Alejandro E. Obregón Álvarez

Archivo Histórico del Estado 30/11/2014 a las 06:10    

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La utopía maderista

DESPUÉS DE LA “DECENA TRÁGICA”

Contando con las promesas de Huerta, Sarita, la esposa de Madero se entrevistó el jueves 20 de febrero con el embajador Henry Lane Wilson para abogar por la vida de su esposo. Éste le comentó que mucho le había advertido a Madero de lo que le pasaría y que pagaba las consecuencias de su mal gobierno y remató: “…no se preocupe, que no le pasará nada a Madero”.
Igualmente, el embajador cubano Manuel Márquez Sterling, quien había velado esos dos días para poder proteger a Madero y a Pino Suárez en su camino a Veracruz, para ser llevados a Cuba, se quedó esperando… A su vez el diputado Luis Manuel Rojas, hermano masón y correligionario de Henry Lane Wilson, le pidió interceder por la vida del expresidente, pero el embajador se negó respondiendo “que estaba seguro de que Madero se levantaría en armas nuevamente, ensangrentando y perjudicando seriamente al país”. Iguales gestiones hicieron familiares, amigos y los ministros de Cuba, Chile y Japón ante Wilson, a quienes el hipócrita respondió: “que no podía interferir en los asuntos internos de México”. ¿Y el “Pacto de la Embajada” como se llamó primero, aunque después se le hizo pasar como el “Pacto de La Ciudadela”?
El día 21 el gabinete de Huerta se reunió para decidir el destino de Madero y Pino Suárez, pero no llegaron a ningún acuerdo; reconocieron que era peligroso enviarlos a Veracruz hacia el exilio, pues en dicho estado las tropas y la marina no reconocieron el gobierno de Huerta hasta que el Senado se pronunciara al respecto. Ese mismo día Huerta hizo una recepción para el cuerpo diplomático y durante la ceremonia, Henry Lane Wilson leyó un discurso lleno de halagos para Huerta.
El embajador de Cuba, preocupado, visitó a Madero y a Pino Suárez, y pasó la noche con ellos; Madero ya estaba de mejor humor y pasaron una agradable velada, seguros de que Huerta cumpliría sus promesas, pero Pino Suárez desconfiaba y le escribió una carta a su amigo Serapio Rendón, en la que le suplicó velar por sus hijos y consolar a su esposa. En plena noche, la madre de Madero, doña Mercedes González Treviño, lo visitó y le hizo saber la suerte que había corrido Gustavo: la noticia trastornó tanto a Francisco I. Madero, que pasó la noche llorando, en silencio, lamentando muerte tan atroz.
El día 22 de febrero se reunieron Félix Díaz, Aureliano Blanquet, Manuel Mondragón y Victoriano Huerta y se pusieron de acuerdo para asesinar a Madero y a Pino Suárez. Obviamente informaron al embajador Wilson. A las seis de la tarde fue citado el mayor de los rurales, Francisco Cárdenas, para que se presentara ante el general Blanquet en uno de los salones de Palacio. El general le dijo que el país necesitaba de él un gran servicio. Entró el Ministro de Guerra Manuel Mondragón y le explicó que la misión consistía en matar a Madero y Pino Suárez, fingiendo un asalto. El mayor Cárdenas aceptó con la condición de que el propio Victoriano Huerta se lo confirmara. Huerta le reafirmó que el consejo de ministros estaba de acuerdo; Cárdenas entonces pidió que se respetara la vida del general Felipe Ángeles y Huerta aceptó esa petición.
Aureliano Blanquet ordenó al cabo Rafael Pimienta que se reportase con Cárdenas para llevar a cabo la comisión. Una vez iniciados los preparativos, Huerta fue a la embajada de los Estados Unidos en donde habría una recepción en conmemoración del natalicio de George Washington.
El embajador cubano Márquez Sterling narró después cómo a las diez de la noche se presentaron los asesinos en la habitación donde dormían Madero, Pino Suárez y Felipe Ángeles, quienes reclamaron por qué no les habían avisado para permanecer vestidos. El general Joaquín F. Chicarro (conocido en Querétaro, pues Victoriano Huerta lo impuso como gobernador en 1913 y derrocado en 1914 por el ejército carrancista) era el encargado de la custodia de los prisioneros: les notificó que serían llevados a la Penitenciaría de Lecumberri. Al general Felipe Ángeles se le dijo que había órdenes de que él permaneciera en Palacio Nacional.
Entretanto, Madero y Pino Suárez fueron bajados al patio en donde ya esperaban dos vehículos (un Peerless convertido a Packard rentado por Ignacio de la Torre y Mier, y un Protos, propiedad de Alberto Murphy). Ambos vehículos fueron conseguidos por Cecilio Ocón y conducidos por Ricardo Hernández y Ricardo Romero). En el primero iba Madero y en el segundo Pino Suárez, custodiados por unos cuantos soldados. Cecilio Ocón llamó por teléfono al director de Lecumberri, Luis Ballesteros para que estuviera alerta.
Al llegar a la penitenciaría, el rural Francisco Cárdenas jaloneó a Madero y, como éste se resistiera, de un tiro en la cabeza lo mató. Pino Suárez intentó huir, pero fue herido por Rafael Pimienta y rematado en el suelo (se registraron trece impactos de bala en su cuerpo). Los militares al mando, para simular el asalto, dispararon contra los vehículos, les limpiaron la sangre y los choferes y soldados ahí presentes, fueron conminados a guardar silencio. Poco después de la medianoche entre los días 22 y 23 de febrero de 1913, los asesinos se comunicaron con Huerta, Mondragón y De la Barra, quienes convocaron a la prensa para que publicaran “que se realizaría una investigación para esclarecer los hechos”. Una vez despedida la prensa, el general Mondragón pagó a los asesinos dieciocho mil pesos.
Al día siguiente, 23 de febrero, las reacciones se dejaron sentir con toda su fuerza. El diputado Luis Manuel Rojas, convencido de la participación del embajador estadunidense en el golpe de estado, leyó un discurso ante el pleno de la Cámara, en el que acusó directamente al Wilson de haber participado directamente. En el próximo artículo veremos el contenido de este discurso y de otras reacciones de rechazo total a los asesinos comandados por Victoriano Huerta y Félix Díaz.

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