Luis Núñez Salinas

LA APUESTA DE ECALA Actualizada 13/11/2015 a las 07:08    
Luis Núñez Salinas

Luis Núñez Salinas

La familia reunida alrededor de la mesa doméstica

Hoy en día, amable lector, hemos recibido de nuestro Papa Francisco varios aleccionamientos de lo que debemos hacer como familia y, en específico, la convivencia, que tanto se pone hoy de moda, por aquello de que los celulares ya no permiten que convivamos.
¿Será así de fuerte el asunto?, explico.
Lo primero que debemos recordar es que existen tres Altares para nosotros los católicos: el Altar de la Eucaristía, instalado dentro del Templo y que está consagrado; el Altar del Tálamo Nupcial, que es donde se demuestran el infinito amor los esposos unidos en sagrado matrimonio; y finalmente, y al que dedicaremos hoy día estos comentarios, el Altar Doméstico de la Mesa, el lugar en donde come la familia.
El Papa Francisco nos da la siguiente catequesis, en donde nos guía hacia la convivencia familiar y su relación con Cristo.
A continuación transcribo en su totalidad el mensaje, agradeciendo el apoyo de Radio Vaticana para ello.
El compartir los alimentos -y por lo tanto, además que los alimentos, también los afectos, los cuentos, los eventos…- es una experiencia fundamental. Cuando hay una fiesta, un cumpleaños, un aniversario, nos reunimos alrededor de la mesa.
En algunas culturas, es habitual hacerlo también por el luto para estar cercanos a quien se encuentra en el dolor por la pérdida de un familiar, nos instruye el Papa Francisco en la catequesis del miércoles 10 de noviembre del 2015.
Hoy reflexionaremos sobre una cualidad característica de la vida familiar que se aprende desde los primeros años de vida: la convivencia, es decir, la actitud de compartir los bienes de la vida y ser felices de poderlo hacer.
¡Es una virtud preciosa! Su símbolo, su “ícono”, es la familia reunida alrededor de la mesa doméstica.
La convivencia es un termómetro seguro para medir la salud de las relaciones: si en la familia hay algo que no está bien, o alguna herida escondida, en la mesa se entiende enseguida.
Una familia que no come casi nunca juntos, o en cuya mesa no se habla pero se ve la televisión o el móvil, es una familia “poco familia”.
El Cristianismo tiene una especial vocación por la convivencia, todos lo saben. El Señor Jesús enseñaba frecuentemente en la mesa y representaba algunas veces el reino de Dios como un banquete festivo.
Jesús escogió la comida también para entregar a sus discípulos su testamento espiritual, condensado en el gesto memorial de su Sacrificio: donación de su Cuerpo y de su Sangre como Alimento y bebida de salvación, que nutren el amor verdadero y duradero.
En esta perspectiva, podemos bien decir que la familia es “de casa” a la Misa, propio porque lleva a la Eucaristía la propia experiencia de convivencia y la abre a la gracia de una convivencia universal, del amor de Dios por el mundo.
Participando en la Eucaristía, la familia es purificada de la tentación de cerrarse en sí misma, fortalecida en el amor y en la fidelidad, y prolonga los confines de su propia fraternidad según el corazón de Cristo.
En nuestro tiempo, marcado por tantas cerrazones y tantos muros, la convivencia, generada por la familia y dilatada en la Eucaristía, se convierte en una oportunidad crucial. La Eucaristía y la familia, nutridas por ella, pueden vencer las cerrazones y construir puentes de acogida y de caridad.
Sí, la Eucaristía de una Iglesia de familias capaces de restituir a la comunidad la levadura dinámica de la convivencia y de hospitalidad recíproca, es una ¡Escuela de inclusión humana que no teme confrontaciones! No existen pequeños, huérfanos, débiles, indefensos, heridos y desilusionados, desesperados y abandonados que la convivencia eucarística de las familias no pueda nutrir, restaurar, proteger y hospedar.
La memoria de las virtudes familiares nos ayuda a entender.
Nosotros mismos hemos conocido, y todavía conocemos, que milagros pueden suceder cuando una madre tiene una mirada de atención, servicio y cuidado por los hijos ajenos, además que los propios.
¡Hasta ayer, bastaba una mamá para todos los niños del patio! Y además: sabemos bien la fuerza que adquiere un pueblo cuyos padres están preparados para movilizarse para proteger a sus hijos de todos, porque consideran a los hijos un bien indivisible, que son felices y orgullosos de proteger.
Hoy muchos contextos sociales ponen obstáculos a la convivialidad familiar. Debemos encontrar el modo de recuperarla, aunque sea adaptándola a los tiempos.
La convivialidad parece que se ha convertido en una cosa que se compra y se vende, pero así es otra cosa. Y la nutrición no es siempre el símbolo de un justo compartir de los bienes, capaz de alcanzar a quien no tiene ni pan ni afectos.
En los países ricos somos estimulados a gastar en una nutrición excesiva y luego lo hacemos de nuevo para remediar el exceso. Y este “negocio” insensato desvía nuestra atención del hambre verdadera: del cuerpo y del alma. Es tanto así que la publicidad la ha reducido a un deseo de galletas y dulces.
Mientras tanto, muchos hermanos y hermanas se quedan fuera de la mesa. ¡Es una vergüenza!
Miremos el misterio del Banquete Eucarístico. El Señor entrega su Cuerpo y derrama su Sangre por todos.
De verdad no existe división que pueda resistir a este Sacrificio de comunión: solo la actitud de falsedad, de complicidad con el mal puede excluir de ello. Cualquier otra distancia no puede resistir a la potencia indefensa de este pan partido y de este vino derramado, Sacramento del único Cuerpo del Señor.
EL Papa Francisco culmina su catequesis, que llevó a cabo en la audiencia general del miércoles pasado y nos deja grandes reflexiones.
¿Cómo lograr que todos comamos a la mesa si tenemos diferentes horarios de trabajo y escuela? ¿Cómo evitar el vertiginoso ataque a las familias católicas y tradicionales cuando las hacen parecer obsoletas los medios masivos de comunicación?
Los católicos debemos hacer un esfuerzo mayor para lograr que el altar doméstico de la mesa y de la hora de la comida no se convierta en un trámite cotidiano más debido a la velocidad en la que nos movemos, debemos construir y poner atención al tiempo de convivencia con nuestras familias.
¿Qué le parece cambiar la comida por la cena? Es decir, si no podemos vernos a la hora de comer por los horarios, tal vez debamos cambiarla por la cena y esperar a que estemos todos juntos para comenzar esta bendita acción de gracias, la de comer juntos, que es un verdadero altar y verdadera gracia.
Las familias católicas, - y las no católicas también- NO debemos tirar la comida, comprar en exceso el mandado o no administrar el bien de la comida, que es bendición de Dios.
Seamos mejores en la administración que nos otorga la Divina Providencia, sea en la comida ya preparada, o en las frutas y verduras.
¿Cuánta comida se echa a perder en el “refri” por no utilizarla? ¿Cuánta comida que no se usa se puede regalar?, sea a asociaciones ya establecidas, o a algún vecino necesitado.
¡Tirar la comida es pecado! Y de los fuertes, porque atenta contra la Divina Providencia.
Para los adormilados: la Fe nos hace mejores personas, pero, ¿Una persona con fe es más bondadosa? Y una persona sin Fe ¿Necesariamente es mala? Se lo dejo de tarea.
Luego entonces amigo lector, no nos quejemos del México que estamos viviendo, porque en ello nos quede claro: ¡Tenemos el País que queremos! Esa es mi apuesta, ¿Y la de Usted?…

correo:luisnusa@outlook.com
Twitter: @LuisNSDG

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