Sergio Centeno García

Palabra Universitaria Actualizada 11/04/2016 a las 07:24    
Sergio Centeno García

Sergio Centeno García

Conocernos a nosotros mismos
Hace más de 2400 años el maestro Sócrates de Atenas denunciaba ya que los humanos estaban perdidos en la creencia que la felicidad estaba en las cosas externas al hombre, tales como riqueza material, poder, fama, prestigio y belleza física. Y afirmaba que tales cosas no parecían ser en sí mismas bienes, sino que si no eran conducidas por un alma virtuosa, más bien podían constituirse en males. Y en efecto, el poder y el dinero cuando son utilizados por personas malvadas, normalmente sirven para perjudicar a la humanidad con guerras, explotación, esclavitud y cosas peores.
Al mismo tiempo, recomendaba que para ser feliz, bueno y sano, era imprescindible el estudio de sí mismo y el cultivo de la razón, el cuidado del alma. Y aunque el maestro de Atenas nada escribió, comentan los estudiosos que afirmaba: “Nos ordena conocer el alma aquél que nos recomienda conócete a ti mismo”. (Quienes conocen un poco de filosofía académica, saben bien que la frase “conócete a ti mismo” no es propia del maestro Sócrates, y mucho menos la frase mal dicha “Yo sólo sé que no sé nada”, ya que la frase correcta debe ser “Yo sólo sé que nada sé”).
En pocas palabras, el filósofo griego planteaba que el ser humano estaba constituido por cuerpo y alma, y que del cuerpo se derivaban las pasiones, los sentidos y todo lo relacionado con los placeres corporales, lo cual poseen también todos los animales. Así que el cuerpo no podía ser la parte más importante del hombre, en cambio, pensaba que el alma (razón o inteligencia) era su verdadera esencia, ya que convertía al humano en un ser muy distinto a las bestias.
Por lo tanto, si el alma (razón) era la verdadera esencia del hombre, no era el cuidado del cuerpo en lo que se debería poner mayor atención y empeño, sino en el cuidado del alma, en el cultivo de la inteligencia con el propósito de llegar a la sabiduría. Y ésta era, según el maestro, la tarea suprema de todo educador, tarea a la cual él mismo había dedicado toda su vida obedeciendo una especie de mandato que dios le había encomendado. Su alumno Platón, otro gran maestro, así lo consigna en su diálogo Apología, dijo Sócrates: “Que ésta…. Es la orden del dios; y estoy persuadido de que para vosotros no habrá mayor bien en la ciudad que esta obediencia mía al dios. En verdad, a lo largo de mi caminar no hago otra cosa que persuadiros a jóvenes y viejos, de que no es el cuerpo de lo que debéis preocuparos, ni de las riquezas ni de ninguna otra cosa antes y más que del alma, para que ésta se convierta en óptima y virtuosísima; y que la virtud no nace de la riqueza, sino que la riqueza nace de la virtud, así como todas las demás cosas que son bienes para el hombre, tanto para los ciudadanos individuales, como para la polis”.
Proponía Sócrates desde aquellos lejanos tiempos una revolución total en la escala tradicional de los valores. Según él los verdaderos valores humanos no son aquellos que derivan de las cosas exteriores como la riqueza, el poder o la fama, ni tampoco aquellos que derivan del cuerpo tales como el vigor físico, la salud corporal o la belleza física, sino exclusivamente los valores emanados del alma, los cuales están comprendidos todos en el conocimiento; o mejor dicho, en la sabiduría.
Para nuestro filósofo sólo aquél que se conoce a sí mismo puede lograr el autodominio y por lo tanto la autarquía. El autodominio consistía en poder sojuzgar a través de la razón, todas aquellas pasiones o impulsos propios de la animalidad, logrando de este modo que el alma o inteligencia se convierta en ama y señora del cuerpo y de todos los instintos derivados de él.
Y de esta manera al conocerse a sí mismo y obtener el autocontrol, se lograba al mismo tiempo la libertad, pues para el maestro Sócrates, ser verdaderamente libre significaba dominar los instintos y someterlos al imperio de la razón, mientras que ser verdaderamente esclavo consistía en dejarse dominar por los instintos o pasiones corporales.
La autarquía por otro lado, significaba algo así como bastarse a sí mismo para ser feliz. O en otras palabras, necesitar lo menos posible de los demás para ser feliz. Quien lograba esta condición de autarquía al mismo tiempo se acercaba más a dios, pues éste de nada ni nadie necesita. Y ciertamente el sabio o filósofo que logra dominar racionalmente las pasiones, puede eliminar de su vida la necesidad de todo lo superfluo, de todo lo material que para los ignorantes tiene tanta importancia y bastarle el cultivo de la razón, de la filosofía para ser feliz. Es cierto que la salud corporal es también importante, pero según el filósofo, se necesita muy poco para estar bien de salud física: tal vez cuidar mucho la alimentación eliminando aquello que daña al cuerpo y suficiente gimnasia.
Hace casi dos siglos y medio que el maestro Sócrates denunciaba el perjuicio tan grande que causaba al alma y en consecuencia a la humanidad, el gran apego a la riqueza material, a la fama y a toda cosa superflua, y al mismo tiempo, recomendaba ya ocuparse de la reflexión filosófica existencial para lograr la autarquía y la felicidad, y sin embargo, hoy en día ese apego a lo material, esa búsqueda de la fama y el prestigio, no sólo se han incrementado en gran medida sino que se encuentran más arraigados que nunca en la vida humana, tanto que el dinero prácticamente se ha convertido en el verdadero dios que da alegría a los hombres. Por ello, parece ser que las enseñanzas de Sócrates y de tantos otros maestros que han existido a lo largo de la historia de la humanidad de muy poco han servido, pues hombres y mujeres de todo el mundo seguimos peleando por territorio y comida (que no son otra cosa que posesiones y dinero), y hasta el momento parece que ninguna religión, ningún partido político o gobierno del mundo, y tampoco ninguna universidad, han hecho absolutamente nada para cambiar esta realidad que cada día es más asfixiante. Hace falta, pues, y parece ya urgente, que cada uno de nosotros empecemos a conocernos a nosotros mismos. Pienso.

Comentarios: sergiocenteno05@live.com

 

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