LUCERO DEL MEDIO DÍA

BUENAS NOTICIAS 15/11/2015 a las 06:00    
 


Abriendo caminos
(Testimonios de vidas complicadas)





Inicia el programa Abriendo Caminos con Marco Zoni y Lucero del Medio Día, se tratarán casos de la vida real, en el Canal Luceromultimedios FOTO:ESPECIAL







Testimonio de Carolina
CAROLINA aparentemente lo tenía todo: casada con un próspero Abogado, madre de cinco hijos saludables, casa con cinco dormitorios, socia de un exclusivo club, etc. Pero detrás de esa fachada se escondía algo muy difícil: el abuso físico y emocional al que su esposo la sometía, a ella y a sus hijos. Durante años aguantó en silencio.
Finalmente, CAROLINA se armó de fuerzas para abandonar a su abusivo marido y ahora es una campeona en la defensa de mujeres maltratadas. Ha publicado un libro que tiene como meta elevar la conciencia sobre el problema. Dice: “Quiero ayudar a que comprendan que ninguna persona tiene derecho de aterrorizar a otra”.
“Al principio era joven… Él era buen tipo. Me consideraba bonita, inteligente y digna de ser amada. El día de la boda caminamos felices por la nave central de la Iglesia: contamos con la bendición de Dios para nuestra unión.
“Luego vinieron las palabras amenazadoras... Me hacía sentir fea, bruta, indigna del amor de Dios y de los humanos. Comencé a llorar todas las noches.
“Más tarde llegaron los golpes...Él me decía que me los merecía; pensé que quizás él tendría razón. Yo recordaba que había prometido ser su esposa para siempre.
“Finalmente, abrí los ojos y me llegó la liberación. El problema no era mío, sino de él. Una mañana de primavera me decidí a comenzar mi vida de nuevo, sola. Lo dejé y hablé. Me dije que nunca más viviría ese tipo de violencia y así ha sido”.
Testimonio de una codependiente:
“Hasta el día en que me di cuenta de todo lo que le había permitido a mi esposo durante años, sentía una falsa seguridad en mí misma. Pensaba que había hecho todo lo mejor posible, dando una y otra vez, ignorando y pasando totalmente por alto mis propias necesidades; muriendo a mí misma para vivir en paz. No me explicaba por qué jamás había podido alcanzar esa paz, especialmente en lo que a mi matrimonio se refiere.
“Mientras más daba, perdonaba y soportaba, más infeliz era. Creía que sacrificándome, sufriendo un calvario, llegarían a cambiar las cosas y mi matrimonio llegaría a ser feliz. No me daba cuenta de que me estaba destruyendo a mí misma y a mi esposo por lo que le permitía.
“Estaba cooperando con el mal, recompensándolo a él por cometerlo. Una y otra vez durante mi matrimonio, por largos años, toleré injusticias, no solo contra mi persona, sino lo que es aún peor, contra nuestros hijos. Llegué a considerarme una víctima y a sentir lástima de mí misma. Creía erróneamente que todo esto me ennoblecería, me haría mejor persona. ¡Qué equivocada estaba!
“En el fondo todo era orgullo. Pensaba que tenía la potestad de hacer cambiar a mi esposo simplemente dedicando todas mis energías y mis constantes esfuerzos a hacerlo. Cifré mi felicidad en él por completo, olvidándome totalmente de mí misma.
“No sé cómo se estableció el patrón de la codependencia, pero ruego a Dios que me ayude a superarlo.
“Dios tiene que liberarnos de nuestro orgullo, de nuestras ideas equivocadas, de nuestra falsa seguridad, para poder construir un nuevo yo.
“Ruego a Dios que me ayude a aprender lo que es la verdadera humildad, el verdadero amor. Debo hacerle comprender a mi esposo que continuaremos haciéndonos daño si permanecemos juntos de este modo. Debo concentrarme en trabajar en mí misma, el único ser al que puedo cambiar. Debo aplicarme la segunda parte del mandamiento, “Amarás a tu prójimo como a ti mismo.”
“Dios mío, siento que muere hoy la persona que era y comienza a nacer una muy distinta. ¡Moldéame como Tú quieres que sea! Si me tomas de la mano no tendré miedo. Le pido a nuestra Santísima Madre la Virgen María que interceda por mí y me dé su maternal protección.”
Testimonio de Luis
“Temía decírselo y en cierto sentido era lógico. A veces, las muchas, tenía arranques de furia e ira y la emprendía conmigo. Sabía que hoy iba a ser uno de esos días en los que iba a sufrir una rabia inmensa hacia mí. Primero gritaba y escupía de tanto chillar. Cualquier cosa le hacía saltar y emprenderla a golpes conmigo; daba igual que dejara la cuchara en la mesa o que la lavara, yo todo lo hacía mal. Y lo peor es que no podía denunciarla. ¿Qué dirían mis amistades? ¿Y mis compañeros del banco? Un hombre maltratado no es lo que más se oye. Pero os puedo prometer que puede una mujer ser tan maltratadora como un hombre.
“Ana comenzó a maltratarme cuando nos casamos. Como si el saberse ya mi mujer le diera autoridad para ello. Primero eran simples empujones que yo no les di importancia. Aunque yo le decía que no me empujara, ella lo hacía porque sabía que yo no iba a hacer nada. Si yo la empujara, la destrozaba. Éramos de constituciones distintas. Yo, alto y robusto, ella, delgada y bajita. Sin embargo su fuerza residía en su cabeza.
“Cuando más me maltrataba era en los meses de verano. Ahí era continuo. El mes que pasaba de vacaciones sin ir a trabajar era angustioso para mí. Ella parecía gozar y pasarlo bien dándome golpes e insultándome. Me tiraba lejía a los ojos o cuando me iba a sentar me quitaba la silla y reía a mandíbula batiente. Y no, no piensen que está loca, es sencillamente complicada
“Cuando nació nuestro hijo, Alberto, yo creí que esos arrebatos le pasarían. Lejos de ello, la volvió más complicada. Se reía de mí delante del niño. Mi sufrimiento era tan intenso que dejé de comer y dormir. Ella me daba palos a la hora de comer para que lo hiciera; me decía que como fuera al médico o pidiera una baja, el niño se iba a llevar todos los palos que yo no me podía llevar. Y así me fue torturando poco a poco, amenazándome con hacérselo al niño.
“Al cabo de unos años, yo ya era un pelele en sus manos. No tenía ni tan siquiera pensamientos propios, solamente pensaba lo que ella me decía. Y sufría inmensamente por el espectáculo que le damos a mi hijo diariamente. Los golpes los intentaba disimular con jerséis o diciendo que me había dado un golpe con la puerta. Al final, hice lo que ella me decía, meterme en clases de boxeo porque así disimularía los golpes. Me decía que era tan tonto que seguramente lo haría y todo. Y así lo hice. Era una forma de disimular sus arrebatos ante la gente y esos negrones que no tenían explicaciones. Pero nadie sospechaba nada. Ante la gente, Ana era una bendición de mujer, amable, cariñosa, hogareña, tierna, dulce...todo lo contrario de lo que era en casa. Había nacido sin corazón ni sentimientos, gozaba ridiculizándome y era feliz maltratándome. Esperaba el momento de verme entrar en casa como un niño espera su gasolina.
“Pero esta noche, se iba a terminar todo. Iba a coger a mi hijo y me iba a marchar de casa con él. Como ella no estaba en casa, aproveché y apresuradamente comencé a recoger cuatro cosas importantes: el carnet de identidad, las llaves del coche, dinero; algo tenía que llevarme antes de ir a poner la denuncia.
“Ella llegó antes de lo que tenía previsto. Venia del colegio de recoger al niño. Intuyó por mis nervios que algo pasaba y eso la volvió loca. Me dio golpes y patadas, me tiró del pelo y me gritó hasta escupir su alma por la boca. Cuando entro en la habitación y vio la bolsa con mi ropa, se dio cuenta de lo que yo iba a hacer. Me pegó. Sí, me pegó muy fuerte, con las manos abiertas y con los puños, me dio con una cafetera en la cabeza, pero esquivé el golpe más fuerte. Podía haber sido peor. Solo esperaba a que se calmara para coger a mi hijo y marcharme. Ella seguía golpeando, arrinconándome hacia el balcón. Sabía perfectamente hasta donde me quería llevar y cuál era el motivo de arrinconarme, pero cuando llegamos al balcón, Ana se precipitó al vacío.
“Fue el final de mi pesadilla. Me costó mucho poder explicar lo que había pasado en mi casa y que mi mujer me maltrataba, muchas de mis amistades me creyeron...otras no. Algunos familiares decían que era yo el que la maltrataba...otros no. La vida es complicada de explicar muchas veces. La mía, ahora, es muy sencilla: cuido de mi hijo; los dos solos somos felices.”




















Cuando me amé de verdad

Cuando me amé de verdad, comprendí que en cualquier circunstancia, yo estaba en el lugar correcto y en el momento preciso. Y entonces, pude relajarme. Hoy sé que eso tiene nombre: autoestima.
Cuando me amé de verdad, pude percibir que mi angustia y mi sufrimiento emocional, no son sino señales de que voy contra mis propias verdades. Hoy sé que eso es: autenticidad.
Cuando me amé de verdad, dejé de desear que mi vida fuera diferente y comencé a ver que todo lo que acontece contribuye a mi crecimiento. Hoy sé que eso se llama: madurez.
Cuando me amé de verdad, comencé a comprender por qué es ofensivo tratar de forzar una situación o a una persona solo para alcanzar aquello que deseo, aún sabiendo que no es el momento o que la persona (tal vez yo mismo) no está preparada. Hoy sé que el nombre de eso es: respeto.
Cuando me amé de verdad, comencé a librarme de todo lo que no fuese saludable: personas y situaciones, todo y cualquier cosa que me empujara hacia abajo. Al principio, mi razón llamó egoísmo a esa actitud. Hoy sé que se llama: amor hacia uno mismo.
Cuando me amé de verdad, dejé de preocuparme por no tener tiempo libre y desistí de hacer grandes planes; abandoné los mega-proyectos de futuro. Hoy hago lo que encuentro correcto, lo que me gusta, cuando quiero y a mi propio ritmo. Hoy sé que eso es: simplicidad.
Cuando me amé de verdad, desistí de querer tener siempre la razón y, con eso, erré muchas menos veces. Así descubrí la: humildad.
Cuando me amé de verdad, desistí de quedar reviviendo el pasado y de preocuparme por el futuro. Ahora, me mantengo en el presente, que es donde la vida acontece. Hoy vivo un día a la vez. Y eso se llama: plenitud.
Cuando me amé de verdad, comprendí que mi mente puede atormentarme y decepcionarme. Pero cuando yo la coloco al servicio de mi corazón, es una valiosa aliada. Y esto es: ¡saber vivir!
No debemos tener miedo de cuestionarnos. Hasta los planetas chocan y del caos nacen las estrellas.

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