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30 de enero de 2010... “la noche más larga de mi vida”

MARGARITA SOLANO ENVIADA ESPECIAL/LOPOLITICO.COM Actualizada 04/02/2016 a las 09:40    
Lupe Cadena perdió a su hijo cuando un comando abrió fuego contra él y otros 15 jóvenes durante una fiesta, el pasado 30 de enero de 2010.  FOTO: MARGARITA SOLANO

Lupe Cadena perdió a su hijo cuando un comando abrió fuego contra él y otros 15 jóvenes durante una fiesta, el pasado 30 de enero de 2010. FOTO: MARGARITA SOLANO

Villas de Salvárcar, 30 de enero de 2010. 9:30 de la noche. Suena el teléfono.
-¿Papá me dejas quedar en la casa de Sanders?
-No. Sabes que no me gusta que duermas en casa ajena.
-¿Entonces pasas por mi cuando termine la fiesta?
-¿A qué horas?
-Pues más tarde papá-
11:30 de la noche, segunda llamada y su última conversación.
-Hola papá.
-¿Cómo estás hijo?
-Bien, bien.
-¿A ver hazme un cuatro? -lo reta el padre por el auricular.
Al fondo la risa de los muchachos. Se burlaban de ver a Rodrigo sosteniendo el equilibrio como si su papá lo estuviera viendo.
Un viento frío sopla, se cuela por la espalda de Lupe Cadena, mientras su esposo conduce rumbo a la Colonia Villas de Salvárcar al oriente de Ciudad Juárez.
¿Qué habrá pasado? Se preguntan los padres de Rodrigo después de la llamada de la mamá de Sanders, un compañero del futbol americano que les pide con voz nerviosa que vayan a la casa, que algo pasó.
Los papás de Rodrigo se miran sentados en el auto, tiemblan de frío a la misma vez.
“Cuando llegamos a Villas de Salvárcar vemos a muchos policías, dice mi esposo molesto ‘¿Pues qué hicieron estos muchachos?’. Estaciona el carro en la calle de un costado, ya estaba encintada la zona, se pasa la cinta, me dice ‘no te muevas de ahí del carro’ y al minuto lo escucho gritar.
“Es el grito más ensordecedor que puede escucharse de un
hombre.
“En ese momento yo supe que algo muy malo le había pasado a Rodrigo.
Salgo corriendo del auto, nadie me detiene, no me podían detener, me topo con la mamá de Sanders y veo a mi esposo gritar y ella me dice ‘entraron unos hombres y le dispararon a Rodrigo’.
“Cuando yo entro a la calle veo unos cuerpos tirados a un lado, en la casa de enseguida se veía sangre, Rodrigo estaba en la casa de en medio. Entré en shock… empiezo yo a gritar, me encierran en la casa de enfrente, pues no me podían controlar, desde ahí alcanzaba a ver la casa donde fallecieron los demás jóvenes y aquello era… pues una escena terrible, yo creo que… la noche más larga de mi vida, recuerdo que gritaba que mi hijo tenía que ir a la universidad, que él no podía estar muerto.
“De repente se acerca un oficial, yo no sabía cuántos jóvenes habían muerto, yo sabía que Medrano estaba en el hospital, yo sabía que Parra estaba en el hospital, yo sabía que Alan estaba en el hospital, que eran varios de sus compañeros de futbol americano que estaban hospitalizados, pero yo no sabía cuántos habían fallecido en ese momento.
“Yo veía cuerpos, yo veía gente, escuchaba gritos, porque todos gritábamos, las madres gritaban, los familiares que iban llegando, los mismo policías lloraban.
“Se acerca el oficial y le dice a mi esposo ‘¿Cuál es el nombre de su muchacho? A lo mejor está en el hospital’. Yo todavía tenía la esperanza, pero el oficial revisa y mueve la cabeza… entonces en ese momento supe que Rodrigo era el que estaba ahí en esa casa, mi muchacho estaba muerto”.
La ráfaga de disparos alcanzó a 15 personas esa noche. La mayoría jóvenes que aún no cumplían la mayoría de edad, algunos cayeron al piso intentando saltar la barda para sobrevivir. Allí, tendidos en el suelo con un tiro de gracia, perdieron la vida, Rodrigo Cadena, José Luis Aguilar, Horacio Soto, los hermanos Marcos y José Luis Piña, José Adrian Encinas, Jesús Armando Segovia, Brenda Escamilla, Juan Carlos Medrano, Carlos Lucio. Cuatro adultos, padres de algunos de los estudiantes muertos, cayeron también abatidos por las balas.
Las autoridades municipales encontraron 89 casquillos de bala en la escena del crimen, donde un comando armado de 15 hombres en cuatro camionetas llegó a la Colonia Villas de Salvárcar y bloquearon el acceso a la calle Villa de la Paloma buscando a sus rivales, los Artistas Asesinos, ligados al Cártel de Sinaloa. Pero no, no eran ellos, eran jóvenes de bien que celebraban una victoria deportiva.
Rodrigo tenía 17 años 8 meses y en su último cumpleaños aparece untado de pastel en la nariz. Cursaba su último año de preparatoria, tenía los brazos fuertes, fornidos, como todo un jugador de futbol americano. Entrenaba en las noches con el equipo Jaguares, el mismo que quedó campeón en su categoría derrotando a los Borregos del Tec de Monterrey. Cuando no entrenaba americano, Rodrigo iba con los Jaguares a sacarle sonrisas a los ancianos en los asilos o a los niños enfermos de leucemia. El próximo 7 de abril, Rodrigo cumpliría 24 años y sus tres hermanos estarían planeando a dónde irse de vacaciones.
“Mamá, el día que tú te mueras lo que más voy a extrañar de ti son tus huevos con jamón”, fue lo último que Lupe escuchó de Rodrigo sin imaginar que, horas más tarde, un viento helado la haría temblar camino a Villas de Salvárcar.

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