María B. del Valle

Anáhuac 18/02/2015 a las 06:30    
¿Qué come tu corazón?


Hace unos días estaban unos niños viendo en la televisión uno de sus programas favoritos durante el festejo de cumpleaños de unos vecinos. Al pasar por ahí, noté que la historia que veían empezaba a tornarse oscura y complicada, por lo que los más pequeños empezaron a asustarse. Una de las niñas mayores, Ana, seguía las imágenes preocupada y con el ceño fruncido, claramente ya no estaba disfrutando del programa, sin embargo no era capaz de cambiar el canal o bien apagar la tele y buscar algún otro entretenimiento.

Le pregunté a Ana: "¿te está gustando el programa que estás viendo?" La pequeña, de tan solo 8 años, bajó la vista y sin decir una sola palabra movió la cabeza de un lado al otro. "No tienes que ver todo lo que aparece ante tus ojos, le expliqué. Únicamente tú debes decidir qué tipo de música escuchas, qué programas de televisión, películas y videos ves o qué revistas, libros, y blogs lees".

La pequeña Ana me miró fijamente a los ojos y casi sin parpadear me preguntó: "¿Pero si no lo veo o lo leo, cómo sé si me va a gustar o no?" Me encanta cómo los niños de ahora todo lo cuestionan y no actúan por ciega obediencia, sino por firme convicción. Su pregunta me dejó pensando, ya que esa pregunta creo que la he escuchado más de adultos que de niños.

Se me ocurrió hacerle una comparación. Imaginemos que te llevo a un restaurante y tú le pides al mesero un refresco de manzana y una milanesa con papas fritas. Tras unos minutos, observas que el mesero que te atiende sale hacia el pequeño jardín de la parte trasera y con un vaso transparente recoge agua sucia del suelo con un poco de lodo que sale de un tubo de drenaje. Después se acerca a ti y junto con una servilleta, te deja el vaso y te dice: "su bebida señorita". Se aleja apresuradamente y regresa con un hermoso plato de talavera con una tapa de acero inoxidable que destapa ante tus ojos diciendo: "su plato fuerte señorita".

De inmediato te das cuenta de que la carne del plato está llena de nervios y hasta moho por encima, además de soltar un olor insoportable que te hace taparte la nariz con los dedos. ¿Te comerías la carne y te tomarías el agua del drenaje que tan amablemente te trajo el mesero?

Nunca había visto los ojos de Ana tan abiertos. Empezó a girar su cabecita de un lado a otro mientras me decía en un tono firme: "¡Claro que no! ¡Ni que estuviera loca! Si me como eso, seguro que me enfermo".

"Pero, ¿cómo sabes que esta comida es mala si no la has probado?" - le pregunté a Ana sarcásticamente. Creo que la niña entendió perfectamente algo que la mayoría de los adultos no tenemos tan claro. ¿Qué tanto cuidamos y seleccionamos asertivamente lo que vemos, lo que escuchamos y lo que leemos?

A veces se nos olvida que todos somos libres y no sólo debemos, sino que tenemos que utilizar adecuadamente esa libertad para nuestro bien y el bien de todos los que nos rodean. Nuestros sentidos son los que nos ayudan a distinguir olores, sabores, imágenes, sonidos y texturas. A través de ellos conocemos el mundo a nuestro alrededor y somos capaces de mantenernos seguros y sanos. Nadie a dejado su mano en el fuego tras sentir el calor que la empieza a quemar, y sólo quien posee alguna enfermedad psiquiátrica seguiría caminando después de haber visto en su camino un precipicio.

De igual forma, estos sentidos nos ayudan a conocer aquello que puede hacerle mal a nuestra mente o nuestro corazón. Es por eso que nos alejamos de una persona que disfruta ofendiéndonos con sus palabras y acciones, o de grupos que nos orillan a beber demasiado en una fiesta.

Sin embargo, los sentidos se educan y se desarrollan, cualquier chef podría explicarnos fácilmente que para alcanzar una determinada sazón en la cocina se debe entrenar nuestro sentido del gusto, sensibilizarlo y formarlo con ciertos criterios que le permitan mezclar y proponer nuevos sabores. Pero para ello debe aprender a reconocer y seleccionar lo que le sirve y lo que no, jamás pondría en su bisque de camarón una crema caduca y ácida.

Una famosa nutrióloga nos comparte su lema: somos lo que comemos. Una persona que todos los días ingiere comida con alto contenido de azúcar podrá predisponerse a presentar diabetes, mientras que quien basa su alimentación en grasa y proteína quizá no tarde en tener problemas de presión alta. Nuestra mente y nuestros sentimientos también reciben diariamente una dosis de alimento. Absorben, a través de nuestros sentidos, diálogos, lecturas e imágenes que nos predisponen a ciertas conductas. Es por esto que los estudios científicos nos muestran que los comportamientos violentos de adolescentes que hieren y disparan a personas inocentes muchas veces está relacionado con ese "alimento" violento que esos niños ingieren todos los días a través de sus tablets o videojuegos.

Decenas de personas comentan que debemos ver cualquier película para poder opinar sobre ella, o que deberíamos leer los libros de moda para poder dar nuestra opinión. No necesitamos "probar" de todo para después concluir que efectivamente nos hizo mucho daño tal o cual cosa. Nuestros sentidos nos alertan cuando la trama de una película o el resumen de un libro no deben ser el alimento adecuado para nuestras mentes, y para ello debemos acostumbrarnos a utilizar en todas nuestras decisiones un criterio bien calibrado. Al ver una película hagamos un análisis de su contenido, de su objetivo final, de sus personajes ¿realmente me hará mejor persona esa lectura o esa película? Está en nuestras manos el evitarnos una "deshidratación emocional" o incluso una depresión si somos capaces de ir identificando aquello que lejos de aportar algo a nuestra persona puede dejar una huella profunda pero no precisamente enriquecedora.

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