Rafael Cardona

EL CRISTALAZO Actualizada 02/11/2015 a las 07:52    
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Rafael Cardona


NOSTALGIA DE LA MUERTE

Obviamente este título es ajeno.

Es del poemario de Xavier Villaurrutia donde uno puede hallar versos de estrepitoso esplendor nocturno, abandonado y severo: “en vano amenazas, muerte, /cerrar la boca a mi herida /y poner fin a mi vida /con una palabra inerte”.

Inerte la palabra no cuando se calla sino cuando nadie atiende, cuando nadie escucha, habría agregado Villaurrutia.

Hoy son los días en los cuales, de una manera o de otra, la muerte se hace presente. Por desgracia apenas en su comercial caricatura, en medio de una mojiganga de disfraces o una abrumadora y excesiva presencia de calaveras y catrinas tan reiterativas como carentes ya del significado valioso de otros tiempos.

Harta a veces el sonsonete de la cohabitación de la vida con la muerte mexicana y en el interminable zompantli de la dulcería, las calaveras de azúcar ya parecen simples predecesoras de las esferas del sajón e inexplicable árbol de la navidad inminente.

--¿Me da mi calaverita?

Pero más allá de los simbolismos de ocasión, producto de una filosofía de supermercado o de tarjeta Hallmark, ya casi carente de significados profundos, a veces nos deberíamos dar cuenta de cómo convivimos a cada día con la muerte, esa putilla del rubor helado.

No solo la de los cercanos o los distantes; no nada más esa cuya tumultuaria presencia nos horroriza en la estadística criminal de los cientos de miles de cadáveres cuya pila formaría una montaña de salvajismo en todas las esquinas de un México fúnebre, sangriento y a veces, solo a veces, indiferente a la matanza.

Vivimos sin mirar los cadáveres de millones de reses, pollos, borregos de barbacoa; chivos de birria y patos olvidados, muertos cada año para hundir en las carnes muertas cuchillos y tenedores. No somos carnívoros expuestos al cáncer, somos comedores de cadáveres, así sean almejas contorsionistas en el jugo del ácido limón o chapulines de botana mezcalera y crujiente.

Algunos anhelan y aplauden la muerte segura de los toros en las plazas de lidia y muchos más viven sin condolerse por la asfixia de peces por toneladas o mariscos diversos cuya existencia termina en los congeladores y las copas cevicheras y cocteleras de dormidos camarones y blandengues ostiones de imaginario poderío afrodisiaco.

Hasta el mordisco vegetariano a la lechuga le quita la vida vegetal a su enorme hoja envoltorio y pelota. Mueren en el hervor las espinacas y se aborta la vida gallinácea cuando devoramos el huevo como un mínimo sol amarillo en el plato de la fritura.

Y hay quien nunca medita sobre la hermosura final de la difunta rosa degollada por docenas sin perder el color ni la textura de piel nueva, cuya contradicción (otra vez la poesía) es el deleite de no ser sueño de nadie bajo tantos párpados.

“Sin respirar siquiera para que nada turbe mi muerte”.

Nuestra vida es un tránsito hacia la estación de la muerte. Y mientras llegamos, la existencia nos soborna con trozos de felicidad para el olvido. Quizá eso sea la dicha: la amnesia temporal para olvidar la muerte por un rato.

Por eso nos regala la sonrisa de los hijos, la alegría fugaz de los amores acabados tarde o temprano; alguna puesta de sol, un cielo compartido, una luna triste, una gota de agua, una lágrima.

Pero al final de todo, la muerte. Nada más su silenciosa seguridad.

Para ella vivimos y con ella convivimos.

Se diría, en un sentido fatalista: es la única finalidad (no finalidad sólo como destino sino como límite) de la vida: llegar a morir como esos ríos cuya estación última es el mar desconocido, como nos dijo ya hace mucho tiempo Don Jorge Manrique, coplero de la muerte de su padre.

Se mueren la juventud, la ilusión y los proyectos; los juramentos incumplidos. No sabemos cuando pero habrán de morir nuestros amigos, nuestros mentores, nuestros protectores; todos aquellos con quienes compartimos el curso de la vida. Se morirán esos pájaros veloces sobre el balcón de la mañana y la esplendorosa belleza arracimada de las hortensias habrá de morir en la deshojada marchitez del miércoles siguiente.

Se morirá el gato de aquel tejado y pronto, muy pronto el perro de la esquina dejará de ladrar sin estricnina criminal de por medio. Morirán las ciudades y los hombres, se acabañan las piedras mismas molidas en el furor interminable de la playa; se acabará la luz de la mañana, se apagará una estrella, se olvidarán los amores en Venecia o La Joya.

Todo se irá y nos quedaremos al fin solos, mirando a la muerte con las cuencas vacías. Y entonces ¿qué podremos recordar en el último instante? Nada.

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