interlocución y la negociación con el gobierno. De la debilidad, hicieron fortaleza y, en ese sentido, ninguna de las tres partes desaprovechó la ocasión. Las dirigencias opositoras se consolidaron hacia fuera de su partido, aunque no hacia adentro.
Agotada esa fase, tanto el grupo de Gustavo Madero en Acción Nacional como la corriente de Los Chuchos en el partido del sol azteca entendieron la urgencia de legitimar su dirección al interior de sus partidos. Ambas corrientes jugaron bien sus cartas. A través de la elección, por primera vez de la militancia, Madero renovó y consolidó su mandato hacia dentro de Acción Nacional y ensanchó su margen de maniobra. A su vez, depositando en el Instituto Nacional Electoral la organización de la elección de su Consejo, Los Chuchos han confirmado su hegemonía dentro del perredismo y han recibido una bocanada de oxígeno.
En esa condición, las dirigencias opositoras entran a otra fase. Una etapa donde, sin poder romper la relación fincada con el gobierno, se ven obligadas a marcar distancia y diferencia con él y entre ellas. Operación nada sencilla.
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Parte del desafío del panismo y del perredismo consiste en que las reformas donde pusieron el mayor acento -la electoral en el caso del blanquiazul; la hacendaria en el caso del negriamarillo- no arrojan aún su eventual beneficio y sí, en cambio, perjuicios. Y, entonces, su inversión política no rinde los dividendos esperados.
El impacto presupuestal de la reforma electoral en la que se empeñó el panismo muestra, por ahora, un régimen democrático costoso en extremo y complejo en su control. Concediéndole el beneficio de la duda al mazacote legislativo en que derivó esa reforma, su eventual efecto positivo será visible hasta concluido el proceso electoral en puerta. Nada puede presumir hasta ahora el panismo.
La reforma hacendaria, donde el perredismo quiso estampar su huella, dejará ver su beneficio, si lo tiene, mucho más adelante. Hoy, por lo pronto, exhibe un régimen fiscal recargado sobre los contribuyentes cautivos sin derramar su gracia en los sectores sociales, para los cuales está presuntamente destinado.
Desde esa perspectiva, la autoprofecía opositora se cumple a sí misma: el gobierno y su partido capitalizan las reformas, dejando el costo de los acuerdos cupulares no sólo a la dirección del panismo y del perredismo, sino también a sus fracciones parlamentarias que, en la percepción popular, actuaron no con profesionalismo y una fuerza de convicción acendrada, sino a partir de una suerte de domesticamiento o, peor aún, de una docilidad aceitada con dádivas, en el mejor de los casos, dispensadas a través de “subvenciones” ordinarias y extraordinarias.
A diferencia de su alianza con el salinismo, esta vez el panismo no puede presumir la victoria cultural que presumía en los tiempos de Carlos Castillo Peraza. A diferencia de la oposición recia que, para bien o para mal, le daba identidad al perredismo, esa fuerza no acaba de derivar frutos de su entendimiento con el poder establecido. Menudo lío, marcar distancia y diferencia frente al gobierno y el partido tricolor cuando se han igualado a ellos.
Por lo demás, en el campo electoral, la alianza del panismo y el perredismo es difícil de sostener ya que, en el campo político, el panismo opta por aliarse con el priismo. En tal virtud, por senderos distintos tendrán que correr cada uno de ellos, a menos que, de la contradicción, quieran nutrir una aventura sin destino.
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El tiempo, muy probablemente, no opere en favor del priismo en cuanto a la posibilidad de que la inversión privada llegue con la velocidad y la oportunidad deseada y que, en esa circunstancia, la elección intermedia -acompañada del relevo en nueve gubernaturas- no le resulte un día de campo.
Pese a esa probabilidad, el gobierno y su partido cuentan con tres recursos. Uno, la obra pública, anunciando grandes proyectos, que podría paliar la eventual lentitud con que lleguen las añoradas y millonarias inversiones, reactivando la economía. Dos, la incorporación de Encuentro Social y del Movimiento de Regeneración Nacional en la escena partidista que, por su perfil ideológico, restará votos a la diestra panista y a la siniestra perredista dejándole, sin querer, oportunidad al priismo de capitalizar la división del electorado. Tres, los conflictos al interior de Acción Nacional y del partido del sol azteca que, en su rejuego, le restan cohesión, fuerza y organización a sus respectivas estructuras.
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Aun cuando formalmente el proceso electoral del año 2015 inicia los primeros días del mes entrante, el tic-tac de la cuenta regresiva ya suena y suena
acelerado.
El panismo y el perredismo encaran un enorme desafío: remontar su crisis interna y consolidar su estructura, reposicionarse de cara al electorado, marcar distancia e independencia frente al gobierno, competir entre ellos, afrontar el reto que les plantean los nuevos partidos y redefinir su rol político. ¡Vaya desafío!

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