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Rodrigo Cadena Dávila y el nombre de 15 jóvenes

MARGARITA SOLANO ENVIADA ESPECIAL/LOPOLITICO.COM Actualizada 04/02/2016 a las 09:42    
El equipo Los Jaguares, de futbol americano, fueron solo algunas víctimas de la violencia.  MARGARITA SOLANO

El equipo Los Jaguares, de futbol americano, fueron solo algunas víctimas de la violencia. MARGARITA SOLANO



Fernando tiene los brazos fuertes y, junto a su esternón extendido, podría pasar por un fisicoculturista, aunque le falta estatura. Su físico es el resultado de varias horas a la semana entrenando futbol americano de la mano de su papá, el coach de Los Jaguares, el equipo que integraba Rodrigo y Juan Carlos, asesinados en Villas del Salvárcar hace 6 años.
Se define como un hombre católico. Dirigía un grupo de jóvenes en la Iglesia, rescatando valores como la solidaridad, el perdón, orando por las víctimas, intentando quitar el odio de tantos corazones envenenados.
La mañana del domingo 31 de enero de 2010 hizo un rezo especial en nombre de los 15 muchachos masacrados la noche anterior. Rodrigo era especial para Fernando. Estudiaba con su hermano menor, iban juntos al gimnasio a entrenar, visitaba la casa para hacer tareas, era de la familia, le apasionaba el futbol americano. Todo eso pasó por la mente de Fernando esa mañana de domingo, improvisando una oración en la Iglesia principal de Ciudad Juárez.
Antes de trabajar en la casa naranja con verde donde hoy tiene su oficina, Fernando tuvo una oferta de trabajo más ambiciosa, quizás mejor remunerada. Le pedían dirigir un grupo de jóvenes capacitadores en Tamaulipas, Chihuahua y Coahuila. Pudo aceptar la oferta, pero en cambio apostó por comenzar desde cero la construcción de una asociación civil para recomponer el tejido social de una ciudad golpeada por la violencia.
Un joven toca la puerta con dos botellas de agua.
Delgado, veinteañero, brazos inflados por el ejercicio. Es el hermano menor de Fernando, que hoy tiene 24, la misma edad que tendría su amigo Rodrigo Cadena si la delincuencia organizada no lo hubiera confundido con un pandillero.
-Mi hermano iba ir a esa fiesta, pero a último momento mi papá no lo dejó ir. Recuerdo todavía ese pleito, y cuando sucedió la masacre yo mismo me dije “no puedo esperar a que asesinen a mi hermano para hacer algo por los jóvenes de mi ciudad”.
Fernando y un grupo de 30 jóvenes rescataron una casa donde hoy funciona Jaguares, Jóvenes de Bien. Con brochas, cubetas, pintura donada, otra comprada con recolectas vecinales, lograron pintar, reconstruir, tapar los huecos, remodelar baños de una vivienda dada en comodato por unas monjas que les pidieron recuperar la casona a cambio de quedarse con ella.
Desde allí, Gallegos dirige una A.C. que busca llevar talleres, charlas y capacitaciones de prevención, sexualidad y actividad física a escuelas ubicadas en zonas marginales de la ciudad fronteriza. La idea llegó después del asesinato de Rodrigo Cadena, de una mamá que clamaba justicia, pero que no estaba dispuesta a cruzarse de brazos, de un coach de futbol americano que inculca valentía, disciplina, perseverancia en sus muchachos. Y aquí están, a 5 años de una tragedia que dio paso a una bocanada de aire fresco en tiempos convulsos.
Un pizarrón blanco con letras verdes muestra un calendario de actividades con fechas, actividades, interrogantes, voluntarios. Uno de ellos se llama Familia, un programa apoyado por sicólogos y nutriólogos que consiste en realizar encuentros, dinámicas, pláticas y convivencia entre los padres e hijos de los equipos deportivos.
Aunque Fernando reconoce que falta mucho por hacer, 500 familias se han beneficiado de este espacio que les permite acercarse a sus hijos por medio del deporte. Pero hay más. Jaguares, jóvenes de bien, busca darle empleo a los jóvenes por medio de trabajos temporales que les ayuden a la economía familiar. De la mano del sector público y privado, jóvenes mayores de 18 años pintan escuelas, limpian calles, parques, hacen carpintería, jardinería, se ganan la vida. Para los más pequeños, hay actividades deportivas, culturales, artísticas en las escuelas públicas del oriente de la ciudad.
Lupe Cadena se viste de luto. Suéter morado, bufanda gris. Sentada en un escritorio viendo pasar las fotos de Rodrigo en vida.
-Esta me la mandó una amiga de él, esta otra también, es que muchos amigos me mandan fotos de Rodrigo todavía y aquí las voy guardando -sonríe al ver la nariz de Rodrigo untada de pastel en su último cumpleaños.
Cuando no está aquí, Lupe se reúne con organismos internacionales, consulados, embajadas, asociaciones civiles, autoridades locales, estatales y federales. Intercambian experiencias, busca fondos para ampliar la red de apoyo a los jóvenes, para pintar la casa, para ponerle un baño, para contratar a un psicólogo más.
-Treinta de enero para mí significa Rodrigo Cadena Dávila y el nombre de 15 jóvenes más que partieron junto a él aquel día, significa lucha, es el recordar la fecha en que mi hijo partió de la manera más cruel que se le puede quitar la vida a un ser humano, pero a la vez también significa no olvidar, para que no se vuelva a repetir. El 30 de enero significa para mí, como decía mi hijo, no dejar de mover las piernas y aquí estoy moviéndolas por él, por los jóvenes como él, 30 de enero es un homenaje a la vida.
El año pasado Lupe vio a Rodrigo en un niño de 7 años vestido de futbolista americano. Meses atrás, un papá le pidió la foto de Rodrigo para después mostrarle en el campo de futbol a un joven tan parecido a él que por minutos sintió que lo veía corriendo detrás del balón.
-Son esos ángeles que Dios nos envía de alguna manera, son esas caricias al alma que nos da a través de los niños, de los jóvenes que veo, que se parecen a él, que ayudo por él.
Cinco personas han sido juzgadas por la masacre de Villas de Salvárcar en el 2010. Uno salió libre por la Suprema Corte de Justicia, no por ser inocente, sino por tomarle su declaración en una guarnición militar. Se cuenta que más de 16 criminales participaron en el asesinato que enlutó a Ciudad Juárez.
Se sabe también que la carpeta de investigación continúa abierta.
Se sabe que hoy Ciudad Juárez necesita contar una historia de paz.
Ellos se lo merecen.

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