Rafael Cardona

EL CRISTALAZO Actualizada 12/07/2016 a las 07:47    
Rafael Cardona

Rafael Cardona

¿Quien podría justificarlo?


Vivimos en plena época del animalismo.

Todos nos preocupamos, o decimos preocuparnos, por los animales. Gastamos dinero a raudales en alimentos concentrados para perro y los fabricantes de latas para gatos obtienen tantas ganancias como para estimular la codicia de los fiscalistas quienes les han impuesto un gravamen como si se tratara de caviar.

Quizá, si se comparan las croquetas y festines felinos (complementados, dicen los fabricantes, con minerales, bajos en sodio y plenos antioxidantes) con la dieta de los pobres (quelites, frijoles y tortillas), los mininos , morrongos, micifuces o como se llamen, comen mejor. Pero eso no es culpa de ellos sino de su belleza.

¿Quién se resiste a los ojos de gato y sus movimientos de serpiente con abrigo de pieles?

También nos horrorizamos hasta el extremo cuando vemos la sevicia de un asesinato masivo de perros en la Colonia Condesa (en Iztapalapa no sería novedad, ni siquiera en un puesto de barbacoa) y alzamos los ojos al cielo en clamor de piedad, pues para eso hay una y mil organizaciones defensoras de los derechos de los irracionales, quienes no necesitan la razón para merecer la justicia, la bondad y los buenos sentimientos.

Pero el asunto es cuánto nos preocupamos, o decimos preocuparnos por los animales y el buen trato al cual tienen derecho. No se si llamarlo derecho sea lo adecuado. Quizá fuera mejor dejar de lado el derecho e imponernos todos la obligación de respetar su condición, lo cual no se mide en si pueden entrar o no con nosotros a las tiendas, los restaurantes o la misa de 11.

Y aquí vienen los “asegunes”.

No todos somos Axel Munthe quien fue capaz de comprar parte de la Isla de Capri sólo para darles refugio seguro a los ruiseñores del Mediterráneo a los cuales los mercaderes les sacaban los ojos para mejorar el trino celestial de sus gorjeos. Como a los niños castrados, los pájaros ciegos. Y por paradoja el propio Munthe quedó ciego. Vaya cosas.

El cautiverio de animales es una herencia cultural de todos. Al menos de todos quienes vimos por primera vez especies silvestres en la relativa domesticidad de circos y zoológicos. Hoy los circos ya no tienen bestias (otras bestias lo prohibieron) y los parques de cautiverio son vistos cada vez más con mayor recelo, especialmente por las evidencias de mal trato.

Pero esa es una pavada: el cautiverio es el principio del mal trato, lo mismo en las múltiples jaulas de canarios en la casa materna, en el acuario, en los parques con delfines terapéuticos o simplemente divertidos. Cruel es el maquech en la blusa de la novia, como el cautivo vuelo del cocuyo en el frasco de cristal nocturno.

Malo poner a bailar al perro sobre la plancha caliente, o la lucha de peces hambrientos; horroroso aumentar el peso de un gorrión adivino y sin vuelo con municiones en la panza, alevoso cortar las alas del loro o al perico parlanchín, locutor involuntario.

Muchas cosas no tienen sentido ni justificación. Pero a la consideración de usted pongo dos noticias relacionadas con los animales y el trato con ellos.

La primera:

“El gorila Bantú, último macho de su especie que vivía en un zoo en México, murió de un paro cardiorrespiratorio cuando los técnicos y veterinarios preparaban al animal para ser trasladado a otro zoológico para que pudiera convivir con dos hembras de su especie, según han informado de julio las autoridades mexicanas.
“Bantú, de 24 años, sufrió el paro la noche del miércoles después de haber sido sedado para su traslado desde el zoológico de Chapultepec en Ciudad de México al de la ciudad de Guadalajara, unos 550 kilómetros al noroeste de la capital”.

Y la segunda:

“Víctor Barrio, torero segoviano de 29 años, falleció en la tarde de ayer en la plaza de toros de Teruel, a causa de una brutal cornada en el pecho que le infirió el tercer toro de la tarde...

“… Todo ocurrió en la faena de muleta. El toro, de la ganadería de Los Maños, al que Barrio había recibido de rodillas en la puerta de chiqueros, acudió con bravura al capote. Posteriormente, lo toreó con largura sobre la mano derecha, y en un descuido fue volteado de fea manera hiriéndole en un muslo. Ya en la arena, el toro hizo por él, lo corneó en la axila derecha, lo apretó contra el suelo y el pitón le atravesó el pecho y le llegó al corazón…”

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