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Crónica

Actualizada 03/11/2015 a las 07:58    
Crónica
“Nunca he dejado de amarlo”


“¡No!, gracias. Este cabrón ya no escucha. De hecho nunca me escuchó y por eso lo vengo a ver aquí”, fue la respuesta de botepronto que dio doña Carmelita Esparza a un trio de norteños que le ofreció una canción para su difunto marido. Es la primera en entrar al Panteón el Cimatario minutos antes de las 7:00 de la mañana. A pesar de lo duro de sus palabras, al estar frente a la tumba de quien por más de 50 años fue su marido, se quiebra. Para doña Carmelita no es una cuestión de conmemoración. Asegura que ella religiosamente viene cada sábado a platicar con su esposo Joel Jiménez. “Nunca he dejado de amarlo. Es el padre de mis cinco hijos. Murió a causa de la diabetes por no dejar de tomar”.
En el caso de otros, la promesa de “Nunca te olvidaremos”, grabada en miles de lápidas, no siempre ha sido verdad. Muchas de las tumbas en este panteón están en completo abandono, entre bustos decapitados, herrería oxidada y epitafios apenas legibles.
Para los grupos musicales fue una tarde difícil al interior del cementerio. Y es que la tecnología ya alcanzó a los difuntos. En lugar de pagar 100 pesos por canción, los queretanos han optado por llevar sus bocinas bluetooth de alta fidelidad para reproducir a capricho desde sus teléfonos inteligentes las canciones favoritas de sus seres queridos; “Amor eterno”, “La negra cruz”, “Cuando dos almas”, “Cruz de olvido”, “Te vas, ángel mío”. Para donde se voltee hay algún trío o cuarteto a la espera de que alguien solicite una canción. “Ya no es lo mismo que antes. Ahora somos muchos y la gente ya no quiere pagar las canciones”, se queja don Alfonso Jiménez, quien por azares del destino llegó desde Chihuahua hasta Querétaro cuando se desintegró su grupo original hace 25 años. La expresión de los rostros de los dolientes es la misma del día que enterraron a sus muertos y, en algunos, las lágrimas regresan. Cada una de las tumbas cuenta su historia. Como la del señor Lázaro Hernández Guzmán, agente del Servicio Secreto del Estado, quien “fue asesinado cobardemente por los transgresores de la ley el 19 de noviembre de 1943. Modesto recuerdo de sus jefes, amigos y familiares”.
Cruzando la puerta hacia la calle, se les pasa el duelo con el olor a garnachas, guajolotes, flautitas, tacos de guisos, mariscos capeados, crepas rellenas, hot dogs de a tres por 35 pesos, esquites y todo cuanto pudieron instalar en la Avenida Cimatario. Sin embargo, la conmemoración de los difuntos no ha tenido la misma convocatoria que otros años; de los casi 200 mil queretanos que se esperaban, apenas fueron más de 100 mil, contando los ocho cementerios.

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