Rafael Cardona

Renunciar a la renuncia

El Cristalazo Actualizada 26/11/2014 a las 06:58    
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Rafael Cardona

Rafael Cardona

Cuenta Alfonso Taracena, (La Verdadera Revolución Mexicana):
“La situación era ya insostenible. Desde que el ingeniero Ortiz Rubio escaló el poder comenzaron —dice en lo privado— las dificultades provocadas por ambiciosos y desleales que tomando el nombre del general Calles, agitaban en las Cámaras”.
Fue a quejarse en el Casino “Sonora-Sinaloa” (el famoso “Son-Sin”) con don Plutarco, por ser el que todos consideran Jefe de la Revolución, de que el general Abelardo L. Rodríguez ordenaba movimientos de tropas sin consultarlo, como el de que cuatro corporaciones militares ocuparan La Ciudadela bajo las órdenes directas del general Gilberto Limón…
“…fuertes contingentes de tropas se colocaron ayer mismo en las inmediaciones de la Cámara de Diputados y aun en las azoteas de las casas, temerosos los callistas de un golpe de Estado.
“Cuando Calles le sugirió cambiar el gabinete, lo hizo, pero los agitadores
persistían.
“El general Heliodoro Charis acaba de instarlo a que asuma de lleno el Poder..., pero Ortiz Rubio… le dice:
“De nada nos serviría derramar sangre… No crea usted, general, que me falta valor para hacer lo que me sugiere, pues tome en cuenta que se necesita todavía más valor para tomar la determinación de abandonar el alto puesto que ocupo…
“Sábese que en el Consejo de Ministros a que convocó leyó el texto de su renuncia en la que explica los motivos que a renunciar lo obligan, principalmente enfermedades y deseo de que no surjan divisiones. Luego suplicó a todos los miembros del gabinete que también renunciaran para dejar a su sustituto en libertad de designar a sus colaboradores.
“Pero las versiones sobre la verdadera causa de la dimisión se multiplican… para mí que la razón primordial de la renuncia fue que don Pascual no supo de las dulzuras del Poder. Como nadie iba a rendirle pleitesía a Chapultepec, prefirió resignarse a que lo llamen ‘El Corrido de la Revolución”.
Todo lo anterior es parte de una historia olvidada: un presidente arrollado por el poder transtemporal del Jefe Máximo. Pero a fin de cuentas un hombre orillado a la renuncia.
De entonces a la fecha, con estúpida insistencia, se murmura de manera recurrente sobre las renuncias de los presidentes de México. Se la quisieron endilgar a Ernesto Zedillo, lo insinuaron con Felipe Calderón y ahora se lo sugieren y en las plazas de la intransigencia, se lo exigen al presidente Enrique Peña Nieto, a sabiendas de lo imposible de tal hecho. No hay motivos ni siquiera para imaginarlo. Es un acto de subversión verbal.
Ni siquiera con el caso Ayotzinapa encima. No ha sido una responsabilidad directa del Ejecutivo. Mentira. Puede ser un asunto de Estado; pero no de la conducta del Jefe del Estado.
En México, a pesar de todos los conflictos y problemas, hay un cotidiano funcionamiento institucional y estatal (ya lo ha dicho y explicado la ONU). Todo lo demás no es sino mascarada y pantomima, así lo diga el pintoresco y arrepentido presidente de Uruguay, Don Pepe Mujica, quien por lo visto se va de la lengua cuando habla de México o de la FIFA.
Ese es el peligro de los lenguaraces, con pasado Tupamaro, o sin él.

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