Alejandro E. Obregón Álvarez

Las Cristiadas

Archivo Histórico del Estado Actualizada 01/02/2015 a las 07:18    
aobregon@queretaro.gob.mx

LA MADRE CONCHITA: UNA MÁRTIR DEL MOVIMIENTO CRISTERO
Aunque las fechas se circunscriben a 1926-1929, el conflicto entre la Iglesia católica y el gobierno mexicano se remonta a muchos años atrás. Le he llamado en estos artículos “La Primera Cristiada” a la ola de protestas que fueron acumulándose con la expedición de la Constitución de 1857, las Leyes de Reforma y que culminaron con Sebastián Lerdo de Tejada en 1874, cuando se incorporaron a la Constitución de 1854 dichas Leyes de Reforma. Me basé en “El libro de las protestas”, libro raro de conseguir, en el que arzobispos, obispos, párrocos y miles de fieles firmaron cartas en contra de dicha incorporación constitucional hecha por Lerdo de Tejada, que había restringido el culto, la actuación de los sacerdotes, cerrado conventos y colegios sostenidos por religiosos, etc.
Aunque la “segunda cristiada” había comenzado con Venustiano Carranza y el gobierno emanado de la Constitución mexicana de 1927, volviendo a restringir el número de sacerdotes, constreñido el culto a solamente los templos, expulsado de nuevo a sacerdotes extranjeros y exclaustrado religiosos, cerrado colegios católicos y aplicando tajantemente los artículos 3° y 130 constitucionales, el general Álvaro Obregón (igual que su antecesor Porfirio Díaz), trataron de llegar a un arreglo pacífico con la Iglesia católica. Plutarco Elías Calles se opuso tenazmente y, entre las posibles causas de la muerte de Álvaro Obregón, pudo ser esa idea de “contemporizar”, igual que lo hizo Porfirio Díaz, con la situación entre la Iglesia y el Estado mexicano (se afirma que no solamente José de León Toral fue el único en disparar contra Obregón en el restaurant “La Bombilla”, sino que varios otros de los asistentes también lo hicieron. Pero esta versión no ha sido corroborada por ningún documento o testimonio cierto, a pesar de hallar cartuchos percutidos de varios calibres en el lugar del asesinato de don Álvaro Obregón).
Para este y los siguientes artículos, me basaré en los libros y revistas originales siguientes: “Memorias inéditas de la madre Conchita”, Libro-Mex, Editores, México 1957; “Yo, la Madre Conchita”, por Concepción Acevedo de la Llata, Libros de Contenido, México 1977; Revista, número extra, “Yo, la Madre Conchita”, por Concepción Acevedo de la Llata, Editorial Contenido, S.A., México (reproducción de una publicación original de España), 1965. Pero, sobre todo, “El jurado de Toral y la Madre Conchita”, dos tomos, versión taquigráfica original, México, s/f (Derechos reservados y registrados en México y en los Estados Unidos de Norteamérica).
En las memorias escritas en México y Madrid, como en las escritas en las Islas Marías, la madre Conchita es muy parca al describir su vida personal. Copio textualmente lo que ella pone en sus memorias: “Nací en Querétaro el 2 de noviembre de 1891, al amparo de un hogar cristiano y honorable. Ella, mi madre, (doña Concepción) era alta, fornida, blanca y francamente hermosa. Sus manos como de cristal rosado, al correr de los últimos años, fueron tomando el tinte de marfil antiguo, al par de la cara, antes como de durazno en sazón, chapeteada y como de terciopelo, fue cambiando también poco a poco, hasta tener una palidez triste y misteriosa. Pero sus ojos, de profundo azul, en que vi reflejada la primera luz, esos lindos ojos no cambiaron nunca. En ellos, de mirar sereno, aprendí las mejores lecciones y sentí los más grandes consuelos…
De su padre escribe: “Él, mi padre (don Salvador), era el feliz complemento de mi madre. Formaron una perfecta alianza de virilidad y cariño, energía y prudencia, comprensión y dulzura, y sus diferencias y disgustos, si los hubo, nunca fueron ajustados delante de nosotros…De nada carecía en la casa de mis padres. La paz y el cariño, los mimos y atenciones, las diversiones y viajes, a lo más de lo necesario, suelen llenar esa dichosa época juvenil, que pasa como un sueño, pero que a la mayoría de los mortales satisface. Sin embargo, en mí, todo eso era accesorio y en cierto modo completamente indiferente…”.
De sus hermanos solamente existe una fotografía en la que sale ella y sus dos hermanas. De su hermano Miguel, solamente encontré una mención que hace ella. En cuanto a sus estudios, además de tejer, bordar y otras labores de manos, apenas hace mención, así como tampoco describe sus estudios formales. En cambio dedica unos párrafos al nacimiento de su vocación religiosa, y la firme oposición de su familia, principalmente de parte de su padre: “Mi padre se oponía a que entrara en un convento, ya que eso significaba nuestra separación. Para disuadirme empleó toda la retórica adecuada al caso. Pero como es natural, cuando hay sinceridad de vocación, se fortaleció mi propósito. Estaban presentes con frescura en mi memoria, la vida de San Francisco de Asís, cuyo padre, Pedro Bernardón, tanto se opuso a su vocación, y las de otros santos que lucharon con tesón y al final vencieron…Y la victoria llegó para mí también, después de tres años de ruegos…”.
Acompañada por toda la familia, se dirigió al convento, y llegaron a la puerta del antiquísimo caserón, que se abrió para que entrara. Recibió la bendición de sus padres y fue conducida al interior por una religiosa descalza. Pasado el jardín subieron por una escalera de cantera al interior de un salón, de piso de ladrillo y con cuatro sillas de tule.
Dos monjas capuchinas vestidas de negro la condujeron al claustro, en el que preparó durante seis meses para recibir el hábito. Llegado el día, vestida de boda y acompañada desde detrás de las rejas de coro por los cánticos religiosos, se le levantó el velo, se le cortó un poco de cabello y, ya en el interior, vistió el hábito franciscano de las monjas capuchinas…

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