Raymundo Riva Palacio

ESTRICTAMENTE PERSONAL 30/12/2014 a las 06:00    
Postales: Angkor Wat

SIAM REAP, Camboya.- La última vez que este reportero caminó los casi 250 metros del puente que lleva al pie de la escalera que conduce al cielo en el templo de Angkor Wat, estaba sembrado de personas que, en vida, ya habían muerto. La calzada por donde entraban reyes transportados por elefantes para venerar a Vishnu, el dios creador del hinduismo, era un sendero de jóvenes y niños mutilados. Muchos no tenían piernas, otros pedían limosna sin brazos. Todos eran víctimas de 30 años de conflictos ininterrumpidos contra Estados Unidos, que bombardeó intensamente este país durante la guerra de Vietnam, contra el genocida Pol Pot, contra los invasores vietnamitas, y contra ellos mismos. Estampa clara de lo que las bombas y las minas dejan en una población inerme, la mutilación.
La llegada a Angkor Wat, el centro del viejo imperio Jemer que floreció de los siglos IX al XV, hoy uno de los sitios arqueológicos más notables del mundo, impedía olvidar lo que habían vivido. “No se salga de la carretera”, decían letreros rojos a la orilla de los caminos. “Puede haber minas”. Ya no existen esos letreros, pero aún nadie camina por veredas en donde no haya pisado el hombre antes.
Para quien visita Angkor Wat, todo esto puede pasar desapercibido ante la magnificencia de esta “ciudad que es un templo” –que es lo que significa-, en el corazón de un complejo de templos esparcidos en 400 kilómetros cuadrados en medio de selvas tropicales. Éste fue el corazón y la gran capital del imperio Jemer, construido con opulencia por el rey Jayavarman II, que fue el mayor poder en el sureste asiático durante cinco siglos.
Angkor Wat es, de todos los santuarios, el principal y el mejor preservado, en donde se puede apreciar la precisión de su arquitectura, con sus relieves y esculturas detalladas. Este templo está construido con ladrillos, lozas areniscas, laterita y madera que transportaban en elefante o por el río de montañas a 40 kilómetros de distancia, y que luego eran labrados la piedra, en donde narraban las batallas y la épica del Ramayana, uno de los textos sagrados que se transmiten por tradición oral, escritos sobre la piedra en sánscrito antiguo.
El labrado del viejo imperio Jemer está influenciado por la civilización india. Buda es el dios que domina esta zona arqueológica, aunque el 95% de los camboyanos son budistas. El detalle de los relieves y esculturas sobre la piedra es extraordinario. Por ejemplo, es posible ver al elefante dios
Ganesha, en tamaño natural y de 15 milímetros labrado con detalle. O las dos mil esculturas en Angkor Wat de las Apsaras, ángeles mujeres que cada una tiene su propia posición, decoración personal y adornos únicos.
Pero la belleza que asombra cada momento en Angkor Wat no esconde lo que también se vivió. Sobre los muros exteriores del templo se ven numerosos hoyos, vestigios de las ametralladoras y los fusiles de asalto AK-47 utilizados durante la guerra civil camboyana y la invasión del ejército vietnamita a finales de los 80’s para derrocar a Pol Pot. Años antes, la guerrilla del Vietcong utilizó Angkor Wat como puesto de vigilancia contra los militares de Estados Unidos, que buscaban interrumpir los suministros de alimentos, medicinas y armas que les llegaban por medio de la Ruta Ho Chi Minh, que serpenteaba por Camboya y Laos.
De 1965, cuando se aceleró el envío de tropas estadounidenses a Vietnam del Sur, a 1973, cuando comenzaron las pláticas de paz en París, el Pentágono tiró dos millones y medio de bombas sobre este país, de las cuales, 30% no explotó. Todas esas bombas siguen regadas sobre Camboya. Más devastador, sin embargo, fueron las minas que se sembraron en la etapa final del régimen polpotiano del Jemer Rojo en 1979, hasta 1998, el periodo de la guerra civil y la invasión vietnamita.
Las minas fueron un escudo para impedir el regreso del ejército del Jemer Rojo, expulsado hacia Tailandia, que sacó del país a otras 230 mil personas. Una barrera de minas se edificó a lo largo de 750 kilómetros de frontera común, y fueron sembradas también en el resto del país. Organizaciones internacionales calculan que desde 1979 se colocaron 64 mil minas en Camboya, que han producido 25 mil amputados, el radio más alto en el mundo. En los peores años llegaron a morir por minas siete personas diariamente; el año pasado, 95 murieron cuando cayeron en una.
En la periferia de Angkor, Aki Ra, a quien el Jemer Rojo asesinó a sus padres a los cinco años, que a los 10 era soldado de Pol Pot y a los 11 colocaba minas, que se rebeló y peleó contra las fuerzas polpotistas, fundó un museo de las minas con ayuda del gobierno canadiense, y una organización que se dedica a limpiar los pueblos de los explosivos. De 2008 a 2013 limpiaron 61, con lo que más de 10 mil personas regresaran a sus hogares. Pero el trabajo es interminable. Ra dice que de cada 100 veces que suena el detector de minas, sólo encuentran una.
Pol Pot las llamaba “el soldado perfecto”: sólo uno de cada tres de los que han muerto por minas, son militares. Angkor Wat, es la síntesis de la historia camboyana, del deslumbrante pasado y el dramático presente, que aún vive atrapado en su tragedia.

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