México

No se llevaron más normalistas “porque ya no cabíamos en las patrullas”

EXCÉLSIOR Actualizada 08/10/2014 a las 10:58    
.  ARCHIVO / CUARTOSCURO

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CIUDAD DE MÉXICO, 8 de octubre.- Marcos es un estudiante de la Escuela Normal Rural “Isidro Burgos” de Ayotzinapa. Él y otros jóvenes alumnos vivieron el infierno de la matanza y secuestro de muchos de sus compañeros aquel fatídico 26 de septiembre en Iguala, Guerrero.

En una amplia entrevista con Adela Micha en Grupo Imagen Multimedia, el estudiante niega que haya habido provocación a los policías ese día, que los estudiantes tengan algún tipo de relación con armas o grupos de la delincuencia organizada y asegura con contundencia que sus compañeros desaparecidos iban todos vivos y conscientes.

Con un lúcido detalle, el muchacho de 20 años y estudiante de tercer grado de la Normal delinea paso a paso las horas aciagas que vivió junto con sus compañeros entre la noche del viernes 26 de septiembre y la madrugada del sábado 27.

“Ya no nos subieron a las patrullas porque ya no cabíamos”, explica, a pregunta expresa de la conductora de Imagen Informativa Primera Emisión.

Él estuvo allí, vivió en su propia carne la barbarie injustificada, sin motivo aparente según su propia apreciación.

Explicó que él y otros 60 ó 70 de sus compañeros se trasladaron a Iguala para conseguir apoyos económicos entre la población, de cara a los preparativos para conmemorar el 2 de octubre, una actividad que año con año los lleva a desplazarse a distintas localidades de Guerrero para botear. Y esta vez tocó Iguala.

Para el traslado, expone, tenían a su disposición un microbús que ya no les sirve, por lo que decidieron retener tres autobuses de una empresa, con el consentimiento de los choferes, mencionó, a quienes se les da hospedaje, viáticos y alimentos. Es decir, no los obligaron.

Con la voz temblorosa que brotaba del cúmulo de sentimientos nítidos en la memoria de miedo, irritación y zozobra, el estudiante cuenta cómo ya en Iguala la Policía municipal los empezó a seguir, una actitud policial que no les sorprendió en ese momento. Él viajaba en el vehículo de la retaguardia en el convoy de tres unidades.

Pero llegando “al bulevar”, recuerda Marcos, una patrulla se le cerró al autobús que iba a la vanguardia del convoy y posteriormente llegaron otras patrullas.

“Nosotros no nos bajamos (los del autobús de atrás), estábamos esperando”. Los estudiantes sólo se comunicaban vía telefónica, entre un autobús y otro.

Los del primer vehículo dijeron a los policías que los dejaran pasar pero, sin muchas palabras que mediaran, “empezaron a rafaguear arriba en el autobús… los vidrios”, una metralla seca que pronto alcanzaría a los sorprendidos viajeros de los tres autobuses.

“A Aldo (uno de los muchachos que viajaba con Marcos en el tercer autobús) le dieron un balazo, ya se había bajado”.

Mientras tanto, arriba, en el autobús de Marcos, se preguntaban sorprendidos qué pasaba, de qué se trataba eso.

“Como al minuto empezaron a tirar” al camión “y nos agachamos y nos arrastrábamos”, expone a detalle, en la remembranza de una noche que no olvidará.

“A un compañero le dieron un balazo en la mano”, recuerda el entrevistado, quien deja en el micrófono su testimonio de una actitud de prepotencia por parte de los policías agresores, quienes, apunta, enseguida bajaron del vehículo a los estudiantes y los golpearon.

La situación pasó de la sorpresa al miedo. “Había susto”, rememora Marcos.

Con un lenguaje fluido, nítido, narra cómo del primer autobús “se llevaron casi a todos” los estudiantes que allí viajaban.

“Llegaron más patrullas y comenzaron a llevárselos (…) Vimos cómo los subieron”. Y enseguida llegó la intimidación, el terror de la palabra que se agregaba a la agresión armada.

Subraya cómo uno de los normalistas se atrevió a ver el rostro del uniformado que le apuntaba directo, y del agente vino la respuesta con palabras que revelan su incapacidad y/o complicidad con no se sabe quién.

Qué me ves hijo de la chingada... Te va a llevar la…a ti y a tu familia”.

En las patrullas ya no cabían los estudiantes. “Ya no nos subieron porque ya no cabíamos”, explica Marcos.

Después llegó una calma artificial, que se diluyó en el tiempo que pareció detenerse.

A las 9:30 empezaron a llegar maestros y reporteros, dijo. Luego, entre las 11 y las 11:30 horas de la noche llegaron más compañeros desde Ayotzinapa.

Pero los que nunca llegaron fueron los peritajes ni los soldados que se encontraban en una zona militar cercana, reprocha el normalista.

Como a las 12:30, recuerda, un compañero suyo daba una conferencia a los pocos medios reunidos cuando “se me ocurrió ir a tomar foto a un charco de sangre” de Aldo.

Puntualiza cómo en ese momento llegó una camioneta blanca de la cual descendió una persona que enseguida, desde una distancia de unos 30 metros, comenzó a disparar primero al aire y luego “directamente hacia nosotros”.

“A uno de los compañeros que había llegado de apoyo le dieron un balazo en la boca”. Era de Oaxaca, de tercer grado, de nombre Édgar. Se estaba desangrando, pero se aferró a la vida.

IMPOTENCIA Y MIEDO
Explica que a la segunda agresión armada sobrevino la impotencia y el miedo.

Quisieron escapar del sitio, pero “los taxis no nos querían levantar”.

Al final uno de los taxis, casi obligado el chofer, los trasladó y llegaron a un hospital donde, también a regañadientes, les dieron atención y refugio.

Afuera del hospital, mientras tanto, pasaban camionetas sospechosas.

Marcos calcula las 2 de la mañana cuando “las señoras” que los atendían en el hospital se marcharon.

Posteriormente, como a las 2:30 horas de la madrugada del sábado, llegaron unidades de militares, que cortaron cartucho y apuntaron hacia el puñado de refugiados.

“Nos hincaron, nos arrodillaron”. A los militares les reportaron que unas personas estaban allanando la propiedad y al parecer por eso actuaron.

Pero creo que hasta en las guerras se atiende a los heridos”, replica Marcos.

Los militares se retiraron, y los estudiantes corrieron a un terreno baldío. “Corrimos y en un baldío nos tiramos (…) Hasta las 5:30 estuvimos tirados”.

Casi a esa hora se comunicaron con un compañero que en ese momento se encontraba ya en la Procuraduría de Guerrero, que no estaba detenido.

“Nos trasladamos a la Procuraduría. Había compañeros, personal de Derechos Humanos. Yo llegué a las 6”.

Marcos relata que Édgar, aquel muchacho que recibió el tiro durante la segunda agresión armada, fue hospitalizado en Iguala y a él le tocó cuidarlo algún tiempo.

Así fue aquel infierno vivido por Marcos, quien en el momento de la entrevista con Adela Micha se encontraba en su escuela.

El joven asegura que no se trató de un enfrentamiento con la Policía, porque ellos no tienen armas. De hecho, sostiene que nunca ha habido enfrentamiento entre los normalistas de Ayotzinapa con policías.

No entendemos por qué nos atacaron”, dice con atingencia.

A pregunta expresa sobre si Marcos sabe de compañeros suyos que sostengan algún tipo de relación con grupos de la delincuencia, responde con seguridad: “Eso es mentira (…) Nada de relación con grupos armados, es inaceptable”

Marcos no quiso despedirse del auditorio de Grupo Imagen Multimedia sin expresar su posición.

“Exigimos justicia a José Luis Abarca, a todos los culpables, al gobernador, por complicidad”

Basta de corrupción, queremos vivir. Queremos justicia. Que aparezcan (sus compañeros desaparecidos) con vida.”

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