Raymundo Riva Palacio

¿Por qué estamos tan enojados?

ESTRICTAMENTE PERSONAL Actualizada 27/11/2014 a las 07:36    
RAYMUNDO RIVA PALACIO

RAYMUNDO RIVA PALACIO

En dos meses ha habido una explosión de emociones. Se aprecia en las calles y en las redes sociales, en el comportamiento cotidiano de los mexicanos y en los patrones de conducta que han ido escalando su beligerancia. Hay una molestia profunda, combinada con frustración, amargura y de muchas formas, rencor. Las clases medias están incendiadas, los ilustrados despliegan una retórica de odio, el grito se enfoca en el presidente Enrique Peña Nieto, que es acusado –sin razón alguna- de asesinar a 43 normalistas de Ayotzinapa, y le exigen cuentas o, como reivindicación ante la nación, que renuncie. El grito “¡Fuera Peña!” es parte del paisaje en las redes sociales, que han moldeado y presionado a la crítica en los medios convencionales para desmembrarlo con sevicia.
¿Qué es lo que nos está pasando? ¿Por qué estamos tan enojados? ¿Qué tantos agravios se han acumulado durante cuánto tiempo para que el crimen abominable de Iguala transformara a México en un Krakatoa post-industrial? Nada había movido tanto las emociones mexicanas como la desaparición de los normalistas, 43 recordatorios grabados sobre la piel mexicana de que algo se nos extravió en el camino. Las manifestaciones por ellos han sido un crisol de grupos interesados y miles de personas espontáneamente sumadas a la protesta, facilitada por las nuevas tecnologías que permiten convocatorias masivas instantáneas, con los énfasis y acentos que se deseen. Pero sin importar cuál es el detonante social, político o emocional que los moviliza, ahí están, en las calles, confrontando al al Presidente, como emblema, se podría alegar, del Estado Mexicano.
¿De qué protestan? De lo que sea. Contra la impunidad y la corrupción, por la inseguridad y la economía, por la insatisfacción y decepción de sus líderes que no les resuelven sus problemas. También porque no hay alumbrado y las calles están llenas de baches, porque la vida debe transitar entre mordidas y corruptelas, y porque las vacaciones se convirtieron en una decisión sobre salir o no ante la posibilidad de que las carreteras estén tomadas por quien quiera hacerlo. Porque las calles son del que más grite, y porque se ha perdido la certidumbre. ¡Qué difícil es ser ciudadano en México!, lo que equivale a decir que a todos nos cuesta respirar y nos estamos asfixiando. Vivimos en el mundo de los incentivos cruzados o invertidos, y nos indignamos impotentes.
Las encuestas reducen la inconformidad a la inseguridad y la economía, insuficiente para entender lo que está pasando en esta sociedad que grita por la destrucción de sus sueños rotos. Ni inseguridad ni depresión económica como en muchas otras partes del país había en Baja California Sur cuando los vientos de “Odile” desnudaron la furia y el resentimiento contra todo lo que representaba al status quo, y a quienes veían como tenedores de la riqueza. Parecía que la lucha de clases encontró en los balnearios más caros de México su Palacio de Invierno.
¿Baja California Sur fue el antecedente de Iguala?¿Fueron Los Cabos el primer síntoma de la enfermedad mexicana? No hay todavía ningún estudio sobre el humor social que deconstruya la sociedad, y que explique cómo una mujer divorciada con tres hijos, que no lee periódicos, que pocas veces oye noticias en radio y en ocasiones ve televisión, que se enteró de la desaparición de los normalistas cuatro días después de suceder, descubrió que los secuestradores eran policías una semana más tarde, y hasta después, por lo grotesco del tema, se enteró del ex alcalde de Iguala y de su esposa, se cargó de furia contra el gobierno, y luego contra Peña Nieto, y terminara vestida de negro, caminando sola y gritando con muchos en las calles el 20 de noviembre.
Veinticuatro días antes de la noche trágica en Iguala, aquí se escribió que lo único que estaba fuera del control de Peña Nieto y podía alterar la buena marcha de sus planes, era el humor social de los mexicanos. Desde junio, la empresa Nodos reflejaba el malestar con el gobierno. La comunicación se encontraba en su nivel más bajo de atención y credibilidad, lo que significaba que los mensajes del gobierno, no fueron escuchados, y a aquellos que sí lo fueron, no les creyeron. Las reformas no impactaron en la población en general y lo que el gobierno celebra, dijo Nodos, no representaba beneficio claro para los ciudadanos.
“La falta de conexión entre el discurso presidencial y la vida cotidiana de los mexicanos, generó una caída en los liderazgos y una carencia de expectativas. En cambio, los demonios del pasado regresaron”, se apuntó. “Hambre y malestar social son una mala combinación para cualquier gobernante. Y cuando esas expresiones se encuentran mayoritariamente en zonas urbanas, el fenómeno se vuelve explosivo”. Aquellos eran los momentos de euforia, pero tan frágiles eran, que en una noche todo cambió.
Peña Nieto es el pararrayos de lo que parece una larga cadena de agravios que en Iguala salieron del subconsciente. Redescubrimos al villano que no exorcizó los lastres del pasado. En menos de dos meses, materializando en él lo que no podemos explicarnos o identificar en qué momento se evaporaron nuestros sueños, estamos tan enojados con el Presidente que los usamos como chivo expiatorio. No es inocente del todo. Su gobierno es excluyente y es más pública la corrupción. Pero del problema de la crisis de todo y de todos, no es el autor intelectual. Es bastante más complejo que ello, aunque no tenemos ninguna respuesta que explique porqué esta es una sociedad impregnada de rencor.
rrivapalacio@ejecentral.com.mx
twitter: @rivapa


 

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