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INGENIERÍA HUMANA

Temeridad y cobardía en la juventud

EUGENIO GARCÍA ROMERO Actualizada 12/02/2016 a las 10:51    
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La juventud es la construcción de una ideología que emerge como un importante hecho histórico al establecerse una etapa vital entre la infancia y la adultez, en virtud de determinadas necesidades de reproducción social, que se asocia con un cambio psicobiológico en los individuos; se trata de un proceso en el que el individuo empieza a considerarse un ser humano productivo y responsable de sí mismo, que esperaríamos que así sea.
Juventud, más que una palabra
El sociólogo Ulrich Beck, en su libro “La sociedad de riesgo. Hacia una nueva modernidad”, menciona que en la juventud se vive un proceso que el autor llama “la individualización”, el cual tiende a la institucionalización y estandarización de las situaciones de vida de un individuo: define sus opciones sobre formación, profesión, trabajo, lugar de residencia, elección de pareja, cantidad de hijos, etc. Para Ulrich, la individualización significa el proceso por el cual un sujeto construye su propia biografía al margen de pautas previas.
Apartamiento del padre
Por otro lado, Sigmund Freud, en “Sobre la psicología del colegial” sus Obras Completas, abrevia la definición cuando señala que la juventud de un sujeto está enmarcada por una característica: el apartamiento del padre. Aunque la figura del padre esté menos reconocida en la actualidad de lo que era en la época freudiana, el joven de hoy se aparta del discurso familiar, que lo hace un sujeto infantil, que lo objetualiza, y se aparta en la medida que enfrenta el otro discurso, el de afuera, el de la calle, el de la realidad, que lo confronta con la incertidumbre y el azar. El sujeto se lanza a responder a la presión que experimenta como demanda de autonomía, pero a la vez, con idéntica intensidad, está acosado por los deseos de pertenecer a algo y tener sus propias raíces. Es por esta ambivalencia que aparecen rasgos de cobardía y de temeridad.
Pérdida de seguridad
La construcción que el joven tiene que hacer se realiza contando con dos elementos: Primero, lo que ha logrado capitalizar en su infancia y adolescencia. Las identificaciones que trae serán su materia prima. Los esfuerzos de creencia en sí mismo están apoyados en elementos familiares, vecinales. Sus armas son sus propias ficciones, mentiras historiadas, las tradiciones y mitos familiares con los que hasta ahora ha sobrevivido. Aunque durante esta etapa se pondrán en cuestión los vínculos con lo familiar en el sentido de dependencias en la subsistencia y dominio tradicionales, el joven constata una pérdida de seguridades tradicionales o entrará en la dimensión de desencanto frente a ellas.
Segundo
El sujeto joven trata de afirmarse fuera del mundo familiar, lucha por lograr una identidad y la mide a través de la competencia, el éxito, el poder de seducción sobre un partenaire sexual, la fuerza, la aprobación de otros y sobre todo por su solvencia para ser feliz; y debe hacerlo con la puesta ya a punto del pensamiento analítico, interpretativo y abstracto. Entonces podemos ver que se trata de un proceso condicionado desde las instituciones sociales que obligan a los jóvenes a desarrollar su propia biografía, e individual, al depender del mercado estudiantil, laboral, de las condiciones de vida, del consumo, de las regulaciones sociales.
Condición intermedia
Como resultante entre estas dos condiciones anteriores, aparece una intermedia: Para compensar la angustia entre la temeridad y la cobardía, el joven se crea un espacio nuevo, un nuevo tipo de cohesión social mediante la creación de grupos que pueden tener diferentes constituciones: bandas, pandillas, barra de amigos, tribus o simplemente “parches”. Son espacios para construirse a partir de un modo de estar juntos, para socializar la independencia que se vaya teniendo, la masculinidad o la feminidad que se empieza a reconocer, la conquista del afuera, las primeras experiencias, lo corporal y hasta las formas de pensamiento.
¿Tribus urbanas?
José Fernando Velásquez V, en su trabajo “La juventud y la época”, cita que la búsqueda experimental de estos grupos se guía según el tipo de rasgos con los cuales se identifica, del nivel de aprobación y aceptación de otros. Se trata de comunidades vinculadas a opiniones transitorias inconsistentes, de carácter gregario, que se cohesionan por identificaciones definidas y excluyentes; hay algunas que son mucho más fuertes, llamadas por la sociología “tribus”, que tácitamente exigen obediencia y pérdida de autonomía a cambio de la pertenencia que ofrece. Tribus urbanas como las que hay en el ámbito de las conductas sexuales (bisexuales, homosexuales, heterosexuales, etc.), los gustos musicales (tecno, góticos, metal, hip hop, tecno electrónica), las inclinaciones artísticas, deportivas o culturales, las creencias religiosas, las actividades de alto riesgo como los skywalkers, o ideologías como los skinheads, satánicos, etc.
Sin imagen paternal
La sociedad ha dejado su imagen paternal, ya no provee los bienes ni los ideales necesarios para una vida, como lo hacían la familia, la tradición, la religión o el empleo en una empresa. La saturación y el rebosamiento de los grandes modelos, como ser padre, ser madre, tener o pertenecer a una empresa o a una misma religión, ha generado un vacío. La seguridad y otros aspectos de la vida humana han entrado en el ámbito del “hágalo usted mismo”, “invéntelo”. Se le exige al sujeto flexibilidad, que sea creativo en la búsqueda de supervivencia, a confiar en su propio coraje y asumir la culpa de su propia debilidad si sufre o si no tiene lo que quiere.
Megaciudades
Somos ahora el “homo urbanus”. La existencia de millones de personas apiñadas en gigantescos centros urbanos es un fenómeno nuevo. Por primera vez en la historia, según las Naciones Unidas, la mayoría de los seres humanos está viviendo en megaciudades con poblaciones de 10 millones de habitantes o más.
Transformaciones tecnológico-informáticas
Estamos frente a la acentuación del presente, todo se vuelve inmediatamente desactualizado y ello facilita que el consumo pase a regir prácticamente todos los hábitos socioculturales con su oferta de felicidad. Se propagan de forma acelerada las transformaciones tecnológicas, informáticas y digitales, mientras que el capitalismo se fortalece con el exceso de producción y el fomento del consumo sin límites. Un simple ejemplo puede dar cuenta de ello: en el año 1998, apenas hace una década, casi nadie estaba conectado a Internet ni tenía celulares.
Objetos novedosos
Los jóvenes son los principales compradores de gadgets, los vemos en todo momento averiguando por los más nuevos o comparando los que cada uno tiene. La palabra “gadget” es una palabra del inglés que alude al objeto tecnológico ingenioso, divertido y nuevo, producido en gran escala y cuyo destino es el consumo. Son automáticos y crean una ilusión de autocontrol, de control del entorno. Influyen y modifican las relaciones entre las personas, generando nuevas modalidades de bienestar y de malestar. Es difícil escapar de la fascinación de su funcionalidad, y eso hace que se vuelvan indispensables. Estos artefactos electrónicos inteligentes se han convertido en algo parecido al espejo de la madrastra de Blancanieves: algo que a la mirada propia y de los otros, supuestamente refleja lo que somos.
Grupo vulnerable
El joven pertenece a un grupo de alta vulnerabilidad dadas las condiciones de incertidumbre con que debe enfrentar los retos de la vida, padecer las restricciones económicas, revolver dificultades para continuar su proceso de capacitación; él vacila frente a las opciones que tiene y cuando llega al mercado laboral es recibido con escepticismo. Pero lo peor es que en su condición de joven no es considerado interlocutor válido, y en términos reales tiene menos acceso a las formas tradicionales de poder. Un problema importante para el joven es la segregación que, sin ser en sí misma una patología, se convierte en la principal complicación de cualquier patología. Es muy común que el otro que está investido de referente simbólico, padre, madre, profesor, jefe, etc., no sepa cómo ocupar su función frente al joven, y entonces la declina, renuncia a ocupar ese lugar.
Pérdida de la individualidad en la pareja
y la familia
Velásquezseñala de manera enfática que el modelo de masculinidad y feminidad se rompió, “así protesten los padres y la sociedad grite alarmada; no hay algo que sea mayoría”. Hoy cabría hablar de un varón desorientado, de una mujer exploradora y, cada vez más frecuente, un “modelo” en el que predomina la bisexualidad. Las certezas, una herramienta esencialmente masculina para manejarse en el mundo, han desaparecido para dar paso a la incertidumbre. El estereotipo del varón definitivamente instalado en el mundo externo, competidor, calculador, controlador, ejecutivo, decidido, físicamente fuerte, racional y, visto desde la contracara, impiadoso, insensible, acorazado, ya es escaso. También el modelo “femenino” de ternura, receptividad, sensibilidad, pasividad, vulnerabilidad, disminuye. En sujetos cada vez más jóvenes, adherirse a uno y otro patrón es un proceso sintomático, como una exploración que se hace con dificultades, con temores, con trabas impuestas por la tradición, con dudas, con fracasos y, en ciertos casos, también con urgencias.
Formación de una familia
Cuando se forma una familia también se confronta el modo de asumir los roles: el papel de proveedor económico que estaba destinado al varón y que, si bien lo privaba de experiencias emocionales, le daba poder en el plano familiar y social, ha probado no ser una exclusividad masculina. Por necesidad o por elección, las mujeres se muestran como productoras y proveedoras económicas y, en la mayoría de las veces, con mayor estabilidad y éxito que los varones. En los nuevos modelos familiares desaparecieron los roles rígidos con funciones estrechas y, por lo tanto, el lugar del padre ya no puede ser ejercido mediante la aplicación automática de la autoridad. Debe ser reocupado, redefinido y resignificado mediante una presencia activa, física y emocional, para la cual los hombres adultos de hoy carecen, en su mayoría, de modelos traídos de su experiencia como hijos. En la medida en que ambos cónyuges desarrollan sus propias biografías individualizadas, no queda claro cómo van a organizar su vida cotidiana en conjunto.

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