Jorge Vargas Sánchez

El Presidente dio una carrerita para saludar a la gente

CRÓNICAS DE VARGAS 18/02/2015 a las 05:30    

De pronto, de entre las nubes blanquizcas brotó el ronroneo del aparato, y la gente se puso en pie y se quedó mirando hacia un lado del estadio, y aplaudió fuerte cuando lo vio aparecer allá lejos, en medio de la baranda blanca de madera. El Presidente dio una carrerita para llegar a donde estaban los primeros a los que saludó, luego caminó hacia acá, hacia el estadio techado, y entonces la gente celebró que tendiera las manos a cuantos podía llegar, aun si para conseguirlo debía trepar los primeros peldaños de las barreras de metal, como tantas veces lo hizo a lo largo de media hora, tiempo que le llevó saludar a muchos de la muchedumbre, desde por donde entró hasta llegar al presídium.
El Parque Bicentenario está a un lado del caserío de la cabecera delegacional de Santa Rosa Jáuregui, un pueblecito que de risueño y conservador que era hasta hace algunos años, hoy se mueve entre un comercio de productos extranjeros más que mexicanos, que se desplaza entre accesorias convertidas en locales comerciales y fachadas de casas centenarias y que, sin embargo, se mantiene investido de sus tradiciones y del olor y sabor de sus carnitas sabrosas, las que le han dado fama desde el siglo anterior. Y a este lugar llegó el Presidente.
“Me da mucho gusto regresar a este bello estado”, dijo el Mandatario federal, y un aplauso generalizado lo arropó como lo había arropado desde que llegó, más todavía cuando se trepaba a los primeros escaños de las barreras metálicas y agitando la diestra saludaba a los que estaban hasta allá atrás; era el mismo aplauso que estalló cuando el Presidente se trepó a un templete, en medio de tantas sillas que había para los miles que fueron, y con ambos brazos en alto saludó a la muchedumbre; el mismo aplauso que cuando Peña Nieto echaba carreritas para regresar sobre sus pasos a saludar a los de la fila de enfrente que no había saludado, era más intenso. “Siempre es de gran aliento tocar a la gente, sentir a la gente”, dijo el gobernante cuando llegó al estrado.
El Mandatario traía una camisa blanca con rayas verticales verdes y un pantalón oscuro. Para saludar a tantos como saludó, se remangó las mangas, y de tanto en tanto, sacaba de entre sus ropas un pañuelo blanco para limpiarse la frente perlada, mientras afuera del lugar los arbustos se mecían al compás del aire que en el comienzo de la mañana, en ratos, hacía suponer que volvería el clima gélido de estos días, con todo y sus diluvios repentinos.
En un extremo del campo de futbol estaba el enorme estrado. Atrás de dos hileras de sillas había unas fotografías enormes, una junto de la otra, que reproducían la cosecha, el embarque del fruto, el consumo en un comedor comunitario y la concreción de apoyos administrativos, y en medio de ellas los logos del Gobierno de la República y del Estado de Querétaro, abajo la leyenda: Sin hambre, Querétaro prospera, y en un nivel inferior, en fondo verde con letras negras: 2 años cumpliendo.
Uno podía saber qué sucedía en el estrado, porque había pantallas y bocinas enormes, distribuidas a lo largo del lugar, reproduciendo imágenes y sonidos. Así que sin que nadie alentara a la multitud, aplaudía fuerte y durante largos instantes, como lo hizo cuando la secretaria de Sedesol, Rosario Robles, apagó la velita de su cumpleaños que le llevó Sandra Albarrán de Calzada. “No hay mejor modo de celebrar el cumpleaños que trabajando con el señor Presidente”, dijo después de ponerse la diestra sobre el rostro, intentando sin resultados opacar el bochorno que le sonrojó la cara cuando en el final de su intervención, el Presidente les dijo a todos que la señora cumplía años. “¿Le van a cantar Las Mañanitas?”, dijo el Mandatario aplaudiendo.
El Presidente vino 12 días después de haber estado en el Teatro de la República para conmemorar el 98 Aniversario de la Carta Magna, y llegó a donde no venía un Mandatario federal en poco más de medio siglo. Desde las alturas miró el avance de la prolongación de la vialidad Paseo de la República y los espectaculares con leyendas políticas, invocando una redención.
Y en tierra, escuchó los avances de “una nueva historia que iniciamos hace 6 años”, le dijo el gobernador José Calzada Rovirosa, y luego el contó, a grandes rasgos, lo hecho en materia de agua potable, energía eléctrica y piso firme, hecho este último que el Presidente festejó: “Un Gobierno que ha sido reconocido por sus paisanos, señor gobernador”, y que valoró: “Ha estado y seguirá estando con el apoyo a su gobierno”.
La historia que escuchaba el Presidente fue ampliada con datos y cifras que dio el subsecretario de Desarrollo Social, Ernesto Neme Álvarez, y reforzada por los comentarios del presidente de la Asociación Nacional de Bancos de Alimentos, Federico González Celaya, quien estaba incómodo en el principio de sus comentarios, porque tan alto que está tenía que agacharse para que el micrófono captara sus palabras, hasta que decidió mover el aparato y dejarlo casi vertical. El epílogo fue la toma de protesta al Voluntariado de la Cruzada Nacional contra el Hambre, formado por damas que estaban vestidas de blanco, entre quienes estaba Estéfani, la treintañera de pelo lacio sobre los hombros, metida en un vestido oscuro de una sola pieza, tacones color hueso y tez blanca. A ella la siguió el murmullo que se hacía cada vez que el Presidente entregaba apoyos y las beneficiarias le plantaban besos en la mejilla izquierda; la misma murmuración que se perdió en un aplauso sostenido cuando el Mandatario bajó del estrado para entregarle a una anciana en silla de ruedas uno de los apoyos de la Cruzada Nacional contra el Hambre.
Mucho antes de entonces, cuando rumbo al parque la gente bajaba por una empinada calle mal empedrada, en una de cuyas aceras se alzan muros de piedra negra protegiendo lo que parece son fortalezas, el gobernador Calzada caminaba conversando con un funcionario público menor, cuando se le acercaron dos señoras y una de ellas lo cogió del brazo.
-Vamos a ver al Presidente, ya va a llegar –le dijo el mandatario a la mujer, unos pasos antes de que a ella, como a todos los que entraban, le ofrecieran fruta que unos jóvenes traían en cajas de cartón. Y apenas uno estaba terminando de saborear lo que le hubieran obsequiado, ya estaba pisando el empastado artificial del estadio, en el que colocaron miles de sillas para que se sentaran los que escucharon discursos y un popurrí con canciones del tiempo de los abuelos, y el tema del programa oficial Moviendo a México, escuchado tantas veces como fue repetido mientras el Presidente saludaba a los que lo recibieron y lo despidieron hacia las 15:00 horas de la tarde, cuando el helicóptero color blanco con las franjas verde, blanco y rojo se perdió en el fondo del cielo.

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