Rafael Cardona

El Cristalazo 23/03/2015 a las 05:30    
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En el Hotel San Martín, señor. Ahí lo espero. En la cafetería.
-¿El San Martín?, frente a Garibaldi, en Santa María la Redonda?
-Si señor, dijo una voz educada y casi tímida antes de colgar el teléfono”.
Nadie hubiera deducido la personalidad del rudísimo luchador cuya carrera llamaba a su fin y ahora aceptaba una entrevista antes de salir a ciudad Nezahualcóyotl para rendir su última  función en “La rancherita”, una arena improvisada sobre la grava de un opaco lienzo charro.
A las cinco de la tarde el hotel está silencioso. Afuera no suenan todavía los cristales desordenados del famosísimo “Bombay”, vecino frontero de la hospedería. Mucho menos los viejos ecos de “La canción” cuyas puertas pecadoras nunca cerraban del todo. 
Hay algunos parroquianos meditando la dimensión del infinito en el inagotable círculo de la boca de su vaso solitario. Alguien grita algo incomprensible. A lo lejos alguien canta, allá afuera.
Pedro Aguayo, “El perro”, se acera a la mesa con tímida cortesía. Dice buenas tardes y retira la silla sin hacer ruido alguno.
-Un vaso de agua, nada más, pide. 
Aguayo tiene esa extraña condición de los hombres simples y sin embargo carismáticos. La primera impresión  no proviene de verle los ojos, brillantes, negrísimos; chispas encendidas en la rendija estrecha de los párpados, sino de mirar su frente. Las rajaduras de orillas abultadas y perpetuamente enrojecidas, hinchadas para siempre, forman una especie de pentagrama del dolor.
-Te abren y luego sigues luchando y cuando ya se va haciendo cicatriz, otro y otro; cabezazos, puños, patadas,  y nunca acaban de cerrar y cuando se hacen viejas las heridas se abultan, se hacen bola  y entonces, mire usted, dice mientras señala las ondulaciones rugosas de su frente.
Este hombre ha luchado por la vida quizá desde antes de comenzar a vivir. Su cautela no proviene de la astucia, proviene del temor. La violencia le resulta necesariamente ajena pero indispensable para salir del negro agujero de la pobreza.
-Yo no tenía para comer, señor. Pobre, bien pobre hasta el fondo de ser pobre, dice. Y cuenta su infancia de abandono y tahona y dormitorio.
-Me dejaban raspar las láminas del pan después del horno. Toda la migaja, todo el mendrugo. De eso vivía, del desperdicio. Dormía en la panadería. Raspadura, eso era todo. Y así la iba llevando, así nomás.
-¿Por qué le dicen “Perro”
-Fue  -dice con una sonrisa cuya sencillez le abruma la frente empedrada-, por un error. Un empresario en Veracruz, cuando yo empezaba, mandó a hacer los carteles de la función. Me iban a anunciar como Pedro Aguayo, pero se equivocaron y en vez de Pedro pusieron “Perro” nomás una letra. Y “Perro” me quede hasta la fecha. “Perro…”
Hablamos por mucho tiempo, tanto como para ver la tarde avanzar y la imprudente cercanía de su cita en Neza.
-Yo lo llevo, dígale a su taxi. El nos puede seguir y usted ya vuelve con el chofer.
Acepta y en el auto seguimos  la larga charla. Imposible repetirla ahora; pero dentro todo me habla de sus miedos, de cuando le partieron dos cervicales, de cuando la orina incontinente sale expulsada  por los sustos arriba de la lona.
-Pero sabe usted a qué le tengo miedo de verdad.
-No
-A que me vayan a lastimar a mi hijo. Él ya anda en esto de la lucha. Por mi hijo tengo miedo, mucho miedo.
Hoy, ese hijo está muerto y hasta hace unas horas nadie se lo había dicho. Por horas le quisieron ocultar el  inclemente destino de sus viejos miedos.

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