María B. del Valle

¿Premium o Magna?

Anáhuac 29/10/2014 a las 06:35    
Sabino Medina

Sabino Medina

A veces me imagino nuestra vida como un coche que se encuentra haciendo un importante viaje, el viaje de la vida. Como cualquier automóvil, necesita estar en excelentes condiciones, unas llantas infladas y alineadas, un mapa, y gasolina para poder llegar a su destino.

Así como el carro necesita llantas, de igual forma, el ser humano necesita “inflar y alinear” cuatro aspectos muy importante de su persona. Una llanta podría ser la parte física, ese mantenernos sanos, llevar una dieta balanceada, hacer ejercicio y dormir lo suficiente. Otro aspecto que debemos alimentar es el área intelectual. Esta llanta se infla cuando estudiamos, leemos un libro o cuando analizamos una buena película. La siguiente área que no debemos descuidar es el ámbito social, el cómo me relaciono con los demás, cómo soy capaz de crear empatía o rechazo. Y por último la parte espiritual, en dónde me detengo a reflexionar, analizar el camino a seguir, mis prioridades, jerarquía de valores y el autoconocimiento, ese cómo reacciono ante las situaciones de la vida diaria, ante la rutina, las dificultades, el éxito o el fracaso.

Con una llanta que esté baja o ponchada, nuestro coche no será capaz de seguir adelante y se quedará estancado. El secreto es ese equilibrio, de nada servirá tener una de las llantas a punto de reventar, dedicar todo nuestro tiempo y esfuerzo a la parte intelectual, a desgastarnos en el trabajo y proyectos profesionales, si emocionalmente no somos capaces de controlarnos en un momento de ira o de decepción. Ninguna empresa busca una persona que físicamente esté super sana y fuerte, que pase 4 horas diarias en el gimnasio, pero que no es capaz de trabajar en equipo, tolerar las diferencias con sus compañeros de trabajo y seguir indicaciones.

Es por eso que es importante formarnos de forma integral, dedicar tiempo y esfuerzo a todas las áreas de nuestra persona. Una vez que tenemos el coche listo para el viaje, necesitamos dos cosas más: un mapa y gasolina. Podemos tener nuestro medio de transporte en excelentes condiciones pero sin un destino y un mapa, estaremos dando vueltas en círculo y transitando por caminos equivocados o incluso peligrosos para nosotros mismos y para nuestra familia.

Para este viaje es necesario un mapa, o en nuestra época, un GPS que sea nuestro copiloto y nos guíe en el camino. Hay muchos caminos que no llegan a ningún lado, y hay también muchas carreteras que llevan al mismo lugar. ¿Cuál debemos elegir? ¿Qué es lo mejor para mi familia? ¿Para este hijo en particular? Me gusta pensar que ese GPS es Dios, ese ser que nos creó y nos conoce mejor que nadie, que sabe qué camino nos conviene y que nunca se separa de nuestro lado.

Y por último, el coche listo, con mapa y destino, no podrá moverse ni un kilómetro sin gasolina. La gasolina es ese motor que nos mueve a actuar, a despertarnos cada mañana, a levantarnos cuando caemos, a no perder de vista la meta cuando se arruinan nuestros planes, a seguir adelante por un proyecto o por un sueño. No puedo pensar en otra fuente de energía que no sea el amor.

La motivación externa es la que nos lleva a trabajar duro ya que pesar del sacrificio, anhelamos alcanzar algo. Me levanto todas las mañanas temprano para trabajar y así poder comprarme esa casa que tanto he soñado. Me pongo a una dieta estricta para bajar de peso y poder usar esa ropa que me gusta. Estudio incluso los fines de semana para obtener un título universitario y después encontrar un buen trabajo. Me motiva el “yo recibo”.
Hay otra motivación interna que es la que nos hace trabajar en aquello que nos da satisfacción. Es cuando decimos: “me encanta lo que hago y además me pagan”. Lo que me mueve es el “yo me realizo”.

Sin embargo, estas dos motivaciones tienen un pequeño problema, son limitadas. Si me mueve la motivación externa, en cuanto dejo de ganar dinero, me despiden de la empresa, ocurre un accidente y dejo de recibir “eso” que era mi motor, me detengo y dejo de dar frutos. Cuando me mueve la satisfacción, me siento un fracasado cuando por alguna razón no puedo trabajar en aquello que me gusta. Estas dos gasolinas, tipo “magna”, se basan en el amor a mí mismo.

Pero existe una tercera motivación que es superior a las dos anteriores. Es esa gasolina premium que es ilimitada y que no depende de las circunstancias externas, de mi jefe, de la esposa o hijos que me tocaron, de la crisis financiera de este sexenio, de mi estado de salud o de cualquier otra circunstancia.
Es la motivación trascendental, ese amor que sale de mí mismo y busca el encuentro del otro. Me mueve el “yo me doy”. Es el amor incondicional.

Esta última motivación explica el por qué personas como Madre Teresa son capaces de dormir un par de horas, trabajar incansablemente sin un sueldo y aún así despertarse diariamente con una sonrisa en los labios. Con esta gasolina del verdadero amor, nuestro coche puede llevarnos sanos y salvos a nuestro destino, a pesar de equivocar por unos kilómetros el camino, de tener que cruzar montañas, o de tener que sufrir las inclemencias del tiempo, lluvia y ventiscas. Si nos motiva el amor al otro, podremos estar seguros de que nuestro motor no se detendrá.

Dediquemos entonces nuestro tiempo a alinear nuestras llantas, a conectarnos al GPS y a arrancar nuestro motor y mantenerlo siempre encendido. Alejémonos de todas esas distracciones que al final no preparan nuestra persona, sino que incluso, la perjudican y evitan que disfrutemos al máximo de este maravilloso y único viaje, el de nuestra vida.

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