Andrés Garrido del Toral

QUERETALIA 15/11/2015 a las 06:00    



El Querétaro Juniperiano




En 1750, año de la llegada de Junípero a la Sierra Gorda, el territorio de lo que hoy es el estado de Querétaro se integraba por la alcaldía mayor de Cadereyta y el corregimiento de Querétaro FOTOS: ESPECIAL



¿Cómo era Querétaro en tiempos de fray Junípero Serra? Esa es la cuestión que hoy desarrollo. En 1750, año de la llegada de Junípero a la Sierra Gorda, el territorio de lo que hoy es el estado de Querétaro se integraba por la alcaldía mayor de Cadereyta y el corregimiento de Querétaro. Jalpan y su contorno pertenecían a la alcaldía mayor de Cadereyta, pero al colonizar la Sierra Gorda bajo sus propios recursos, José de Escandón y Helguera condicionó sus servicios a no depender de ninguna autoridad civil, ni municipal ni virreinal, por lo que infiero que el alcalde mayor de Cadereyta nada tuvo que ver con la conquista y colonización de los territorios ocupados por Escandón a partir de 1744. Cuando Junípero Serra fue enviado a Jalpan también puso como condición el no depender de ninguna autoridad civil en el espacio misional, además de que ninguna autoridad militar interfiriera con su labor, lo que lo llevó a chocar muchas veces con el famoso y duro conde de Sierra Gorda. El Junípero de Sierra Gorda fue misionero; el de California fue político más que misionero, porque llegó a San Diego dotado de poderes terrenales para organizar los diversos territorios norteños que estaban fuera del control de la Corona. En Sierra Gorda ya encontró los territorios misionales organizados por el conde de Sierra Gorda.
Para mí, las misiones fernandinas de Sierra Gorda fueron un verdadero enclave, es decir, un Estado dentro de otro Estado, bajo la firme dirección de Junípero Serra que no toleró injerencia de la autoridad política y de la autoridad militar. Por ello, en muy poca bibliografía juniperiana aparece la dependencia política de Jalpan a la alcaldía mayor cadereytense.
Aquí es preciso afirmar que dentro de la confusión que existe sobre los conceptos de “alcaldía mayor”, “corregimiento” y “corregimiento de Letras”, hemos visto luz dentro del Derecho indiano gracias a los estudios de Guillermo Floris Margadant y Juan Ricardo Jiménez Gómez, por lo que puedo concluir de manera práctica que “alcaldía mayor” y “corregimiento” significaban lo mismo, tenían la misma competencia gubernamental y sus titulares, “alcalde mayor” y “corregidor”, gozaban de las mismas facultades. El cambio de nomenclatura se debía exclusivamente a la evolución política, económica y social de las demarcaciones, es decir, si era un territorio medianamente importante le asignaban la nomenclatura de “alcaldía mayor”, pero si esa demarcación se desarrollaba en lo político, social y económico, se le podía llamar entonces “corregimiento”, así, a secas, porque lo de “corregimiento de Letras” era otra cosa, muy parecida a una entidad actual con más competencia y autonomía que los antiguos corregimientos. Era de suma importancia la figura de alcalde de barrio en el Querétaro del siglo XVIII, por lo que resalto sus tareas, según mi culto amigo Edgardo Moreno Pérez, en su muy interesante y lorquiana obra “Barrio de San Francisquito”. Para ocupar el puesto de alcalde de barrio, se sugería buscar personas de “la mejor conducta y actividad”, proporcionando fomentar en ellos una alta estima por su investidura. En la ordenanza de 1736 se hacía énfasis de que el objetivo primordial de los alcaldes de barrio era el mantener al pueblo en paz, tranquilidad y subordinación; que se evitaran y castigaran los delitos públicos, formar rondas nocturnas en los cuarteles, a fin de prevenir “delitos” o “lo que puede ser motivo de ellos”. Cuando hubiera “riñas entre marido y mujer, componerlos”. Asimismo, conocer de “los pleitos de palabras entre vecinos” y estar pendientes de los fraudes y contrabandos, en contra de la Real Hacienda y aprehender a los delincuentes y llevar un estricto de obradores, comercio, los mesones, fondas y figones. Asimismo, tenían la función de elaborar un padrón de familias que vivían en cada casa, ya fueren eclesiásticos o seculares y recoger a las doncellas y viudas honestas. Tenía que estar enterado de las mudanzas de las familias en el barrio, propiciar que dentro de su cuartel hubiera boticas, parteros, médicos y cirujanos y procurar escuelas para enseñanza de niños y niñas. Era imprescindible que hiciera una “lista de pasajeros” (sic) y huéspedes, sabiendo a ciencia cierta su procedencia y destino. Evitaba el fomento de “vicios y excesos” derivados de la “holgazanería”, y se debía a toda costa acabar con el abuso de no trabajar los lunes. El alcalde de barrio era un punto clave para el control del cuartel. Este sofisticado mecanismo servía a la administración virreinal para mantener bien informado a todo el aparto burocrático, ejerciendo presión en los aspectos que más le convenían a su ejercicio del poder.
En tiempos de Junípero Serra, ejercía como procurador de Justicia en Querétaro contra la delincuencia organizada don Joseph Velázquez de Lorea, cargo heredado de su padre, don Miguel Velázquez de Lorea, con el objeto de ejecutar en la horca, sin juicio previo, a los asaltantes de caminos que proliferaron en la época.
El siglo de oro en la ciudad de Querétaro no lo fue en la Sierra Gorda, esclavizada en el atraso, la miseria y explotación de la naciente minería. La situación de bonanza no se reflejó en la Sierra Gorda queretana porque ésta no pertenecía al corregimiento de Querétaro, sino a la alcaldía mayor de Cadereyta, pero a los habitantes de ésta les quedaba claro -con rencor incluido- que a su trabajo, sangre sudor y lágrimas se debía en mucho la grandeza de la cabecera del corregimiento vecino.
La economía local tuvo un funcionamiento muy dinámico a lo largo de las primeras ocho décadas del siglo que nos ocupa. El periodo de mayor prosperidad se situó entre 1735 y 1775, aproximadamente. Fue en esas cuatro décadas cuando los textiles de lana alcanzaron su mayor apogeo, al tiempo que también fue entonces cuando el comercio arrojó los mayores volúmenes de mercancías en movimiento. Y de igual forma, es notable como son esos años cuando se registró la mayor intensidad en el desarrollo de la construcción tanto civil como religiosa. A pesar de su obviedad, no está de más recordar que allí operó la relación causal entre la abundancia de recursos económicos y el incremento en la producción arquitectónica, es decir, siempre que una ciudad o región atraviesan por un periodo de auge, esa prosperidad material actuará como detonador de construcción.
Junípero Serra -que visitó la ciudad de Querétaro y pernoctó en La Cruz en 1767, a su paso para la bahía de San Blas-, no alcanzó a ver terminados el templo de Carmelitas y el templo y convento de Teresitas ni la fuente Neptuno, la Academia de Bellas Artes, la Casa de la Corregidora y la plaza de Arriba, con sus hermosos portales, y lógicamente que ninguna de las grandes obras del siglo XIX, como el teatro Iturbide, hoy de La República.
El trato de negocios y comercio de la ciudad de Santiago de Querétaro era muy considerable, pues además del que llaman fijo de los mercaderes en sus tiendas y almacenes, existían numerosos tianguis, como el de la calzada de Belén, el de San Francisco y el de La Cruz. Había también no pocas tenerías donde se curtía todo género de cueros y pieles, sacando muy ricos antes, cordobanes, gamuzas y baquetas. Pero el más considerable comercio consistía en los abundantes frutos de trigo, maíz, cebada y otras semillas que se cogían en las grandes haciendas que había en su inmediación. En los padrones del siglo XVIII está registrado el testimonio del comercio virreinal: pulperías, fruterías, cajones de ropa, cordelerías, cererías, panaderías, carnicerías, sastrerías, sombrererías, barberías, entre otras. Eran muy alabados en el reino los dulces de Querétaro.
En lo que hoy es el estado de Querétaro llegaron a existir en esa época juniperiana 157 haciendas, concentrándose 140 en el corregimiento de Querétaro y 17 en la alcaldía mayor de Cadereyta. Desde finales del siglo XVII y hasta el XVIII, en el campo queretano se multiplicaron las casas suntuosas de los hacendados, la producción agrícola se modernizaba y en muchas haciendas se contaba con obrajes.
El crecimiento demográfico de “El Bajío” fue mayor que en el resto del virreinato, y la zona abajeña nace en Querétaro. Santiago de Querétaro fue un gran centro agrícola, textil educativo y religioso, pero además fue el gran punto de enlace con la capital y con el norte y sur de la Nueva España. Si Guanajuato era una ciudad con mayor bonanza económica que Querétaro, ésta se encontraba más urbanizada, con mejores servicios básicos. En 1746 la ciudad contaba con 26 mil 721 habitantes. Las obras públicas como caminos, puentes y abastecimientos de agua se retrasaban por años e incluso siglos, y si llegaban a hacerse, se permitía que cayeran en el abandono, debido a la falta de voluntad de los ciudadanos a pagar un impuesto. La gran cantidad de pobres en las ciudades, desempleados y subempleados, era un perenne problema social, y el estándar de vida de la masa de la población era extremadamente bajo.
Sólo había un título de Castilla en Querétaro y era el del Marqués de Villar del Águila. Todos los demás títulos nobiliarios fueron dados por autoridades novohispanas, es decir, de región cuatro. Vivían estas familias entre bastante decencia y porte, pues se contaban más de sesenta coches, teniendo la comodidad de estar toda la población en llano, hallarse sus calles empedradas y de que se proporcionaban varias salidas amenas por las muchas huertas que había en su circuito, en donde sobresalía la amenidad, contribuyendo el temperamento benigno y el riego en las estaciones en que faltaban las lluvias.




La casa de los perros

Todo mundo le echa la culpa a Chucho Rodríguez de haber sido el alcalde que puso a Ignacio Pérez galopando hecho la ingada rumbo a Querétaro en lugar de colocarlo rumbo a San Miguel El Grande (como está ahorita). La verdad es que ya era presidente municipal sustituto mi amigo Noradino Rubio Espinoza de los Monteros, era septiembre de 1997, mismo que lo hizo asistido por el inolvidable cronista Eduardo Loarca Castillo, a quien quisimos todos como a un tío. Pues verán mis queridos lectores, que al paso de los años y al acumularse tantas críticas por haber colocado la bella estatua como si tuviera prisa de llegar a Querétaro y no a San Miguel, el tío Loarca dijo: “Caones, si está volteada la estatua es que en algún punto del camino Ignacio Pérez se volteó para ver si no lo iban siguiendo”. Les vendo un puerco de parte de Chucho.



“Porque el amor de mi alma, se lo entregué a tus ojos, y aunque quisiera odiarte seguirás viviendo en mi corazón”, José Alfredo JiménezFOTOS: ESPECIAL



 

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