José Gil Olmos

proceso 01/01/2015 a las 06:00    

Castillo con pies de barro


Twitter: @GilOlmos

Todos los políticos tienen pies de barro, unos más compactos, otros porosos y flojos, y muchos más hechos de lodo. Tarde o temprano estos personajes que viven del erario público muestran sus debilidades y las exponen en los momentos más críticos. Tal es el caso de Alfredo Castillo, comisionado presidencial para resolver el conflicto del crimen organizado en Michoacán.
Amigo del presidente Enrique Peña Nieto, a quien sirvió como procurador en el Estado de México y después en la Procuraduría del Consumidor, Castillo llegó a Michoacán no en calidad de comisionado, sino de virrey, pues pasando por encima de la Constitución local y de todos los poderes se impuso para establecer un poder alterno y así negociar con los grupos locales –incluidos los del narcotráfico– para
pacificar la entidad.
En mayo, con la domesticación de las autodefensas y la posterior detención de José Manuel Mireles, quien se negó a seguir las órdenes de convertirse en fuerza rural, Castillo quiso aparentar que había logrado lo imposible: derrotar también a los Caballeros Templarios y comenzar a construir una salida viable para terminar con el crimen organizado en cualquier entidad.
Pronto la supuesta victoria de Castillo y de Peña Nieto en Michoacán comenzó a desmoronarse. Siguieron las extorsiones, el narcotráfico, las ejecuciones y los negocios ilícitos con las mineras de China. El nombre del crimen organizado cambio de Templarios a Viagras, éstos últimos los favorecidos por el comisionado.
Los índices de violencia respecto del año pasado incluso aumentaron, principalmente en homicidios dolosos, robos a mano armada y secuestros. La producción, comercialización y transporte de drogas –cocaína, heroína, mariguana y sintéticas– se ha mantenido, pues hasta el momento no se ha dado ningún decomiso
importante.
A final de año era evidente el fracaso de la encomienda presidencial de Peña Nieto a Castillo, que en lugar de hacer un trabajo de limpieza acordó con los grupos locales del crimen organizado y permitió el ingreso de extemplarios a las fuerzas rurales, para que se posicionaran como los nuevos jefes de la plaza.
Esto fue lo que ocurrió el pasado martes 16 en el poblado La Ruana, en la región de Tierra Caliente. Ese día se enfrentaron los grupos de José Antonio Torres El Americano y de Hipólito Mora. El saldo fue de 11 muertos. No se trataba de una disputa personal, como dijo Castillo, tampoco de un hecho aislado, sino de la muestra más clara de la permanente descomposición en Michoacán y la inservible presencia del enviado presidencial.
Castillo ha mostrado la fragilidad de su quehacer, la debilidad de los pies de barro que lo sostienen y el fracaso de su tarea.
Posiblemente el gobierno de Peña lo va a mantener para que organice las elecciones locales y el PRI mantenga el estado. Pero esta última misión también podría fracasar si es que, como se prevé, la violencia sigue cobrando víctimas en Michoacán, las condiciones de paz social no se establecen y el crimen organizado continúa con su poder de gobierno.

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