Rafael Cardona

EL CRISTALAZO Actualizada 23/06/2015 a las 07:06    
Rafael Cardona

Rafael Cardona

EL NUEVO IDIOMA

Una de las transformaciones más evidentes del auge tecnológico contemporáneo, es la “deshumanización” del lenguaje y a pesar de ese hecho, el asunto parece no ocupar sitio en las atención de lingüistas, filólogos o de perdida poetas.

Los humanos ya no desciframos la vida con palabras; las nuevas frases de la vida cotidiana no describen el mundo real sino el mundo tecnológico, la vida virtual.

Ya no cabe en la nueva lengua la palabra rosa, por dos razones.

La primera por su existencia previa, la segunda, por la falta de importancia de un milagro aromático a la vista del mundo contemporáneo. Hoy la Ciudad de México es CDMX e ir al médico a revisión sanitaria, obedece al imperativo CHKT…

El hombre vio alguna remota tarde de la prehistoria un árbol y creó la palabra para describirlo. En la noche del tiempo se hallaron verbos y conceptos para explicar la vida. En los días de hoy todo se ha convertido, cuando más, en el uso excesivo de siglas, acrónimos y concreciones sin fin. Pero no sabemos el significado de esas palabras, las usamos por apropiación indirecta, por contagio, por mimetismo, como sucede con los “memes” (mímesis y memética, nombre de una nueva “ciencia” “descubierta” por Richard Dawkins.

Hablamos en estos días de manera incomprensible para quien nos hubiera escuchado hace 25 años, no más.

--Si no puedes bajar la app por “wifi” usa el 3g o el 4g, según el aparato”.

Las palabras ya no son conceptos en sí mismas sino expresiones de funcionamiento de un aparato o intenciones comerciales.

Por ejemplo: cuando alguien enciende el CPU de PC no sabe quizá cómo pone en funcionamiento la “Unidad Central de Procesamiento” (CPU en inglés) y quizá ignora cómo se llega a sustituir la palabra disco por la expresión comprimida de CD.

Los suntuosos automóviles “Lexus” son según sus siglas (Exportaciones Lujosas a los Estados Unidos por parte de la industria japonesa) y las letras BMW son las iniciales de las fábricas de maquinaria de Baviera. En sí mismas no son palabras correspondientes a realidades, son bautizos del funcionamiento u origen de las cosas.

Vamos con el dentista cuyo rayo láser blanqueará el enmohecido esmalte de nuestros colmillos pero ignoramos cómo estamos hablando de la luz amplificada por emisiones de radiación estimulada (Light amplification by stimulated emission of radiation) y nos conformamos con la mutilación de las palabras para poderlas usar en el código de los 140 caracteres de la nueva comunicación contemporánea, instantánea, superficial y a veces innecesaria.

Piamos como pájaros azules.

Y ya no hablar de los misterios entre el Bit cuya multiplicación por 8 nos ofrece el Byte, esas invisibles unidades mínimas de información binaria, capaces de distinguir, como todos los sistemas cibernéticos, nada más entre el uno y el cero.

Viajamos por la vida con el apremio de un “hash-tag”, lo cual no significa sino una etiqueta virtual. La “jerga” del chat” y la escritura rápida del “tuit” no permiten reflexión ni nada, son solo metrallas verbales sin ton ni son, al menos en su estructura.

Cuando García Márquez propuso la abolición de la gramática en un congreso internacional de la lengua española, no pudo imaginar cómo Steve Jobs y sus seguidores iban a cumplir con sus deseos. Acabaron con la gramática, la etimología de las palabras y el lenguaje mismo tal y como lo conocíamos.

La compresión de los conceptos, la vinculación del lenguaje no con las cosas, sino con el funcionamiento operativo de ellas; la capacidad para aglutinar y simplificar todo en letras, nos lleva a otra forma de pensar y capturar la realidad. Esa es la herencia actual de la tecnología y el siglo de la informática y la información.

No hay ya espacio en este nuevo lenguaje para las cosas sorprendentes y maravillosas de antaño.

¿Cómo se dice en lenguaje binario por ejemplo,

“Todas las cosas son palabras del
Idioma en que Alguien o Algo, noche y día,
Escribe esa infinita algarabía
Que es la historia del mundo. En su tropel

“Pasan Cartago y Roma, yo, tú, él,
Mi vida que no entiendo, esta agonía
De ser enigma, azar, criptografía
Y toda la discordia de Babel”.

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