Mario Arturo Ramos

Los cantos de la Catrina

DESDE EL CALVARITO Actualizada 02/11/2014 a las 08:36    
La manera prehispánica:
El dos de noviembre es el día de muertos, el festejo mexicano tiene raíces precolombinas que lo convierten en un referente lúdico de tremendo impacto; basta señalar que ha sido declarado por la UNESCO Patrimonio Cultural Intangible de la Humanidad. En la civilización náhuatl, el viaje a la “otra vida” o fin del ciclo biológico, gozaba de una ceremonia fúnebre con flores y cantos que acompañaban al difunto en un viaje que podía tener cuatro lugares distintos: El Tlalocán, eterno descanso para los que se ahogaban, los partía un rayo, o fallecían de lepra, era un sitio donde no faltaban alimentos, frutas y música para hacer desaparecer las penas. El Mictlán, lugar donde moraban los dioses: Mictlantecuhtli( varón) y Mictlanchuatl( mujer), como señores del espacio donde pasarían el resto de los tiempos las almas de los nobles y, simples mortales que morían de enfermedades comunes, espíritus que en su viaje final lograban pasar obstáculos y peligros en una travesía donde se caminaba por dos sierras, había que vencer o burlar a una serpiente gigante, pasar por el territorio de la Lagartija verde, cruzar montado en un perrito color bermejo las aguas turbulentas del río Chiconahuapan, así, los que triunfaban lograban morar con los dioses: El Xochatlapan para los niños difuntos donde crecía el Árbol Nodriza para alimentarlos por siempre. El sol o cielo,” la Casa de los guerreros” donde habitaban los caídos en batalla y las mujeres que morían en el parto, al lado del astro rey bailaban y cantaban del amanecer al crepúsculo; cuando cumplían cuatro años en la tarea se convertían en aves; desde estos ayeres, La Catrina cantaba. Este fragmento prehispánico traducido por Ángel María Garibay es una muestra: “No por segunda vez venimos a la tierra/ príncipes chichimecas. / Gocemos y tráiganse las flores./ Al reino de la muerte, solo estamos de paso/ de verdad de verdad nos vamos/ verdad es que dejamos las flores y los cantos…”.
El mestizaje:
La conquista con sus tres siglos coloniales permitieron que se fusionaran las costumbres hispánicas con la cultura de amerindios y de los de la tercera raíz-africana-; en uno de los momentos luminosos de este periodo: el barroco, la tesis existencial dictaba: “hacer de la vida un drama y del drama vida; de la muerte un festejo y un festejo para la muerte.”. Fueron años en que el sincretismo cultural encontró tierra fértil para crecer y solidificarse en un puente que fue el tema fúnebre; en consecuencia las tumbas de los recién llegados que ocupaban los lugares principales en camposantos administrados por religiosos sirvieron para que se congregaran en su entorno parientes, amigos, sirvientes y esclavos, el día de muertos para rendirles homenaje y tomar como asueto la fecha. Llegaron los altares, los angelitos, las animas en pena, los aparecidos, el fuego del infierno, el limbo para los niños no bautizados, el cielo para los que compraban indulgencias, las calaveras de dulce y literarias; las misas de difuntos, las ofrendas gastronómicas y etílicas para calmar el hambre y la sed de los muertitos, el pan de muerto. También llegaron canciones y poemas alusivos, como este trozo del Romance que relata como el duque de Braganza mató a su mujer: “ Revolvió el duque su espada con que a la duquesa hería/ diole sobre su cabeza y a sus pies muerta caía./ Cuando ya la vido muerta y la cabeza volvía/ vido estar sus dos hijitos en la cama en que dormían/ que reían y jugaban con sus juegos a porfía./ Cuando así jugar los vido, muy tristes llantos hacía/ con lágrimas en sus ojos les hablaba y les decía:/ Hijos ¿cuál quedáis sin madre, a la cual muerto yo había?/ Mátela sin merecerlo, por enojo que tenía. ¿Dónde irá, el triste duque? ¿De tu vida que sería? ¿Cómo tan grande pecado, Dios me lo perdonaría?
La forma mexicana:
El México independiente fortaleció y popularizó las tradiciones, por este motivo la muerte se convirtió en un invitado cotidiano con jornada festiva, en la que no podía faltar junto a veladoras y flores, los cantos que se derramaban en los escenarios ideales para que la música funeraria escapara de templos y capillas conquistando el gusto popular; así sé cantó con sentimiento para los que abandonaron el mundo de los vivos, se les crearon coplas y décimas, versos cultos y tonadas inolvidables. Entonces en estos 193 años, el dos de noviembre quedó instaurado como la segunda Fiesta Nacional, la que nos permite que el más allá y el de acá, se unan si temores cantando. En el siglo XIX, José Martí, poeta y prócer cubano que vivió en nuestro país escribió “La niña de Guatemala” - un siglo después Oscar Chávez la musicalizó- al que pertenece el siguiente fragmento: “Quiero a la sombra de un ala/ contar este cuento en flor/ la niña de Guatemala/ la que se murió de amor./ Eran delirios los ramos y las orlas de reseda/ y de jazmín, la enterramos en una caja de seda. / Ella dio al desmemoriado/ una almohadilla de amor/ el volvió, volvió casado, /ella se murió de amor”.
En la pasada centuria y en los primeros años del tercer milenio, los Cantos de la Catrina no bajaron el paso, los tradicionales y los nuevos prosiguieron cantándole al tema; de allende el mar –como en los primeros días de la conquista-, los cantores trajeron en la voz y en el pentagrama, canciones populares, como Joan Manuel Serrat ( fragmento): “Si la muerte pisara mi huerto/ ¿Quién firmará que he muerto de muerte natural?/¿Quién lo voceará en mi pueblo?/¿Quién pondrá un lazo negro en el entreabierto portal? / ¿Quién será ese buen amigo que morirá conmigo, aunque sea un tanto así?/ ¿Quién mentirá un Padre Nuestro? / ¿Y a rey muerto, rey puesto pensará para sí?…”. Los que cantaron con Serrat conocían las de “Chava” Flores y de vez en vez se aventaban el corrido de “Cerró sus ojitos Cleto” al cual pertenece lo siguiente: “De un coraje se le enfrío/ que poco aguante/ lo sacaron con los tenis pa' delante. / Los ataques que Luchita su mujer había ensayado/ esa noche como actriz de gran cartel la consagraron/Cuando vivía el infeliz/¡Ya que se muera! / y hoy que ya está en el veliz/¡Qué bueno era! /Sin embargo se veló/ y el rosario se rezó/ y una voz en el silencio interrumpió. / Ya pasa la botella/ no te quedes con ella/ y la botella tuvo el final de Cleto/ ¡murió, murió, murió! En la obra de Chava el humor nacional cantado y la parca, la huesuda, la santa muerte, la niña blanca, la flaca, como se le quiera nombrar unen de manera simpática el lenguaje y la melodía para retratar la convivencia nacional entre muerte y canto, entre alegría y duelo.
En el arranque de cada noviembre las canciones son el aderezo de la reunión donde se cantan las que les gustaban, aquellas con las que los recordamos, las que en panteones, ceremonias privadas, verbenas, etc. etc., nos unen para decir como lo hace la memoria canora norteña: “La condenada huesuda/ a pierna suelta dormía/ en la vieja mecedora/ de la solterona tía./ Velaban a la muertita/ con música de tambora/ para ver si se marchaba/ la parca vaciladora.” Este 2 de noviembre no va a faltar la canción popular en diferentes maneras de ejecución e interpretación dirán presentes en la fiesta y quizá entre las tumbas floridas escucharemos de Belisario de Jesús García: “Morir por tu amor/ que dicha ha de ser, / morir por tus ojos divinos/ que son la expresión de placer./ Morir, si morir.”, esplendida joya de Los Cantos de la Catrina.

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