Andrés Garrido del Toral

QUERETALIA 05/07/2015 a las 06:00    
El Querétaro Taurino
Agustín San Román Sandoval, el decano de una dinastía taurina

Armando Alcántara Estrada, el famoso propietario del bar “Olé”, se sentó en mi mesa de “La Ostionería Tampico”, y con gran emoción en sus ojos claros, me empezó a contar de su admirado Agustín, el torero de Querétaro.
En nuestro Querétaro no podía faltar una dinastía taurina -y quizás una de las más grandes en cuanto a miembros de una familia-, como la dinastía San Román. En particular nos detendremos en su pionero, don Agustín San Román Sandoval, quien nació en Querétaro el 29 de mayo de 1934, hijo de don Agustín San Román Rebollar y doña Raquel Sandoval.
La afición por la fiesta brava surge desde su infancia, cuando su padre lo llevaba apenas en brazos a las corridas de toros en la desaparecida Plaza Colón, allá por los años cuarenta, lugar donde desfilarían grandes personalidades que servirían de inspiración para que San Román abrazara tan difícil profesión.
En esta plaza comenzarían sus entrenamientos con un grupo de amigos integrado por Rafael Gutiérrez, Rolando Benavente, Alfonso Aguilar, Marcos Vielma y quien fuera por muchos años guardaplaza de la Santa María, el inolvidable Matías. De ellos sólo figuraron en la fiesta de los toros el matador San Román y el picador apodado El Frijolito.
Al paso del tiempo, sus sueños de ser toreo fueron creciendo, por lo que pronto hizo su debut como novillero justamente en la Plaza Colón, en la década de los cincuenta. De esa época recuerda haber toreado con el inolvidable matador Antonio Campos El Imposible, considerado como el mejor torero poblano.





Agustín San Román Sandoval inició la dinastía taurina de Querétaro; el matador nació en 1934. FOTO: ARCHIVO





A falta de oportunidades combinó el toreo con el trabajo, y fue que a principio de los sesenta viajaba a la ciudad de México en busca de relacionarse con gente que pudiera apoyarlo para encontrar mejores oportunidades, pues en ese tiempo era difícil encontrar un representante o apoderado. Conociendo entre los aspirantes a toreros y matadores que ahí entrenaban, se encontró al colombiano José Zúñiga Joselillo de Colombia, quien estaba por venir a torear a la Plaza de Toros Colón e invitó al matador San Román como su mozo de estoques, surgiendo así una amistad que daría como resultado una invitación para torear en Sudamérica, específicamente en Colombia, propuesta que se concretó en diciembre de 1962.
Con grandes esfuerzos y pocos recursos económicos, pudo comprar un boleto de avión para trasladarse a Bogotá, ciudad a la que arribó con sólo diez dólares. Al encontrarse con Joselillo no tardarían en torear juntos en varios pueblos, entre ellos San Cristóbal, Venezuela, adonde pasó con una visa de tránsito, pues se decía que en aquel país no se necesitaba visa de trabajo para los toreros.
En esas fechas se celebraba la feria de San Cristóbal, donde se presentaban ocho novilladas y tres corridas de toros, de las cuales el matador San Román torearía tres de las ocho y en la cuarta recibiría su primera cornada -en la cara-, razón que lo hace regresar a Bogotá para recuperarse de la herida.
Tiempo después regresaría a torear en varios poblados y ciudades tales como Mérida, Circo de Caracas y Maestranza de Maracay en Venezuela, Santa María de Bogotá, Cúcuta, Medellín y Cali en Colombia. De estas plazas recuerda que en el Circo de Caracas dejaría ir vivo a un toro por no poder matarlo y en la Mérida recibiría su segunda cornada. Fue en esta última plaza donde obtendría su máximo triunfo en una tarde de gloria, al realizar una gran faena por la que lo premiarían con las orejas y el rabo, saliendo en hombros y ganando así un trofeo que estaba en disputa entre sus alternantes.



En 1964 San Román se presentó ante el público queretano en la recién inaugurada Plaza de Toros Santa María. FOTO: ARCHIVO




El año de 1964 marcaría en forma dramática el final de su odisea taurina por Sudamérica, pues esa misma tarde recibió su cuarta cornada en la zona del recto con una trayectoria de diez centímetros, llegando a la zona intestinal. Al ingresar a un hospital público, el médico a su cargo se mostró completamente insensible a su malestar, diciéndole que al ser un matador de toros no podía ser posible que no soportara el dolor. Este comentario bastó para que San Román decidiera abandonar el nosocomio. Caminando de regreso a su casa en Cúcuta y con la herida sangrando, pasa por una agencia de viajes donde adquiere su boleto de regreso a México para ese mismo día, convirtiendo su retorno en una dolorosa travesía.
Viaja de Cúcuta a Bogotá y de Bogotá a México, llegando finalmente a Querétaro, donde al bajarse del autobús se dirige inmediatamente al sanatorio Alcocer, poniéndose en manos del médico de los toreros, Pancho Alcocer.
Sobre esta travesía San Román refiere que para costear el viaje de regreso ocupó todos sus ahorros, los que ascendían a ciento cincuenta dólares, por lo que llegó a la ciudad de México con los mismos diez dólares con los que había emprendido su aventura un año y medio antes.
Después de la campaña taurina por Sudamérica, en la que hubo triunfos, malas tardes y cuatro cornadas, se le abriría la puerta del coso más importante del país, la plaza México. Durante la campaña novilleril de 1964, San Román se presentaría en tres ocasiones y en una de esas tardes escribió una página importante en su vida, al colocar un extraordinario par de banderillas que el público sorpresivamente le reconocería con una vuelta al ruedo.
En ese mismo año se presenta ante su público queretano en la recién inaugurada Plaza de Toros Santa María, siendo una época de oro de las novilladas en Querétaro, pues el matador actuó con novilleros, hijos de grandes figuras como Chucho Solórzano, Alfonso Ramírez El Caleserito, Manuel Espinoza Armillita, y toreros como Antonio Lomelí y Raúl Contreras Finito.
Cabe mencionar que para estas fechas, San Román había recibido varias cornadas, como la sufrida en Pedro Escobedo, en la que un novillo le pegó una cornada en la pleura, afectándole el pulmón. Otra cornada que recuerda en la plaza queretana fue en una de sus rodillas y después en la pierna izquierda.
En esa misma época la Santa María era administrada por los señores Tomás Valles y Jorge Barbachano. El sueño del matador San Román era tomar la alternativa en la tradicional corrida navideña de 1964, solicitándoles a los administradores que le permitieran estar dentro del cartel, obteniendo una negativa. Ante esta situación y considerando sus facultades mermadas, derivado de las numerosas cornadas, una tarde toreando una novillada en la misma plaza decidió de forma sorpresiva cortarse la coleta, solicitando al hijo del guarda plaza Matías, que subiera y pidiera a Aurelio Olvera Montaño, “Yeyo”, que le tocara “Las Golondrinas”, poniendo fin a su carrera taurina. El público se desconcertó y mientras los empresarios le preguntaban el por qué de tal decisión, el matador contestó rotundamente: “Se acabó”. Al tiempo, San Román comparte que la decisión la tomó pensando en su familia.
Ante su retiro taurino dejó un legado de inspiración y admiración a la dinastía San Román, la cual está compuesta por sus hijos Oscar San Román, el forcado Juan Bernardo (qepd); sus hermanos Ernesto San Román El Queretano, y Jorge San Román; sus sobrinos Jorge San Román (qepd), Gerardo Peña San Román y Juan Carlos San Román; su sobrina nieta Paola San Román, y próximamente su nieto Diego San Román Orozco.
“El triunfo y la gloria son el sueño de todos los toreros, y el matador Agustín San Román obtuvo el triunfo escribiendo su propia historia y alcanzando su propia gloria”.


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