María B. del Valle

Domesticando amigos

Anáhuac 08/10/2014 a las 06:35    
Por azares del destino, hace poco me encontré nuevamente con unos textos de El Principito. Hay quien dice que no debemos considerarlo como un libro infantil, ya que a pesar de su lenguaje sencillo y de su corta extensión, está lleno de profundo contenido, por lo que deberíamos leerlo varias veces a lo largo de nuestra vida.

La parte que me cautivó esta vez fue el capítulo XXI, un par de hojas que tocan el valioso tema de la amistad, una experiencia hermosa, enriquecedora y humanizante.

La historia empieza cuando El Principito se encuentra por primera vez con el zorro y le propone ir a jugar juntos. El zorro le contesta que no pueden ser amigos porque no está domesticado.

El perplejo principito pregunta: ¿qué significa domesticar?

El zorro sonriente le responde: domesticar es crear lazos. Todavía no eres para mí más que un niño parecido a otros cien mil niños. Y no te necesito. Y tú tampoco me necesitas. No soy para ti más que un zorro parecido a otros cien mil zorros. Pero, si me domesticas, tendremos necesidad uno del otro. Tú serás para mí único en el mundo. Yo seré para ti único en el mundo.
Si me domesticas, mi vida resultará como iluminada. Conoceré un ruido de pasos que será diferente de todos los demás. Los otros pasos me hacen volver bajo tierra. Los tuyos me llamarán fuera de la madriguera, como una música. Y además, ¡mira! ¿Ves, allá lejos, los campos de trigo? Yo no como pan. El trigo para mí es inútil. Los campos de trigo no me recuerdan nada. ¡Y eso es triste! Pero tú tienes cabellos color de oro. Entonces, ¡será maravilloso cuando me hayas domesticado! El trigo, que es dorado, me hará recordarte. Y me agradará el ruido del viento en el trigo.

Sólo se conoce lo que uno domestica - continuó el zorro. Los hombres ya no tienen más tiempo de conocer nada. Compran cosas ya hechas a los comerciantes. Pero como no existen comerciantes de amigos, los hombres no tienen más amigos. Si quieres un amigo, ¡domestícame!

Y, ¿qué tengo que hacer? – pregunta El Principito.

Hay que ser muy paciente – respondió el zorro. Te sentarás al principio más bien lejos de mí, así, en la hierba. Yo te miraré de reojo y no dirás nada. Si te acercas demasiado me asustaré, pero si te alejas sentiré tu indiferencia. Cada día podrás sentarte un poco más cerca...

Al día siguiente el principito regresó.
- Hubiese sido mejor regresar a la misma hora – dijo el zorro. – Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde, ya desde las tres comenzaré a estar feliz. Cuanto más avance la hora, más feliz me sentiré. Al llegar las cuatro, me agitaré y me inquietaré; ¡descubriré el precio de la felicidad! Pero si vienes en cualquier momento, nunca sabré a qué hora preparar mi corazón. Es bueno que haya ritos. Es lo que hace que un día sea diferente de los otros días, una hora de las otras horas.

Así el Principito domesticó al zorro. Y cuando se aproximó la hora de la partida, el zorro lloró. El Principito angustiado le dice: Pero, ¡vas a llorar! Entonces no ganas nada. - Sí gano –dijo el zorro– ahora disfruto el color del trigo...

Este texto nos recuerda lo maravillosas y necesarias que son las amistades en nuestra vida para alcanzar la plenitud, ya que éstas nos ayudan a apreciar aspectos del mundo que nosotros solos nunca hubiéramos reconocido como valiosos. El amigo verdadero es quien nos conduce al bien y a la verdad. El amigo desea lo mejor de nosotros. Sabe disculpar, se alegra en nuestros triunfos y permanece a nuestro lado cuando todos se han ido. Por algo, el poeta latino Horacio consideraba a un amigo la mitad de su alma.
Esta historia nos plantea que nuestras relaciones humanas pueden darse con personas completamente diferentes a nosotros, y llegar a ser indestructibles y duraderas a pesar del paso del tiempo y de la distancia si así lo deseamos. La auténtica amistad se purifica en el crisol del tiempo, de las dificultades, de la disponibilidad y del perdón, involucra la renuncia de dos egoísmos y la suma de dos generosidades.

Al final el zorro le recuerda al Principito una verdad que a veces muchos olvidamos: el hecho de tener amigos, implica hacernos conscientes de que "somos responsable para siempre de aquello que hemos domesticado". Es por eso que la amistad, el tener personas "únicas en el mundo", cambia nuestra vida diaria y le da sentido, en una palabra: nos transforma, porque nos hace darnos, amar y dejarnos amar.

Comenta el contenido
Tu opinión nos interesa Tu opinión nos interesa

Rellena el siguiente formulario para comentar este contenido.





(*) Campo obligatorio


Twitter
Envía tu mensaje

Todos los derechos reservados. MEDIOS AQRÓPOLIS S.A. DE C.V. es la propietaria y/o licenciataria de los materiales publicados en este sitio.

De no existir previa autorización por escrito, queda expresamente prohibida la publicación, retransmisión, edición y cualquier otro uso de los contenidos, particularmente en algún otro sitio de internet o medio impreso, el uso de los contenidos de este sitio es solamente personal, quedando estrictamente prohibido un uso diferente a este.