la noche del 15 de septiembre

Mario Arturo Ramos

Listo para cantar ante su público en el Grito, Vazal, con su traje de charro, nunca se imaginó lo difícil que sería llegar hasta el escenario

Desde el Calvarito Actualizada 05/10/2014 a las 09:35    

Crónica de una cantada


Cómo no recordar aquella noche del quince; las banderas, banderitas, silbatos, sombreros, matracas, cohetones, grupos norteños, mariachis inundaban la plaza principal donde se llevaría a cabo la ceremonia del Grito, como prólogo de la fiesta. Los arcos de cantera que cuidaban las casonas, edificios públicos, vestidos con los colores nacionales, formaban el marco soñado para el fervor patrio que en estas fechas andaba a flor de piel o en el centro de corazón, ahí, en la plaza. En medio de la arcada, con mirada acechante y nervios bien afilados Vazal, mientras limpiaba con una franela las monedas que adornaban su impecable traje de charro/cantor, a manera de saludo, comentó: ¡qué bueno que llegue temprano!, ¡pude observar cómo terminaban de armar el escenario, colocar las series de luces, probar el sonido! En el encendido de los reflectores, fíjate, apuntaron su luz al cielo, como si se buscaran arcángeles o marcianos.
Los sartenes, las ollas, las parrillas y comales se declaraban listas para cumplir la tarea de la noche, dar vida a enchiladas, pambazos, gorditas calentar los buñuelos tal y tal, desde luego ¡el ponche! Valz, así le decían sus amigos -respiró profundamente- parecía que estuviera a punto de conquistar el Himalaya, con acento fuerte dijo: faltan pocas horas para la fecha soñada, cantar en la verbena de la noche del quince de septiembre en mi pueblo.Recuerdo que con cuidado se colocó el sombrero con adornos de alpaca, mientras con un murmullo medio afinado señaló: hay que cuidar el traje, costó uf, uf, tuve que tomar una decisión importante que nació cuando me enteré que mi compadre, en la capital del país, había logrado colocarse como hombre poderoso, tardé y tardé en decidirme ir a buscarlo, pero, cuando llegué a sus oficinas, el abrazo con el que me recibió después de tres días de hacer cola para conseguir la cita, me recordó aventuras que en la adolescencia navegamos. Con vieja confianza preguntó por la familia y, mientras contestaba llamadas y leía tarjetas informativas que le llevaban cinco o seis secretarios y asistentes, en medio de la magia del poder soltó las palabras mágicas: ¿en que te puedo ayudar, Valz?, compadre, contestó cómpreme un traje de charro y consígueme con su amigo el gober que este quince de septiembre me deje cantar “dos rancheritas “de mi inspiración” La envenenada negra”, “ El terrico” y una que cantaba Pedrito, “ Yo no fui”...



La música es parte del paisaje patrio en las fiestas del Grito, pero difícil para los cantantes que enfrentan multitudes. FOTO: NOTIMEX



Las puertas de Palacio de Gobierno se abrieron para que entraran las charolas con la comida y las esencia para los brindis de etiqueta; los meseros, con su inconfundible petaquita donde guardan camisas blancas, sacos y corbatas de moño, con agilidad acomodaban manteles, vajillas; colocando en el centro de las mesas serpentinas y cornetines, flores de temporada; como expertos bailarines extendían la alfombra donde desfilarían autoridades e ilustres invitados al festejo oficial. Era hora de tratar de acortar la charla con Valz, así que pregunte: ¿Y a qué horas cantas? Como quien da un informe pormenorizado de actividades burocráticas, y mientras calentaba la garganta con un buen trago de tequila, con solemnidad explicó: hay entre cantantes, grupos musicales, mariachis y otros, 8 actuaciones voy el en séptimo lugar, cuando termina mi intervención el maestro de ceremonias, el señor Amabile, va a pedir un largo aplauso para que salga la autoridad al balcón, principia para dar el Grito. La plaza poco a poco se llenó de gente de todas las edades, las luces adornaban la fachada del Palacio y a su patio colonial, convirtiéndolo en rival de la luna que por la nubosidad parecía ánima en pena. Decidí salir a caminar por los alrededores para hacer un poco de tiempo mientras el gentío acudía a la ceremonia, el paisaje seguía igual que aquella noche que Josefa le pidió al alcaide Pérez que avisara a los conspiradores diciendo: Ignacio, cuéntale al capitán que la judicial anda sobre ellos por andar de “revoltosos”, las ancianas mujeres campesinas extendían las manos solicitando pan, los turistas embelesados observaban a unos monjes maquillados que contaban leyendas inventadas por Malt Misney a cambio de monedas, los vendedores de papitas y churritos hacían su septiembre.
Se llenó la plaza y no pude regresar a donde se encontraba Valz, a lo lejos lo observé saludando conocidos y explicando cómo consiguió su traje de charro/cantante. Su figura destacaba entre la multitud, ya que siempre andaba flaco cansado y ojeroso, como dice la canción. Comenzó la música, el ballet folklórico y los cómicos, unos minutos antes de las 11:00 de la noche, el anunciador grito “ahora con ustedes, la voz queretana del siglo XX, Vazal, le pedimos al artista que suba a este escenario, un fuerte aplauso para el cantante”; Valz, que medio escuchaba, trató de abrirse paso entre los asistentes, con poco éxito, su sombrero caracoleado era lo único que se veía entre ese mar de cabezas, él sudaba y pujaba como uno de los integrantes de la caravana que cruzó el Mar Negro, como esos desventurados emigrantes que tratan de llegar al oasis para calmar la sed y esconderse de la migra en el Desierto de Altar, resoplaba y bufaba como toro que va al matadero y el anunciador insistía: “que pasé al escenario el cantante”, ya que faltan pocos instantes para el Grito. Él, con cara agonizante, intentaba e intentaba llegar, déjenme pasar voy, a cantar suplicaba; el conductor volvió a preguntar “¿dónde está el artista?”, Valz suplicaba, imploraba, déjenme subir. El reloj de catedral daba la primera campanada de las 11:00 de la noche, Vazal casi llegaba al templete, la octava campanada sonaba y por fin estaba cerca, al tratar de subir al escenario y mientras el maestro de ceremonias con rostro desencajado le preguntaba a su ayudante “¿dónde está ese pinche cantante?”, Valz pidió que le ayudaran a subir.
En toda reunión multitudinaria nunca falta el malhora, y uno rápido lo ayudó agarrándolo de donde la espalda pierde su honorable nombre, con el dedo listo le picó ya saben dónde, Vazal pálido pidió al subir el micrófono, el anunciador le dijo que después, que ya iba a comenzar el Grito; el charro/cancionero se lo arrebato y gritó “¿quién me picó hijos de su #### madre, quién fue?”. Con gesto de asombro llamó a un ayudante y mientras su familia se tapaba las orejas para no oír ordenó: Llévense a ese grosero a las bartolinas. Los genízaros actuaron veloz y Valz terminó tras las rejas cantando a sus nuevos compañeros.“Si te vienen a contar cositas malas de mí, manda todos a volar y diles que yo no fui…”. Así fue aquella noche del quince, donde nació la crónica de una cantada.

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