Alejandro E. Obregón Álvarez

ARCHIVO HISTÓRICO DEL ESTADO Actualizada 22/02/2015 a las 08:20    
LA MADRE CONCHITA: UNA MÁRTIR DEL MOVIMIENTO CRISTERO

El padre Felix de Jesús Rugier (Francia, 1859-México 1938) fue el fundador de los Misioneros del Espíritu y, siguiendo el Movimiento de la Cruz, fundado por la señora Armida, se hizo capellán de varios dichos movimientos. A los Misioneros los fundó en 1914 y hubo de esperar hasta 1926 el permiso para dicha fundación. Entre las congregaciones que fundó estuvo también la de las Capuchinas Sacramentarias, a las que perteneció la madre Conchita Acevedo. Y entre otros grupos de servicio, hubo el de religiosas hospitalarias: a ella perteneció la madre Elisa Obregón, mi tía paterna, enfermera y anestesista, fundadora de varios hospitales, entre ellos uno en Guatemala.
En el municipio de Tlalpan, entonces perteneciente al estado de México, fueron recibidas de manera cordial por el presidente municipal, don Francisco Mejía, en una propiedad que se llamaba “El Huerto”, con el máximo secreto. Igualmente los vecinos, guardaron la máxima discreción. Pronto el pequeño convento se llenó de postulantes y de novicias, con el permiso del arzobispo monseñor José Mora y del Río.
Corría el año de 1925 y la “abadesa” Conchita estaba enterada de que varios conventos y casas de recolección habían sido clausurados. Sin embargo, “…la policía nunca pudo encontrarnos, porque el buen amigo don Francisco Mejía, tan luego sabía que se disponían a practicar un registro en busca de pruebas, a fin de corrernos de nuestro refugio, nos daba oportuno aviso de su buena esposa, la virtuosa Balbinita, tan bien conocida y estimada en la localidad. Inmediatamente nos escondíamos, y así nadie podía encontrar a nadie. Pasada la tempestad, volvíamos a nuestras amadas prácticas capuchinas.
“Entre las familias que con más asiduidad nos visitaban, cuento a la de don Manuel Araóz. Una tarde, que como de costumbre, se dirigían a mi casa a recibir la bendición que nos daba un sacerdote, con el Santísimo, vieron que un automóvil seguía al suyo, por lo que, al llegar frente a la puerta, se detuvieron prudentemente para dejar que pasara, y cuando ya ese coche se había perdido de vista, tocaron el timbre. Rafaela, la hermana terciaria franciscana que cuidaba la puerta, les franqueó la entrada, cerrando enseguida…La vaga sospecha se tornó en franco temor. Apenas saludaban a la buena Rafaela, oyeron fuertes golpes en la puerta, y no dudaron que eran asestados por los que iban en su seguimiento. Así fue. No eran devotos, sino gente de la policía, que se coló. Encabezaba el grupo nada menos que el jefe de la Policía Judicial, mayor Bernardo Bandala.
“Preguntó quién era la Superiora y en seguida me apersoné con él, suplicándole que así como él cumplía con su deber, me permitiera cumplir el nuestro, pues el capellán ya estaba revestido y nos iba a dar la bendición. Accedió pero me hizo la advertencia, que después de esto, disponernos a abandonar el claustro…Sus subalternos entraron por todas partes a practicar un “minucioso registro…Habiendo entregado la presidencia municipal don Francisco Mejía el día último de diciembre anterior, fue un verdadero milagro que Balbinita, su esposa, quien asistía a la bendición pudiera escaparse , escondiéndose debajo de una cama.
“La multitud se congregaba en la calle y quería oponerse a que la policía nos llevara presas, pero los gendarmes se lo impidieron por la fuerza…Partimos, pues, nosotros a pie, y en medio de dos filas de dos hileras de policías, rumbo a la estación de tranvías, distante de nuestra casa unas 8 o 10 larguísimas cuadras, mientras el sacerdote era conducido por el Mayor Bandala en su automóvil. Marchábamos por en medio de la calle, llevando a la muchedumbre por ambos lados y detrás, francamente descontentas…En la estación de tranvías de Tlapan me dijeron que, si no queríamos echarnos la caminada hasta México, punto final de nuestro destino, lugar donde se encontraba la Procuraduría de la República, alquiláramos algún vehículo que nos trasladara a monjas y gendarmes, Y como llevábamos algunos centavos, abordamos un camión grande y emprendimos el viaje.
“Durante el trayecto nos pusimos a cantar himnos. Esto originó que varios coches formaran una caravana en nuestro seguimiento, aguijoneados sus ocupantes por el extraño espectáculo que ofrecía ese grupo de mujeres humildemente vestidas, acompañadas de policías armados con fusiles, que entonaban cantos místicos…Terminó la jornada en el patio de la Procuraduría. El mayor Bandala salió enseguida del despacho del procurador, licenciado Romeo Ortega, para decirnos que dicho funcionario ordenaba que nos disolviéramos, advertidas de que no deberíamos volvernos a reunir, y que el convento quedaba clausurado e intervenido…
En el próximo artículo veremos los nuevos destinos que siguieron estas valientes monjas exclaustradas, escondidas y divididas en diversas casas, como muchos otros religiosos y religiosas refugiados en casas particulares o en domicilios de parientes y
amigos.

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