Andrés Garrido del Toral

Bernabé Loyola e hijos

QUERETALIA Actualizada 13/03/2016 a las 08:48    
Andrés Garrido del Toral

Andrés Garrido del Toral

El Querétaro Hacienda de San Juanico 1a. parte
Esta hacienda construida a mediados del siglo XVII perteneció en el siglo XVIII al alférez real y regidor del Ayuntamiento de Querétaro Pedro Antonio de Septién Montero y Austri, llamada en sus orígenes hacienda de Santa María de los Molinos, misma que antes perteneció a doña María Hidalgo. Antes de esta señora la historiadora Patricia Luna Sánchez le adjudica la propiedad de la misma finca al presbítero y licenciado Felipe de las Casas, quien consiguió en 1699 autorización real para construir y explotar un molino para molienda de trigo dada la gran producción que de ese grano tenía la finca, a grado tal que era la principal proveedora de Querétaro y de su convento más rico que era el de las monjas clarisas.
El 9 de febrero de 1867, allá en la Hacienda de Juriquilla, su propietario, don Timoteo Fernández de Jáuregui, entrega sus ocho hijos a su yerno Bernabé Loyola para que éste los cuide en su Hacienda de San Juanico, ya que el longevo suegro se marchaba a la ciudad de México por el temor a la ola liberal y sabía que Bernabé simpatizaba con los juaristas, así que en caso de ganar éstos su familia tendría alguna protección asegurada.
Las boyadas de las haciendas y toda clase de ganados fueron consumidos por las fuerzas imperiales desde antes del sitio. Por medio de don Timoteo Fernández de Jáuregui, los terratenientes pasaron sus quejas a Maximiliano, pero éste sólo dijo: “¿Ya ven ustedes lo que les pasa en Querétaro?”, o sea, contestó una perogrullada y no resolvió nada.
Entre los afectados por los latrocinios imperialistas está Bernabé Loyola, administrador de la hacienda de San Juanico, situada en la salida a Tlacote, misma que es famosa por su piano y elegante mobiliario, y el mejor pianista de la región sería el ahora niño Fernando Loyola -hijo de don Bernabé- poco tiempo después de estos acontecimientos.
El 8 de marzo de 1867 el general Ramón Corona se instala en San Juanico junto con su Ejército de Occidente y allí recibe a Escobedo para acordar el asedio a la ciudad. Los republicanos maniobran frente al enemigo al pie del Cerro de Las Campanas y detienen e interrogan a toda persona que pretenda salir o entrar de la población. Ya están frente a frente las tropas, pero todavía los juaristas sin ocupar posiciones definitivas como para que pueda considerarse como cercada la ciudad. Sólo se escuchan los tiros que las avanzadas de ambos ejércitos se lanzan entre sí. En los llanos de San Juanico se celebró la célebre y vistosa revista de tropas republicanas del 10 de marzo, que tuvo por objeto distraer a los imperialistas para la conversión del Ejército del Norte. Maximiliano tuvo el atrevimiento de decir que era un acto en homenaje a él.
Arreglada la secreta salida de Márquez a México y una vez acabado su correo lleno de nimiedades, se prepara una espectacular salida de Miramón rumbo al poniente, ya que desde el día 20 por la tarde, éste había recibido noticias de que desde el Cerro de Las Campanas se había visto una polvareda aproximándose a San Juanico y al enviar un reconocimiento en la madrugada del 21, se precisó que habían llegado muchos carros y carretas con cargamentos de víveres y otros efectos. El gobernador de Guanajuato, León Guzmán, mandó a sus aliados sitiadores dinero, víveres, municiones, ambulancias, botiquines y mineros reclutados para hacer las obras de zapa, en lo cual resultaron muy útiles.
Como escasean los alimentos entre las tropas de Márquez prontas para la salida, se pretende arrebatar a los republicanos varios carros de avituallamiento que les han llegado. El encargado de esto es Miramón, el que vuelve a ser la figura más destacada de la milicia imperial, quien lo ejecutará el 22 de marzo, día en el que Maximiliano se dirige desde las seis de la mañana al Cerro de Las Campanas donde todos están esperándolo para apoyar -si es necesario- el movimiento de Miramón que es observado por su jefe y compañeros desde la cima del montículo, que sería el cerro más famoso de México. El Macabeo se dirige a la hacienda de El Jacal, donde toma varias cabezas de ganado mayor y menor que envía de inmediato a la plaza. Como relámpago sigue hasta San Juanico (vacía de propietarios, pero llena de soldados republicanos) donde encuentra fuerte resistencia chinaca, pero aun así los vence, después de sorprender a los centinelas y sacrificarlos arteramente. Desde San Gregorio la artillería sitiadora vomita fuego contra Miramón, además de enviarle una carga de caballería al mando del general Guadarrama, pero el héroe de mil batallas se mueve con una increíble rapidez que alcanza a tomar la hacienda y a hacerse con todo lo que había en ella: carneros, cabras y bueyes, municiones, alimentos consistentes en azúcar, frijol, maíz, semillas y sal y veintidós trenes repletos de elementos de boca que habían recibido los juaristas desde la capital potosina y estados circunvecinos, aunque asegura Hilarión Frías y Soto que todo lo robado era propiedad de la hacienda de San Juanico, no de los sitiadores. Concluida la carga del botín de guerra, se inicia el movimiento retrógrado, llevándose de leva a los peones de la hacienda, sintiendo Miramón en sus orejas la respiración de los chinacos. La mayoría de los peones tomados a la fuerza desertó en medio del desorden en que regresaba a Querétaro Miramón y fueron a esconderse a la casa de don Bernabé Loyola en Plaza de Armas (donde estuvo la Legislatura por muchos años, de 1981 a 2015), poniéndolo en graves aprietos para su manutención.
A pesar del éxito obtenido en materia de provisiones, la salida a San Juanico costó muchas vidas de soldados fronterizos y caballos.

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