Rafael Cardona

La fórmula infalible

El Cristalazo Actualizada 20/10/2014 a las 07:55    
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Cómodamente instalado en el recurso infalible del oportunismo victimizado, Luis Estrada prolonga con los mismos elementos de sus cintas anteriores, su “nueva” película, “La dictadura perfecta”, presentada al público como heroica sobreviviente de las mandíbulas de la censura, tal y como hizo con las obras anteriores en el audaz equilibrio entre el apoyo institucional y la rentable denuncia de amagos contra la libertad.
La película reciente (como “La ley de Herodes” y “El infierno”) también cuenta con el respaldo de instituciones públicas, como el Imcine (gobierno) y el auxilio de los mecanismos fiscales con cuya vigencia se estimula (como no sucede con ninguna otra forma de expresión) la industria cinematográfica.
Estrada repite “ad nauseam” los estereotipos de una “audacia” crítica muy “ceceachera”, en la cual todo es barniz, todo es superficie, todo es la fácil repetición del lenguaje carpero tan caro a los oídos del público medianamente desinformado, para el cual toda chingadera dicha en voz alta es sinónimo de atrevimiento por cuya sonoridad se refuerza la condena a los malos gobiernos y a los pinches políticos. ¿Viste?
Sentado así en el caballito de la hacienda (siempre condicionado a regresar al mismo lugar), Don Luis logra su verdadera intención: engordar la taquilla y ganar dinero mediante la fórmula probada del éxito anterior, pues de eso se trata el cine, excepto para quienes creen en sus potencias educativas, formadoras de conciencia o constructoras de dignidad ciudadana.
La única finalidad de esa industria es sumar ganancias, primero para recuperar la cuantiosa inversión y después lograr justas y amplias utilidades. No tiene caso hacer cine para seguir siendo pobres.
Si “La ley de Herodes” se inscribió en la corriente políticamente correcta de censurar al deliberadamente debilitado PRI en los albores de la alternancia; “El infierno” fue el aprovechamiento coyuntural de los horrores de la violencia desatada por la guerra “calderónica” cuyos efectos aun resiente el país.
Aquí, en “La dictadura perfecta”, Estrada repite sus manías analíticas y recae en los mismos recursos de sus películas anteriores: la estridencia en torno de iguales juicios y condenas.
Para hacerlo recurre a los elementos ya probados: el mismo cuadro de actores, el mismo guionista asociado a su repetitiva forma de analizar las cosas hasta llegar a una especie de prolongación caricaturizada de la parodia. Estrada es el “Rius” del cine mexicano, pero Del Río lo hizo hace más de treinta años y no le copió a nadie. Ahora ya tiene derecho de repetirse cuanto quiera.
Pero en el caso de la película cuya metodología del amago, la censura, el boicot y todo lo demás es parte de su (infalible) método de promoción, casi como su eterno reparto, en el cual hasta un buen actor como Damián Alcázar termina por aburrir en su reiterada caricaturización del político mexicano (su versión de Don Perpetuo del Rosal), las cosas ya no son tan meritorias aun cuando sigan siendo eficaces.
Estrada se coloca en la vanguardia trasera del cine políticamente correcto. Su capacidad crítica es idéntica y sus conclusiones son un espejo de lo anterior. Epidérmico, facilote, con poco rigor, el director y productor prueba su fatiga de creación mediante el recurso de autofusilarse hasta lograr un astracán interminable.
Una película larguísima en la cual algunas cosas quedan mal acomodadas y en cuya truculencia se quieren meter tantos elementos de “condena” como para terminar en un papasal incómodo.
Casi como un resorte en el asiento de la butaca.

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