Especiales de Domingo

Andrés Garrido del Toral

QUERETALIA

El Querétaro teológico Actualizada 10/07/2016 a las 09:57    
Dijo don Faustino Armendáriz Jiménez que las fachadas de los cinco templos fernandinos en la Sierra Gorda, obra de la inspiración juniperiana, son “Biblias para la gente sencilla, pero también para los intelectuales”. Con esta inobjetable verdad que cerró la presentación del magnífico libro “Un paraíso de argamasa”, de la autoría del padre e ingeniero Óscar Cabrera Arvizu, aceptamos la recomendación que nos hacen el autor y el francés Francois Hartog de que los monumentos son memoria viva con los que tenemos que charlar para comprenderlos en lo más profundo. Dicho esto, me dispuse a viajar a bordo de mi humilde Fiat 500 L, sin mi perro Moro -que está convaleciente-, y agarré para Tilaco primeramente, porque sus peregrinas sirenitas sonrientes me seducen.
En San Francisco de Tilaco me inundó la nostalgia de dos grandes hombres admirados por mí y no pude contener el llanto: ahí están enterrados el inmenso misionero Miracle y, a su lado, el fraile e historiador Lino Gómez Canedo. Repuesto de mis peregrinas emociones me senté en el atrio para poder contemplar en toda su grandeza esta lección de Teología, que sigue llevando la palabra de Dios a los ignorantes como yo. Es casi imposible fijar la vista y atención en un solo elemento de la portada, ya que cada uno de ellos te llama. Cuando consigo hacerlo escojo a las cuatro sirenitas, las que están despojadas del sentido pecaminoso y maligno que algunos macarras de la moral les quieren endilgar. Eso sí, están más inmaduras que las severas sirenas de Landa, pero eso, a que sean objetos demoníacos, es muy diferente. Las sirenitas de Tilaco son alegres e ingenuas, están más cerca de la tierra que del cielo -en comparación con las de Landa- y por eso su desparpajo, son niñas, están cachorritas diría Chava García Alcocer.
No se nos había ocurrido relacionar a estas figurillas marinas con la mezcla de arte plateresco e indígena que hay en los cinco templos misionales, pero les voy a relatar un suceso que nos ocurrió en abril de este 2016 con motivo del “Encuentro de Historiadores Juniperianos”, organizado por el talentoso Junípero Cabrera Berrones, director del Museo de la Sierra Gorda: estábamos en un receso los cultos Rodolfo Anaya Larios, Eduardo
Rabell Urbiola y yo, cuando se nos ocurrió echarle una mirada peregrina a los nuevos materiales con que se dotó a dicho centro expositor; al llegar al salón de la época virreinal nos llamó la atención una figurilla ocre, de barro, que representa a la diosa chichimeca “Cachúm”, la deidad más importante de los serranos en estado natural, la que entregaron en 1758 a Junípero Serra en un acto de rendición ante la religión de Cristo. Las sombras de las luces de la bien montada museografía nos mostraron algo que no esperábamos ver: ¡en medio del cuerpo de Cachúm se dejaba ver la figura de una sirena! Sí señores, no nos habíamos tomado ningún tequila y estábamos contemplando algo no develado a nuestro saber, y eso que Anaya Larios es uno de los mejores expertos en el arte de las imágenes en México. En el cuerpo de Cachúm estaba representada el contorno de una sirenilla, con todo y sus tiernos pechos de niña. No sé a plena luz del día, pero con las sombras que provocan las luces de esa museografía se revelaba ese fenómeno físico, lo que nos llevó a peregrinas conclusiones.
No sabemos si la creación y puesta en las fachadas de las sirenas de Tilaco y Landa por parte de los artistas indígenas en verdad ocultaban una secreta veneración por su diosa ancestral y las sirenitas solamente fueron el pretexto estético para no ser descubiertos por los frailes fernandinos. ¡En cuántos lugares de México y América no se dio este caso de que debajo de las imágenes de la Virgen María los indígenas colocaban a sus deidades como La Tenanchita o Cachúm! pongo el ejemplo cercano de El Pueblito, cuando todavía se llamaba San Francisco Galileo, y los indios colocaron en el altar de la Patrona de la ciudad de Santiago de Querétaro de manera oculta a Tonantzin, para que los protegiera de la venganza de sus dioses ancestrales que desataron una epidemia terrible en el siglo XVII, pensando los naturales que fue por haber abrazado otra religión.
Conmocionados por el descubrimiento nos fuimos a escuchar la conferencia magistral de Toño Loyola Vera, haciendo el pacto de que me daban permiso mis contertulios de publicarlo en mi irreverente columneja en el periódico de Querétaro, Plaza de Armas. Perdonando ustedes mi digresión regreso a mi charla con las cuatro sirenas del valle de Tilaco, las que según Óscar Cabrera fueron idea de los misioneros y no de los chichimecas, pero que seguramente no objetaron estos adornos porque al ser nómadas, seguramente conocían el mar y la costa, al tener relaciones con los pueblos de Pánuco, además de que los primeros pobladores serranos fueron emigrantes costeros que de Tamaulipas y Veracruz llegaron a esta parte de la Sierra Madre Oriental. En la Sierra Gorda no hay mar, pero de que lo hubo lo hubo, simplemente veamos los fósiles marinos encriptados en El Lobo y Agua Zarca, municipio de Landa de Matamoros, o en San Antonio de El Doctor, municipio de Cadereyta. Advierto a ustedes que La Naval Queretana nunca incursionó a la parte norteña de nuestra entidad; sus carísimos y horripilante aguardientes se quedaron envenenando a los queretanos capitalinos.
Es muy sabido que de los misioneros fernandinos que acompañaron al santo Junípero Serra solamente uno era novohispano y los demás fueron españoles, muy dedicados al estudio de los clásicos, encontrando en el mensaje de las fachadas de Landa y Tilaco el triunfo de Cristo sobre la sensualidad, los vicios, la inmoralidad y el mal. Escribió don Pedro Calderón de la Barca en su drama “El golfo de las Sirenas” (no soy yo) que estos seres cantaban y encantaban, como Martín Urieta y su aguardentosa voz. Con la belleza de su rostro y sus cantos, las sirenas extraviaban a los viajeros, según los griegos, pues a mí también me perdieron en un alarde de barroco y plateresco que sigo penando y gimiendo por ellas. Su hechizo es mortal. Nos dice Hugo Rahner que la embarcación, navegando de prisa a puerto seguro, es el símbolo de la Iglesia de Cristo, el mar es el mundo, el mástil es la cruz y las sirenas son la representación de las tentaciones.
Para Hipólito de Roma, el mar embravecido son las doctrinas de los heréticos, estando este mar -como el estrecho de Sicilia, donde estaba el Monte de las Sirenas- habitado por animales feroces. El erudito presbítero Cabello nos remonta al origen etimológico de la palabra “sirena” que significa lo fascinante o encantador, estando representada casi siempre por una mujer bella, erótica, pero a partir de Homero, porque en otras épocas se le representaba con vampiros o espectros que se alimentaban de la sangre de la gente, como los diputadetes que conocemos. Para Cabello, estas sirenas de Tilaco fueron tomadas de las cuatro sirenas de la obra de Calderón de la Barca.
Cuando les pregunté a las cuatro sirenillas chacoteadoras de Tilaco quiénes eran me contestaron al unísono: “somos seres dulces, inocentes, sensuales, pero extremadamente peligrosas, infernales y fatales, y si no te largas Divo Peregrino te vamos a cantar algo para que te sientas cerca del Hades (infierno entre los griegos)”. Alcancé a decirles que no fueran así y me remataron en la jeta diciendo: “somos seres etéreos que fascinamos a los imprudentes como tú, te vamos a excitar con nuestro canto y luego te llevaremos a la perdición, que ni de tu peregrina Querétaro te vas a acordar y ni vas a querer regresar”.
Cual Ulises, decidí taponarme los oídos con cera e ignorándolas me puse a ver el resto de la fachada y encontré un verdadero viaje hacia Dios, con Cristo atado a su cruz y san Francisco de Asís uniéndose a él. Solamente ignorando a las sirenas y sus placeres sensuales, podré llegar al cielo, me gritó la fachada entera. Remata su relato el padre Cabello diciendo que no está de acuerdo con la famosa francesa Monique Gustin en aquello de que esta fachada es una fe ingenua: ¡qué ingenua ni que la lingada! (esto lo digo yo). “Se trata de un auto sacramental en estuco que invita al observador a emprender el Sacro viaje”. Les vendo un puerco en forma de sirena, disfrazada de Miroslava o, ya de jodido, de Edith González, aunque me haya traicionado con el panucho de Santiago Creel.
 

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