Rafael Cardona

EL CRISTALAZO Actualizada 11/11/2015 a las 06:43    
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Rafael Cardona


El desnudo rojo, un crepúsculo, una historia


Esta ciudad ha visto muchas veces obras de Modigliani. Algunos pintores mexicanos lo conocieron, como Luis Sahagún o Diego Rivera. La más reciente exhibición de sus oleos fue en la exposición de L’Orangerie, allá en Xochimilco, entre colas de pavo real y el agacelado trote de los perros pelones de Lola Olmedo.
Pero en estas latitudes nunca he visto ninguno de los desnudos lánguidos y sensuales donde Jeanne Hébuterne parece saltar de la tela con las almendras apagadas de sus ojos sin ojos, cuya mirada, sin embargo nos contagia toda la crepuscular languidez de una mujer tras los desmayos interminables del amor.
Y por eso esta historia, poco frecuente en el material de una columna periodística tradicional, quiere hoy evocar la sorpresa incomprensible de la venta de uno de esos cuadros, el “Desnudo Reclinado en Rojo” de Modigliani, cuyo precio en una subasta se ha subido hasta por encima de los cien millones de dólares.
No podemos olvidar a Gerard Philippe en la película biográfica de “Modi” (Jacques Becker, “Montparnasse 19”) cuando ebrio vaga por las calles bajo la nevada parisina y con las manos ateridas y los papeles mojados ofrece sus dibujos: “…je suis Modi, cinq francs le croquis”.
El hombre, cuya oferta desatendida entregaba apuntes por cinco francos, nunca pudo ver ni imaginar siquiera la enorme fortuna pagada por uno de sus célebres cuadros de mujeres reclinadas en la ahíta postura de una satisfacción inolvidable apenas adivinada en la negrura de sus ojos inciertos.
Hace muchos años, un amigo mío vivía en Nueva York. Estaba solo y trataba de abrirse camino en la redacción latinoamericana de The Associated Press.
La soledad y la suerte un día se dieron la mano y conoció a una joven muy hermosa y muy triste. Tenía la tristeza de quien guarda el pasado en los dobleces de la memoria y de la conciencia. Se enamoraron.
El poco dinero nunca ha sido una barrera para los amores de juventud y a veces iban a caminar; otras a recorrer el parque interminable y alguna vez al Museo de Arte Moderno. Juntos vieron por primera vez a Jeanne, la modelo de Modigliani en la tela ya contada.
Juntos se dejaban mirar por esos ojos negros como aceitunas muertas. Y él le decía:

-“Solo por ella te dejaría” y ella reía con agrado y le decía, “yo te dejaría por Modigliani”; era guapo como sus cuadros, como un Apolo desvalido, como un atleta vencido, como un poeta mudo.
Y luego se iban a caminar y a veces el ritual de saludar a la yacente y satisfecha mujer de la tela roja los acompañaba como un talismán contra sus pleitos de pareja en medio del volcán. Pero un día las montañas se desbordaron. Él se fue. Ella se quedó sola.
Al menos eso creía, pero los humanos con un pasado no tienen espacio para mucha soledad.
Pasó el tiempo y un día, sin saber cómo, mi amigo recibió una tarjeta postal desde Nueva York. Era una reproducción del desnudo y en el anverso, con tinta sepia y caligrafía de primor, ella había escrito el universo en tres palabras: “We miss you”.
Sin preguntar ni averiguar, si saber, sin pensar, como solo hacen los locos y los enamorados, carenó sus naves y se fue a Nueva York. Llegó tres días después de recibir la postal y la buscó encendido de esperanza.
La puerta se abrió y ella lo saludó jubilosa. La escalera fue la antesala; la sala, la habitación y la habitación el descanso.
A la mañana siguiente ella le confesó el secreto más triste de sus vidas:
-¿Te dije alguna vez señor Levy? Fue un hombre muy rico con el cual tuve un fugaz amasiato en la juventud. Después de eso me arropó como una pupila, me ayudó con trabajos, recomendaciones y a veces hasta dinero. Me impulsó, me enseñó, me educó de alguna manera y me cuidó siempre.
-Sí, fui su “protegé”, como dicen en Francia.
-“Cuando te fuiste lo busqué y aquello se reactivó. Nunca más lo voy a ver, pensé de ti. Él llega de Barcelona mañana y viene por mi. Nos vamos a vivir a Israel”.
-¿Entonces la postal?, dijo él, y se la mostró.
-Yo no la mandé, dijo ella sorprendida.
Mi amigo volvió al museo sólo y quizá por un golpe equívoco de la luz, pero asegura haber visto una lágrima en los óvalos mágicos de los ojos de Mademoiselle Hebuterne.
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